miércoles, 11 de enero de 2017

¡Qué bonita la Virgen vestida de Tiempo Ordinario!

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Tomás González Blázquez

Detalle de las manos de Nuestra Señora de la Soledad, vestida en tonos blancos | Foto: ssantasalamanca.com

Líbreme Dios de poner en entredicho ancestrales costumbres o más recientes prácticas debidamente fundamentadas. Soy consciente de que en los modos y las modas de ataviar a Cristo, María y los santos tiene cabida la variedad, ahí donde dicen que está el gusto (a veces). A la Virgen del Pilar le cambian el manto cada noche, al Cristo de los Milagros le van rotando sus faldones que frisan el centenar y a diferentes imágenes de nuestras hermandades también se las viste de manera diferente según tiempos litúrgicos o épocas que en la piedad popular tienen rasgos definidos. El cambio de color, una mayor sobriedad, una acentuación de los signos de realeza y triunfo o el uso de determinados aditamentos, aunque sean discretos, contribuye a mostrar los misterios sagrados, con el apoyo no esencial de las imágenes pero sí enriquecedor, de una forma más pedagógica.

Ese es el planteamiento de partida y viene avalado por ejemplos de larga trayectoria, que en el ámbito de las cofradías vinculadas a la Semana Santa salmantina no es tan dilatada. Seguramente se nos vienen a la mente algunas dolorosas vestidas de blanco en Pascua, como la Soledad o las Lágrimas, o "de hebreas" en Cuaresma, como la Esperanza o Caridad y Consuelo. El negro se viene usando en noviembre para imágenes marianas que habitualmente no lo utilizan, en el contexto de un mes dedicado a la oración por los difuntos; por ejemplo, la del Rosario es vestida de dominica. Se recurre al azul en torno a la Inmaculada y Adviento, y existen otras fechas, señaladas o no tanto, que conllevan cambios de vestuarios. Ocurre igualmente con algunas imágenes de Cristo cuya túnica suele variar, como Pasión o Despojado. Redención, aunque tallado para representar la institución de la Eucaristía, fue caracterizado el pasado noviembre como Pescador, iconografía propia de los primeros tiempos del cristianismo pero poco habitual en nuestros días.

Sin duda, todas estas modificaciones en la apariencia externa de las imágenes, fruto de la donación de diferentes ropajes y de la intención de acompasarlas de algún modo a la sucesión de los tiempos litúrgicos y al ciclo de las fiestas, pueden ser aprovechadas para que, a través de ellas, algunos fieles profundicen en la riqueza de la liturgia. Igual que pueden hacerlo si se prepara en condiciones el altar con su cruz y sus cirios, si se ponen flores o no se ponen según corresponda, si los ministros lucen las vestiduras litúrgicas apropiadas o si se cuidan tantos detalles externos, a menudo ignorados o incluso menospreciados, que ayudarían a acceder al interno misterio de la liturgia. Por esto, de entrada, cuando haya costumbre y pueda hacerse con dignidad y contención, no recelo de los cambios de vestuario.

Pero de salida, un par de apuntes. Conviene no perder de vista la moderación necesaria, que la colocación de una determinada saya o de un manto en concreto no coopere a desviar la atención sino a centrarla en lo fundamental, que el medio no eclipse el fin y que no se encrespen los ánimos por minucias como el color de una túnica cuando es posible que dos opiniones enfrentadas tengan cada una la mitad de la razón. Porque, entro en el segundo apunte, la piedad popular es piedad popular y la liturgia es liturgia. Que la primera se armonice con la segunda, no la contradiga y se mantenga en su lugar secundario no significa que no tenga una función propia. En el contexto de lo popular surgen devociones y se configuran iconografías que no pueden someterse a toda costa al canon estético de la liturgia, porque su propio cometido es valioso cada día del año. En Pascua también nos ayuda contemplar en ocasiones el Dolor de María o su Soledad en nuestra oración, aunque la liturgia de la Iglesia lo subraye el 15 de septiembre y nos remita a las silenciosas horas del Sábado Santo. En Cuaresma podemos requerir el verde de la Esperanza de la Virgen, o en Adviento sus Lágrimas envueltas en luto. Son advocaciones que enmarcan una dimensión concreta, apoyos desde su hornacina sea Miércoles de Ceniza, el día de los Difuntos o Domingo de Pentecostés, y por esto, complementos siempre válidos, sin necesidad de periódicas adaptaciones.


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