lunes, 16 de enero de 2017

Más de lo que ya tenemos

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J. M. Ferreira Cunquero

Jesús Flagelado, escoltado en su paso por los ángeles con los atributos de la Pasión | Fotografía: Roberto Haro

Antes de acabar el viejo año 16, le envié una pequeña nota a Isabel Bernardo, como muestra de agradecimiento por haberme permitido formar parte del preámbulo de su extraordinario pregón en el Liceo. Dos o tres minutos después de las campanadas, le remito otra a Asunción Escribano para darle la bienvenida a este recién estrenado 17, en el cual, como pregonera, hemos de dar por seguro que nos meterá en el cerco de sus dominios, donde ejerce para bien de sus alumnos y lectores como experta doctora de la palabra. Y mientras suena el concierto de Año Nuevo en La 1, me fugo sin darme cuenta hacia el recuerdo para revivir uno de esos insufribles encontronazos, que de vez en cuando se producen con algún viejo conocido del variopinto cosmos de la Semana Santa.

A pie de calle y sin venir a cuento, un susodicho me impartió  una lección magistral sobre el poderío que ostenta el Cristo de su cofradía en cuanto a milagros se refiere. Según él, en tan reconocida tarea, la referida escultura gana por goleada al resto de tallas que pacientemente viven en la soledad de los templos su pobre decadencia milagrera.

Lo más sustancioso de tan demencial encuentro alcanzó su nota más aguda cuando sin pestañear me espetó, como si tal cosa, que es inconcebible e intolerable que se llame "idólatras" a quienes como él se sienten obligados, por puro agradecimiento, a agasajar a las imágenes que llenan de contenido sus vidas. Tan lamentable afirmación (con cierta tristeza lo digo) alcanza ya rango de elemento sustancial, dentro del ADN de cierto sector bullanguero de nuestra Semana Santa. Por eso me fui corriendo en busca del diccionario, no siendo que algún mamao de la RAE le hubiera dado la vuelta al kiosco de las palabras, al sentirse acosado por ese redil que en forma de redes sociales pesca babusinos en el mar de la ignorancia.

Lo importante es el atuendo y el carrozón incensado, sobre el que la imagen de turno pueda alcanzar el logro de transformarse en epicentro sibilino y milagrero del cotarro. Y es que otro conocido, con el que compartí pupitre en los tiempos del pan pringao en aceite, trató en cierta ocasión de venderme la maravillosa virtud que se da al meter oropeles y pedrerías en los mantos de las vírgenes, como agasajo y muestra de amor incalculable hacia ellas. Vamos que no hay color, según él, entre esas vestiduras que llevan las vírgenes andaluzas y las que portan la Piedad de Carmona o la Dolorosa de Montagut, por poner un ejemplo.

Y luego, por si falta algún bombo disonante en la banda, aparece la movida cañí, en forma de pluma analfabeta, ansiando establecer la duda sobre la importancia que ostenta la tradición como signo de identidad en la cultura y la idiosincrasia de los pueblos. Vamos, que aquí lo de la espontaneidad y las ocurrencias se sirve en la bandeja de las milongas que, a fuerza de reflujos, surten la bulimia de la inopia.

Menos mal que va quedando menos para reconfortarnos en el Liceo con la palabra ilustre de la señora decana de la facultad de Comunicación, cuando, poniendo las cosas en su sitio, volvamos a ver con claridad que la cultura, en la boca de los sabios, avala lo que en este tiempo de mediocridades resplandece como un tesoro en el púlpitos de la cultura y la vida.

Orar ante las imágenes

Ya estaba escrita esta colaboración para Pasión en Salamanca cuando asistí hace unos días a la charla que impartió en Calatrava uno de los más ilustres sacerdotes que tenemos en la diócesis. Tomás Gil nos dio una soberbia lección, con esa naturalidad que esgrime a la hora de manejar la palabra como pocos. Nos mostró caminos y atajos para aprender a orar ante las imágenes lejos de idolatrías y merengues pasionales al uso.

Sentí un profundo abatimiento al comprobar que un acontecimiento de tal magnitud, por su relación con la Semana Santa, solo hubiese despertado el interés en una una veintena de personas.

Desde aquí, quiero expresar mi reconocimiento y agradecimiento a quienes mueven esos encuentros cofrades desde la Coordinadora Diocesana de Hermandades y Cofradías, esperando que los mismos fragüen en el difícil y complicado campo cofradiero, donde la formación debe ser punto de referencia o simiente necesaria para la futura cosecha.


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