viernes, 9 de diciembre de 2016

El simbolismo de la entrada

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Eva Cañas

Cofrades de la Vera Cruz alumbran a la Virgen de la Amargura de regreso a su capilla | Fotografía: ssantasalamanca.com

Sí, lo reconozco, las salidas de las procesiones tienen algo especial. En ellas se respira el momento de pisar la calle, de vivir la Pasión en una procesión, marcha penitencial o estación de penitencia. Formas de denominar un mismo momento. El brillo de los cofrades se vislumbra en sus ojos, bajo el hábito. No te digo nada si la salida queda en suspenso por amenaza de lluvia. El tiempo es el que manda en todos los sentidos.

Toda esa magia de las salidas se intuye, aunque también se pierde en parte por la cantidad de personas que se aglomeran en las puertas de los templos. Quizás, se pierde la intimidad. Pero las procesiones no serían nada sin el pueblo. La Pasión se vive dentro y fuera del cortejo. También influye en que en ese momento reine el silencio para que tenga  mayor solemnidad. Lo ideal sería que en cada salida tan solo se escuchara los pasos de los hermanos de fila y las pisadas en firme de los de carga para sacar el paso de la iglesia. En ese caso, que la voz del jefe de paso resuene en la ciudad con sus indicaciones: "Despacito, a la izquierda…".

Pero en este artículo quiero hablar de las entradas, del regreso a los templos. Sin duda, recomiendo que la gente viva ese momento, no tiene nada que ver con las salidas. Es mucho más especial. La mayoría suele ser al abrigo de la madrugada y en la calma de la ciudad. Sin apenas testigos, los hermanos cofrades van llegan al templo del que partieron hace horas. La penitencia sigue latente, en sus pies y en su corazón. Del brillo de la salida se pasa al sosiego. De rezar, de caminar en silencio, un silencio que apenas tenemos en el día a día. Caminamos con nosotros mismos y vivimos la Pasión que Jesús un día protagonizó.

La entrada a los templos de cada hermanad tiene su ritual. Algunos mecen sus pasos, uno junto al otro, a modo de despedida de una Madre y su Hijo. La banda interpreta la marcha de despedida o unas hermanas cantan la Salve a su Virgen, o el Padre Nuestro a Jesús. Un momento íntimo y único del que cualquiera puede ser testigo. En los últimos tramos de una procesión apenas queda gente en las aceras. Todo el escenario de la ciudad queda para los penitentes. El viento pega más fuerte en la cara, pero esa soledad a veces es hasta necesaria.

Si te acercas a la salida y después al regreso verás que nada es igual aunque sea la misma marcha penitencial. Merece la pena. Es otra manera de vivir la Pasión.

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