miércoles, 15 de marzo de 2017

Contempladlo y quedaréis radiantes

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Daniel Cuesta SJ

Paso de misterio de Jesús Despojado, en la procesión del Domingo de Ramos de 2016 | Fotografía: ssantasalamanca.com

"Contempladlo y quedaréis radiantes", dice el salmista, y me gustaría poder aplicar sus palabras al paso de misterio de la Hermandad de Jesús Despojado, que poco a poco va tomando forma gracias a las gubias del imaginero Manuel Madroñal Isorna. Lo hago porque creo que en la Semana Santa nos falta muchas veces saber contemplar en vez de simplemente mirar. Es decir, dejar que las imágenes pasen por nuestro corazón y puedan dejar su poso en él. En lugar de simplemente mirarlas de una manera superficial y distraída que solo se fija en el movimiento, exorno, el estilo o las raíces. Por eso, en estas líneas me gustaría contemplar únicamente desde la profundidad de la fe un grupo escultórico que es fruto de nuestra época, y que por tanto puede hablarnos desde nuestros esquemas y categorías de hombres y mujeres del siglo XXI.

Isorna compone toda la escena en torno a la imagen de Jesús Despojado, titular de la hermandad. La imagen del Señor, obra de Francisco Romero Zafra, se sitúa por tanto en la parte delantera del paso, a la vista de todos, esperando el encuentro con las miradas de todos los que contemplen el transitar de la procesión. Alrededor de él, seis figuras escenifican de modo peculiar y tremendamente simbólico el pasaje del expolio, que el evangelista san Marcos nos relata así:

Por el camino encontraron a un tal Simón de Cirene, el padre de Alejandro y Rufo, que venía del campo, y le obligaron a llevar la cruz de Jesús. Condujeron a Jesús hasta el Gólgota, que quiere decir lugar de la Calavera. Le daban vino mezclado con mirra pero él no lo aceptó. Después lo crucificaron y se repartieron sus vestidos, echándolos a suertes, para ver qué se llevaba cada uno. (Marcos 15, 21-24)

Si contemplamos atentamente la escena, podemos ver cómo Isorna ha huido de las composiciones tradicionales en las que se complementaba el acto del despojo con el del sorteo de las vestiduras y el barrenado de la cruz. De hecho, creo que no me equivocaría al afirmar que lo que aquí se está representando es una teofanía, es decir, una manifestación del Hijo de Dios a los hombres, en el momento en el que su rostro y su cuerpo se encuentran desdibujados y deformados por el sufrimiento y la sangre.

Boceto del grupo escultórico de Jesús Despojado de Salamanca | Fotografía: Cedida

Cristo aparece en el centro, encarnando de alguna manera aquellas palabras que el anciano profeta Simeón dijo a la Virgen María en el día de su presentación en el templo: "Mira, éste está colocado de modo que todos en Israel o caigan o se levanten; será una bandera discutida y así quedarán al descubierto las actitudes de muchos corazones" (Lucas 2, 34-35). Y es que la presencia de Jesús, entonces y ahora, sigue poniendo contra las cuerdas a los hombres, obligándoles de algún modo a optar por una actitud o por otra ante la vida.

Creo por ello que podríamos reducir este misterio a un juego de miradas que apuntan en tres direcciones. En primer lugar, la mirada de Jesús que, aunque triste y dolorida, es capaz de ver más allá incluso de la muerte. Una mirada que está inundada en una confianza ciega en un Dios padre que ama al hombre hasta el extremo, fiel a su palabra y más fuerte que la muerte.

En segundo lugar estarían las miradas de aquellos que o bien rechazan a Jesús o no son capaces de reconocerlo como Mesías Salvador. Son tres las figuras del paso que adoptan esta actitud ante el Señor. Las dos primeras lo hacen de una manera pasiva e indiferente. Me estoy refiriendo al sayón y al romano que se sitúan inmediatamente a la derecha y a la izquierda de Jesús. Ambos son hombres de su trabajo, del día a día, de la obligación. Uno de ellos le ofrece el vino mezclado con mirra en un cáliz (probablemente con una combinación de deseos de aliviarle el sufrimiento y alargar lo más posible su suplicio), mientras tira de la manga de su túnica para despojarle de ella. El otro ni siquiera mira al Señor, sino que prefiere atender a las órdenes del centurión romano que se encuentra tras de él. Por último, estaría la figura de Gestas "el Mal Ladrón", que dirige su mirada en dirección contraria a Jesús, adelantando la escena que tendrá lugar momentos después, cuando tenga que compartir su suplicio con él.

En tercer lugar estaría el grupo de personajes que no miran a Jesús, sino que lo contemplan y así son capaces de reconocerlo como el Mesías Hijo de Dios. Esta terna está formada por el centurión, Simón Cirineo y Dimas "el Buen Ladrón". El primero de ellos señala con el dedo hacia Jesús en un gesto que si bien en una primera lectura pudiera parecer el de quien manda ejecutar una orden, en realidad está apuntando hacia la confesión de fe que se arrancó se sus labios al contemplar su manera de expirar (Marcos 15, 39). El segundo de los personajes contempla absorto a Jesús mientras sostiene con sus manos la cruz en la que será elevado entre el cielo y la tierra (Juan 3, 14) pocos instantes después. Simón de Cirene, al igual que el soldado y el sayón del grupo anterior, también aceptó en principio su tarea como una obligación, pero algo cambió en su interior al ayudar al Nazareno a cargar su cruz, que le abrió los ojos para reconocerle como el Salvador del Mundo. Faltaría únicamente detenernos en la imagen de Dimas, quien después de una vida difícil y poco virtuosa, contempla fijamente a Jesús, deseando que se acuerde de él al llegar a su Reino.

Seis personas que cruzan o desvían sus miradas con el Señor, aceptándole como Mesías o rechazándole como a un fracasado. Seis miradas que representan a personajes de aquella época, pero también de la nuestra, puesto que en ellas se encuentran reflejados de alguna manera todos aquellos que ven pasar ante sus ojos la imagen de Jesús Despojado. Y por último, seis miradas que nos representan de alguna manera a nosotros mismos, cuando somos fieles al Señor y su Evangelio o cuando decidimos rechazarle, prefiriendo seguir nuestros propios intereses.


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