jueves, 12 de enero de 2017

Más largo que la Cuaresma

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Daniel Cuesta SJ

Dos cofrades de la Hermandad de Jesús del Perdón, junto al paso Camino del Calvario | Foto: ssantasalamanca.com

"¡Esto es más largo que la Cuaresma!", decía mi abuelo cuando algo se prolongaba demasiado tiempo, haciéndose pesado e interminable. Pero lo cierto es que para un cofrade, la Cuaresma no suele ser uno de los tiempos más largos del año. Puesto que desde que el Miércoles de Ceniza sincronizamos a cuarenta nuestro calendario cofrade, las actividades van in crescendo hasta llegar al Domingo de Ramos. Cultos, reuniones, charlas, preparaciones, encuentros en casas de hermandad y bares variados, comidas, recogidas de papeleta, vía Crucis, traslados, conferencias, conciertos, miradas a la meteorología variable… Todo parece ir animando una espera como si fueran pequeños petardos que nos preparan (interna y externamente) para la gran mascletá que viviremos en los días de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

Pero por contra, hay un tiempo que a un capillita sí que se le hace más largo que la Cuaresma. Me refiero a los meses de enero y febrero, donde realmente los cofrades miran y remiran el calendario esperando que llegue el ansiado Miércoles de Ceniza. Esta espera, como bien sabemos, es variable y puede ser que haya años en los que conste de poco más de un mes, y otros como este 2017 en el que estamos, en el que tendremos que esperar a que llegue el mes de marzo para comenzar a contar nuestros ansiados cuarenta días.

Y es que muchos, desde el momento en el que le vemos la espalda al rey negro, parece que ya tuviéramos que empezar no solo a pensar, sino más bien a vivir la Semana Santa. Y así proliferan los whatsapps en los que tras los camellos del rey Baltasar caminan ya los nazarenos siguiendo la cruz de guía, o se nos anuncian las pastillas de semanasantol, como alivio rápido de los síntomas de la naviditis. Comenzamos a escuchar con más ansia que de costumbre esas marchas que nos acompañan durante todo el año, quemamos incienso, vemos vídeos de momentos estelares de las últimas Semanas Santas, etc. Hasta que, inexplicablemente, llega un momento en el que algún aguafiestas decide romper nuestra burbuja penitencial, recordándonos que todavía estamos en enero, y que no hace ni una semana y media que abrimos los regalos de Reyes… ¡Cómo puede ser esto posible! ¡Si a nosotros nos parecía que había pasado una eternidad y que ya casi tocábamos con los dedos el ansiado miércoles! Y así los días van pasando con una lentitud tan tediosa, que en ocasiones pareciera que en vez de avanzar retrocedieran. Todo nos hace ver que en efecto, estos meses de enero y febrero son más largos que la Cuaresma.

Aunque esta descripción esté ciertamente exagerada y construida desde el humor, pienso que hay algo de verdad en sus palabras, y sobre todo creo que encierra una trampa muy importante. Dicho engaño es el de caer en las redes del no saber disfrutar de los momentos cotidianos del día a día, que por otra parte son los que hacen grandes los extraordinarios. Y así, muchas veces vamos por la vida saltando de fiesta en fiesta, negando lo cotidiano y queriendo acelerarlo hasta casi borrarlo del mapa. Y no nos damos cuenta de que en el fondo, en esos días está gran parte de nuestra vida, con sus oportunidades de hacer el bien, de disfrutar, de aprender, de ser felices…

Así pues, creo que si queremos ser buenos cofrades y en el fondo buenos cristianos, tenemos que aprender a ser lúcidos y de alguna manera contener nuestras ganas de Cuaresma y Semana Santa para poder vivir nuestro día a día. Nuestra vida ordinaria y común de cristianos que rezan, estudian o trabajan, tratando de encontrar a Dios en el día a día y de construir su Reino en nuestra sociedad del siglo XXI. En el fondo, no hacemos nada que no hiciera Jesús, nuestro titular y modelo. Puesto que él pasó treinta años de su vida en el anonimato, en medio de rutinas y trabajos. Un tiempo en el que no predicó ni hizo cosas extraordinarias, pero en el que seguramente vivió con radicalidad las bienaventuranzas en medio de su pueblo de Nazaret. Y llegado el momento, sin adelantarse ni acelerarlo, supo predicar y actuar entre los suyos, llegando a darlo todo hasta morir y resucitar por amor.

Pues bien, mi invitación con estas líneas (que me la hago también a mí mismo) es bien simple. Es sencillamente una llamada a vivir estos días con intensidad desde lo cotidiano, con los ojos fijos en Jesús, como modelo de hombre que pasó por el mundo haciendo el bien, también en los días más anodinos y cotidianos. No prometo que con ello la espera se nos haga más corta, pero de lo que sí que estoy seguro es de que así esta temporada en la que estamos será más intensa, profunda y provechosa.


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