viernes, 3 de febrero de 2017

De cronología y reorganizaciones

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Tomás González Blázquez

La desaparecida despedida entre las congregaciones de San Julián y San Pablo el Viernes Santo | Fotografía: Roberto Haro

En la Semana Santa procesional nos tiramos ocho o diez días para contar dos hechos muy puntuales y una sucesión de acontecimientos que duró menos de veinticuatro horas. La Entrada Triunfal de Cristo en Jerusalén la narramos el Domingo de Ramos, casi siempre por la mañana. Su gloriosa Resurrección, el Domingo de Pascua. Lógico y natural. Ambas procesiones, presentes en casi todos los lugares, y en muchos de ellos bien armonizadas con la eucaristía de esos domingos. En Salamanca no es así. Ha habido intentos en el primero, pero queda mucho por avanzar; no se ha probado aún en el segundo. Con la Catedral como referencia y la participación de todas las hermandades, que son invitadas a ambos desfiles por la Hermandad de Jesús Amigo de los Niños y la Cofradía de la Vera Cruz respectivamente, mimbres hay para lograrlo. No sería mal paso si de reorganizar se trata y de enriquecer la vivencia pascual de los cofrades.

Más complicación conlleva el relato de la Pasión y Muerte a la hora de ser distribuido en un programa de procesiones que, aparentemente, habría de situarse entre la procesión de la Entrada en Jerusalén y la del Resucitado. Como preámbulo caben actos populares en torno a la práctica cuaresmal del vía crucis o a la devoción a la Virgen de los Dolores, también traslados necesarios para los posteriores desfiles. Cuando estos prolegómenos adquieren formas muy similares a las de la Semana Santa, con la inclusión del hábito por ejemplo, o con recorridos excesivos, o con acompañamientos musicales para los que luego habrá ocasión, a muchos nos parece que se comienza demasiado precozmente. Será la costumbre de que las primeras túnicas no asomen hasta la mañana de estrenos, con el laurel recién bendecido. Pronto las veremos en la víspera, en la noche del Sábado de Pasión, aunque litúrgicamente ya hayamos entrado en el Domingo de Ramos, y desde hace poco las tenemos en la del sábado anterior.

Planteada con la aspiración de racionalizarlo, la pretendida reorganización del cuadro procesional que años atrás sugirió la Junta de Semana Santa se ha quedado reducida, hasta el momento, a la recuperación de la unidad natural entre Descendimiento y Santo Entierro, desprovisto ya de su carácter de procesión general. Al seguir compartiendo la tarde del Viernes Santo las cuatro cofradías que la integraban, persiste esa idea de que "no se respeta la cronología de la Pasión", y algunos, más por querer confundir que por sentirse confundidos, se afanan en subrayar la crítica, cuando para ser justos no es ninguna barbaridad tener cuatro procesiones con diferentes episodios de la Pasión proclamada ese día en la liturgia. Es posible que la Oración del Huerto encajara de manera natural en la tarde-noche del Jueves Santo, y que reservar la tarde del Viernes al Entierro fuera lo suyo, aunque luego llegue una reedición del sepelio desde otro prisma con el Cristo de la Liberación, pero empobrece el análisis concentrar el foco reorganizador en esas cuatro hermandades. El Nazareno puede verse atado a la tarde por su paso encargado para procesión general, el del tránsito al sepulcro (bien podría recuperarse la talla apartada), aunque la idea original de la Vera Cruz cuando creó en 1617 la procesión de nazarenos fuera desarrollarla, según el modelo clásico, en la madrugada-mañana del Viernes Santo. El Rescatado está muy asociado al Viernes, pero su iconografía, por decirlo así "menos cronológica", permite ubicarlo en otro momento de la Semana Santa.

Por ampliar ese foco tan fijo siempre en el Viernes, dos imágenes parecen fuera de día. Un Yacente, el de la Misericordia, en Jueves Santo como el zamorano, y un Crucificado, el de la Vela, en Sábado Santo, el día de María en soledad y silencio. Una procesión, la del Vía Crucis, tampoco resulta la más propia en la tarde eucarística del Jueves Santo, no por la iconografía sino por la oración que va describiendo, y otra, la de la Santa Cena cuando llegue a la calle, está llamada a salir esa misma tarde. Cuenta con la ventaja de poder hacerlo bien desde el principio, si es viable, que lo es, el acuerdo con las otras hermandades que salen ese día, como han demostrado las del Viernes. No obstante, toda reorganización debe tener en cuenta que sin una reflexión sosegada dentro de cada cofradía carece de sentido mover las piezas sobre el tablero. Sustituir una imagen, modificar un hábito o cambiar de sede, incluso subir la cuota, suelen ser medidas más sencillas de aprobar que trasladarse de día. La fuerza de la costumbre es grande, la trayectoria de las cofradías pesa, incluso abundan los cofrades que lo son de dos o más hermandades, por lo que cualquier reorganización, además del criterio de la cronología de la Pasión, que pastoralmente ha de ser tenido en cuenta, no debe perder de vista a quienes salen en las procesiones. Eso sí, con el compromiso de decidir razonadamente, sin vetos previos y con visión de conjunto. Se puede.


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