viernes, 17 de febrero de 2017

Camino de oración con una imagen sagrada

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Tomás Gil Rodrigo

Cristo de la Buena Muerte, titular de la Hermandad Dominicana de Salamanca | Foto: ssantasalamanca.com

¿Qué oración hacemos cuando nos encontramos ante una imagen sagrada? Me he dado cuenta de que no sabemos orar como nos conviene con nuestras imágenes. Por eso, os voy a proponer un itinerario sencillo que nos puede ayudar. Lo mejor para aprender es, además de una buena teoría, ponerlo en práctica. Elegid una de las imágenes de devoción de vuestras cofradías y empezad a hacerlo, seguro que os vais a sorprender. Sería bueno buscar a menudo en alguno de vuestros encuentros practicar juntos este tipo de oración delante de vuestras imágenes. Alguno podría guiar la oración.

La luz para mirar

¿Qué es lo primero que hacemos cuando nos acercamos a una imagen sagrada? Pues está claro, ponernos a mirar. Lo que pasa es que nuestra manera de mirar es superficial, está condicionada por el mundo, que ve las cosas desde los intereses del dinero, del poder o de las ideologías. Miramos desde la oscuridad del pecado, desde nuestros prejuicios, venimos manchados del camino de la vida, y para entrar en la oración necesitamos cambiar la mirada, necesitamos la luz de Jesús. Ya sabemos que no es lo mismo ver una imagen mal iluminada que bien, necesitamos una buena iluminación, la mejor luz: "Yo soy la luz del mundo" (Jn. 8, 12). Antes de ponernos a mirar con nuestros pobres ojos, reconocemos su mirada, antes de mirar somos mirados por él, por medio de su imagen, que me recuerda su presencia. Para lograr esto hay que buscar tiempo al principio para recogerse, hay que pararse del ajetreo de la vida, por medio del silencio y la soledad (10-15 minutos como mínimo). Su mirada es amor, por eso, al vernos mirados por él sentimos que nos ama, nuestro corazón se llena de alegría. Su mirada de amor, cambia nuestra mirada. Pedimos ayuda al Espíritu Santo, que es el que enciende nuestros ojos con su luz e infunde el amor en los corazones. Después de este primer paso ya no vemos las cosas desde nosotros mismos, sino desde su luz, estamos preparados para orar delante de la imagen, mejor dicho, a contemplar.

Diálogo

Seguro que después de mirar la imagen lo siguiente que hacemos es ponernos a hablar con ella, no con la imagen en sí misma sino con aquel a quien representa, principalmente las de Jesús. Es un diálogo como con un amigo. Le contamos con sencillez, desde lo concreto, lo que nos pasa en el camino de la vida, lo que les pasa a nuestros hermanos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con los que convivimos cada día, lo bueno y lo malo, sus gozos y sus esperanzas, sus angustias y tristezas. Reconocemos que, aunque él los conoce y ama más que nosotros, necesitamos pasarle sus nombres. Seguro que este paso le dedicamos casi todo nuestro tiempo cuando oramos ante una imagen, y está bien lo que hacemos, siempre que lo hagamos desde su mirada previa, desde su luz. El problema es que se quede todo aquí y nada más. Así no ha dado un diálogo sino un monólogo. Hemos convertido la imagen en un objeto en sí mismo sagrado, que nos concede lo que le pedimos, podemos caer en la idolatría si nos paramos aquí.

Después de contar hay que escuchar, si no no hay diálogo, no hay trato con aquel que sabemos que nos ama. Ahora le toca a Jesús hablarnos, detrás de la imagen que le representa hay un mensaje. Cuanto más bella esté realizada la imagen, será más evidente y transformador su mensaje. Palabra e imagen se implican mutuamente. En su Palabra nos lo dice todo y nos lo da todo. Acogemos su Palabra no solo con la cabeza, sino sobre todo con el corazón, donde damos vueltas y vueltas, hasta que alcance el fondo de nuestro ser. Desde esta luz de la Palabra y la imagen reconocemos en profundidad lo que hay representado y sus símbolos.

Darse

Finalmente hay de dejarse transformar por la imagen que hemos contemplado. La belleza del Señor, plasmada en la imagen sagrada, es un anticipo de un mundo nuevo, que nos llena de esperanza, nos cambia y compromete en el hoy. El Señor nos ha dado todo su amor, por eso podemos entregarnos por entero a él. Seguro que algo concreto nos pide el Señor para darnos gratuitamente a la Iglesia y a la humanidad. Termina dando gracias a Dios.


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