viernes, 18 de noviembre de 2016

Mira que te has de morir, mira que no sabes cuándo…

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Daniel Cuesta SJ

El Triunfo de la Santa Cruz, conocido como La Canina, del Santo Entierro de Sevilla | Fotografía: ABC de Sevilla

Noviembre es un mes dedicado tradicionalmente a recordar a las personas que nos han dejado. Lo comenzamos con la fiesta de Todos los Santos, haciendo memoria de todos aquellos que, aunque no hayan sido canonizados, están en el cielo junto a Dios. Al día siguiente, el día 2 de noviembre, rezamos por todos los fieles difuntos con la confianza de que Dios, que es misericordioso, no se ha olvidado de ellos. Sin embargo, todas estas fiestas se celebran casi de puntillas, como queriendo esconder una de las grandes verdades de nuestra vida: la muerte.

Recordamos a los difuntos durante un día y sin dejar que la muerte entre demasiado en esta memoria, casi queriendo maquillar esta realidad. De este modo, cuando la conversación inevitablemente se deriva hacia temas fúnebres como son las sepulturas, ataúdes, urnas o mortajas, alguna voz corta con este diálogo cambiando drásticamente de tema. Y es que, según la opinión de no pocas personas, la muerte se ha convertido en un tabú en nuestra sociedad, ocupando el lugar que tenía el sexo años atrás. Y así, cuando esta irremediablemente irrumpe en la vida de alguien cercano, muchos se encuentran (o nos encontramos) con una terrible y fatídica sorpresa: no somos inmortales aunque nos esforcemos por esconderlo a toda costa.

Dicho deseo de esconder la muerte invade también la religión, el arte y la cultura y, por lo tanto, afecta a las manifestaciones que se derivan de ella. A día de hoy es de mal gusto visitar o admirar el arte funerario realizado en tiempos pasados. Las representaciones de la muerte con su guadaña en la mano, las comparsas de esqueletos danzantes con una sonrisa perversa, las vanitas que nos advierten de manera amenazante del paso inexorable del tiempo, los cadáveres en descomposición vestidos con atuendos de todo tipo de rangos y dignidades, son vistas como piezas de museo, como algo que nos habla de una época muy lejana o como representaciones de mal gusto.

Y, por supuesto, que dicho deseo de esconder o dulcificar la muerte afecta a las representaciones que tienen que ver con el arte religioso. Hoy por hoy son pocos los templos de nueva creación en los que se decida la colocación de una imagen de un Cristo crucificado con toda la crudeza, sangre y patetismo que esta práctica de tortura romana infringió al Señor Jesús. Mucho menos se utilizará una talla de un Cristo Yacente, abatido por la muerte o la del cruento martirio de algún santo. Preferimos las representaciones alegóricas o simbólicas en las que la crudeza de una realidad como esta se enmascara por medio de colores y formas que en algunos casos la insinúan, pero siempre de una manera totalmente sutil y carente de fuerza.

Todo ello, como no podía ser de otra manera, en no pocas ocasiones choca frontalmente con la cultura y la sensibilidad de nuestras hermandades y cofradías de Semana Santa. Puesto que todas ellas hacen referencia de una manera totalmente explícita a la realidad de la muerte por medio de sus imágenes y su iconografía. En las procesiones de los días de Pasión no faltan las cruces, los instrumentos de tortura, las calaveras, mortajas y elementos mortuorios. Además no hay que olvidar que muchas de ellas nacieron con la obligación de practicar las obras de misericordia de enterrar a los difuntos y orar por ellos.

Ante una realidad como esta, protagonizada en muchos casos por personas que en su día a día participan en esta cultura que quiere ocultar la muerte o vivir de espaldas a ella, uno se pregunta ¿cómo es posible que convivan estas dos realidades de ocultamiento y exaltación de la muerte? ¿Cómo puede una persona huir del tema del final de la vida y a su vez llevar sobre sus hombros un Calvario donde a los pies del Crucificado hay una calavera? ¿Será que somos una sociedad que es capaz de defender una cosa y la contraria al mismo tiempo? ¿O tal vez hemos sabido domesticar el tema de la muerte del hijo de Dios hasta convertirlo en un cuento que poco o nada tiene que ver con nuestra realidad de seres mortales? ¿Admitimos todas estas representaciones como parte de un teatro o una recreación de la época barroca que no tiene más continuidad con la nuestra que la temporal y la tradicional? Lo cierto es que, aunque tratándose de realidades con difícil respuesta, son realidades de nuestro día a día, o si se prefiere, de nuestro año a año.

Visto este panorama, creo sinceramente que las cofradías deberían plantearse si no deberían ser unas organizaciones eclesiales que profundizaran en la realidad de la muerte (y por supuesto también de la resurrección). Y no me refiero con ello a que deban desempolvar todos los viejos enseres fúnebres y doten a sus cultos y cortejos de un aire macabro. Sino que más bien aprovechen su característica penitencial para ahondar en el misterio de la muerte del hijo de Dios y también de nuestra propia muerte. Que no dejen que su sabiduría, su arte y sus costumbres centenarias sean vistos como algo trasnochado o solo estudiable desde el prisma de la antropología, la cultura y el folclore. Que ayuden a sus miembros, y a todo el que lo necesite, a pasar el duelo por los familiares y amigos que fallecen. Y, sobre todo, que nos ayuden a todos a profundizar y entender que es delante de la muerte, más que en ninguna otra realidad, donde necesitamos a un Cristo Salvador que nos abra el camino hacia la resurrección.


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