miércoles, 5 de abril de 2017

En la intimidad

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Abraham Coco

Tres de los cuatro pasos de la Hermandad Dominicana, en el interior de San Esteban | Foto: ssantasalamanca.com

05 de abril de 2017

Quizá convendría callarse hoy y que el eco nos trajera, con la misma melodía luminosa con que ayer fueron pregonadas, las Morfologías de Asunción Escribano en las que cada día de la Semana Santa es Domingo de Resurrección. Que en este eco nos dejáramos preguntar durante este rato "quién soy yo" junto a Isabel Bernardo, con el mismo traje infantil que ella vistió el domingo para rezar el Jesusito de mi vida ante el Cristo que no muere. En la intimidad de sus escritorios ambas vivieron "un tiempo en clave de Pasión evangélica", como reseña la primera en la cita 134 de su texto. "Lo mejor estuvo en la soledad de mi casa escribiendo el poemario", me revela la segunda en un correo electrónico que traigo aquí sin miedo a estar desvelando nada. Sí, en la intimidad.

Cuando hace casi una década Alberto López me propuso la cobertura de la Semana Santa de Salamanca en El Adelanto –regalo que nunca le agradeceré lo suficiente– uno de los reportajes que publicamos en aquellos cuatro años intentó relatar el backstage de las procesiones. El objetivo era poner en valor parte del trabajo que decenas de cofrades llevan a cabo en las semanas previas a esta celebración popular. Repetí una fórmula similar en Galicia, ya en ABC, con el proceso de creación de una imagen devocional, la Esperanza de Ferrol, una advocación tan necesaria en la comarca. Nada nuevo que otros colegas no hubieran hecho. Entre lo más original estuvo aquel "Casadas con la Semana Santa" donde  cinco mujeres de hermanos mayores intercambiaban pareceres. Suerte que nadie tachara el reportaje de micromachismo, pienso ahora. Entre aquellos artículos no faltaba tampoco alguno para insistir en la idea de que la actividad no terminaba con la Pascua, sino que las hermandades, por lo general, se mantenían vivas todo el año. Aquellos entresijos resultaban interesantes por desconocidos. Por eso eran noticia.

La vocación periodística, unida a la curiosidad, nos inclina a esta predisposición por mostrar, es decir, por comunicar. Pocas situaciones peores en el oficio que disponer de una información que se quiere compartir, pero alguna situación (la negativa de la fuente, algún interés más o menos claro...) lo impide. Esa actitud lleva aparejada, de forma irremediable, una predisposición a la ocultación. Cuando se decide qué se expone, se está decidiendo a la vez qué no. Eso rige para la profesión informativa y para cualquier trivialidad del día a día. También para la Semana Santa, donde tantos rituales quedan en la intimidad de sus cofrades, con frecuencia incluso de un círculo muy reducido.

Existen instantes especialmente sensibles porque afectan a lo más íntimo de nuestras devociones: la delicada preparación de una imagen de vestir, un cambio de peluca en una talla sin cabello, la retirada de las manos o los brazos en una articulada… Los hay de muchos tipos. Algunos son, o eran, íntimos porque no son sino ensayos, preparativos encaminados a construir la procesión, donde me parece imprescindible la concurrencia de los que miran. Los límites son hoy más difusos. Las plataformas de vídeo online –YouTube, especialmente– y, en general, las redes sociales y las apps de mensajería instantánea diluyen algunas fronteras sobre las que no deberíamos dejar de reflexionar en busca del equilibrio. No se interpreten las siguientes preguntas con un tono apocalíptico, pero ¿qué sentido tiene la difusión de determinados instantes? ¿No se pierde el encanto con algunas exteriorizaciones? ¿Cómo éramos en la penumbra?


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