lunes, 26 de diciembre de 2016

Estética cofrade (y III)

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Pedro Martín

Grupo de acólitos de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Despojado, correctamente vestidos | Foto: ssantasalamanca.com

En esta tercera parte de la serie Estética cofrade vamos a abordar un último aspecto relacionado con la liturgia, el de las vestimentas litúrgicas, pues estas se utilizan en nuestras procesiones y, en mi opinión, no siempre con el debido acierto desde el punto de vista formal, de la idoneidad o de la estética.

En primer lugar vayamos con los sacerdotes que habitualmente acompañan nuestros cortejos procesionales, cosa que se agradece, puesto que hace no tanto tiempo en algunas procesiones brillaban por su ausencia y no por culpa de las cofradías. La vestimenta litúrgica correcta para salir en una procesión es la capa pluvial, siempre encima de alba y estola, y lógicamente ambas prendas -estola y capa- congruentes en el color litúrgico del día que corresponda.

Aquí vemos dos errores muy comunes: el primero, no vestir la preceptiva capa pluvial y salir en la procesión solo con alba y estola. Si esto se produce por falta de la misma puede ser comprensible, pero siempre se podrá localizar alguna de otra iglesia o cofradía que la preste; más grave es si se prescinde de la misma por comodidad o por rechazo a una prenda "supuestamente pasada de moda" con justificaciones absurdas propias del desconocimiento de las normas litúrgicas.

El segundo error es equivocar los colores litúrgicos propios para cada día de la Semana Santa, asociando el color morado con la misma. Si bien es el más común, nunca debe utilizarse el Domingo de Ramos, cuyo color litúrgico es el rojo; ni el Domingo de Resurrección, siendo este día el blanco el adecuado. Bien es verdad que el Jueves Santo en la celebración de la Cena del Señor se utiliza el blanco, pero el color adecuado para una procesión es el morado. Otro tanto ocurre con el Viernes Santo, en cuya celebración de la muerte del Señor se utiliza el rojo, color del martirio, y sin embargo en el desfile penitencial se utiliza el morado o incluso el negro si se tuviera, pudiendo extenderse este color al sábado hasta el caer de la tarde con la vigilia pascual. Estos detalles en cuanto al color no son nimios y deben ser cuidados al máximo por las cofradías y sus sacerdotes.

El otro aspecto relacionado con las vestiduras litúrgicas es la vestimenta utilizada por los acólitos, tema este controvertido en buena parte de las diócesis españolas, llegándose en algunas al extremo de prohibir expresamente en sus normas diocesanas la utilización de las dalmáticas a los mismos en los desfiles procesionales.

Partimos de un hecho obvio: la dalmática es la vestimenta litúrgica propia del diácono y en su día del subdiácono, ministerio hoy desaparecido. Por lo tanto, tan solo estos, conforme a derecho, pueden vestir la citada prenda, no valiendo subterfugios como que las órdenes menores del laicado como son el acólito y el lector son equivalentes al anterior subdiácono y, por lo tanto, pueden vestirla. La prenda del acólito y lector es el alba, y esto siempre que estén debidamente instituidos, cosa que en nuestra diócesis no es muy habitual. Me atrevería a decir sin miedo a equivocarme que ninguno de los acólitos de nuestras procesiones lo son en realidad y, salvo una ocasión reciente, que yo recuerde ningún portador de dalmática es diácono.

La vestimenta correcta del acolitado en una procesión en ausencia de túnica debería ser la sotana pudiendo ir revestida de roquete o, en su defecto, la túnica de la cofradía.

En el aspecto de la utilización de las dalmáticas cabría una aclaración por parte del obispo, de tal forma que se permita con todas las consecuencias si se cree oportuno o bien se indique la no pertinencia de las mismas. Además, y sin perjuicio de lo anterior, convendría que tuviéramos especial cuidado con los colores de las mismas, siempre del color litúrgico adecuado y nunca del color de la cofradía por pensar que esto pueda resultar más estético.

Espero que estas reflexiones ayuden a conjugar estética, liturgia y procesiones, de tal forma que nuestros desfiles sean cada vez más una extensión en la calle de nuestras celebraciones dentro de nuestras iglesias y sirvan para conocer o ahondar en el misterio de nuestra fe.


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