lunes, 24 de abril de 2017

Mujeres de Jerusalén

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Tomás González Blázquez

Las Esclavas del Santísimo, en capilla de la Vera Cruz durante la novena de la Dolorosa

Octava estación. Jesús se encuentra con las hijas de Jerusalén. Te adoramos Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo…

Y entonces, certeramente, la oración brotó de la clausura. Llegó del coro la plegaria en el vía crucis franciscano, el primero que rezaron juntos la pasada Cuaresma los cofrades del Cristo de la Humildad. Al escuchar a la comunidad del monasterio de la Purísima Concepción pensé en ellas, en todas las contemplativas mujeres de Jerusalén que se nos han ido acercando desde sus estancias conventuales y han sabido ser, en tantas ocasiones, verónicas de las hermandades salmantinas.

Me pareció oler las violetas con que las Claras cubrían a la Virgen de la Soledad cuando iba de regreso hacia San Román, allá por la última década del siglo XIX. Añoré a las Bernardas, que despidieron en pleno al Lignum Crucis cuando fuimos a recogerlo tras pasar una noche en su casa, en el verano de 2006. Agradecí otra vez a las Clarisas del Corpus y a las Isabeles su entusiasmo con los altares eucarísticos que se propuso recuperar la Coordinadora, y a las Carmelitas su generosidad con la procesión extraordinaria de Santa Teresa, y a las Dueñas su hospitalidad cuando les pedimos que el vía lucis diocesano de los jóvenes cofrades discurriera por su claustro. Reconocí admirado el mimo con que las Úrsulas reciben al Santísimo en el día grande de la Sacramental. Y, sobre todo, pensé en las mías, en "las monjas de la Vera Cruz".

Una congregación de los años cuarenta, nada que ver con la trayectoria histórica de las anteriores, que en 1952 recala en la casa del capellán, sin capellán que la habite, de una cofradía en apuros. El inicio de la relación fue convulso, pero se supo reconducir. Las serias dificultades de la hermandad decana, que no se demorarían, determinaron que durante varios años el concurso de las religiosas en los preparativos de la Semana Santa resultara vital. Más adelante, con la recuperación de la Vera Cruz, las Esclavas del Santísimo y de la Inmaculada fueron colaborando en la progresiva ampliación de los cultos internos y en la confección de insignias, vestiduras para las imágenes y tantas túnicas, capas, esclavinas y capuchones de hermanos. Cómo no aludir a esas mediciones artesanales, reja de por medio, en los locutorios de la calle Abajo, con el trasiego del metro y los alfileres a través del torno, o a las rosquillas de cada laborioso y eterno Sábado Santo.

Distinguido el instituto con el título de hermano honorífico de la cofradía, cada esclava nueva en la comunidad recibe su medalla de cofrade el Domingo de Ramos, por lo que la Vera Cruz puede decir, sin temor a equivocarse, que siempre uno de sus miembros está en adoración ante Jesús-Eucaristía. Y así la puerta está abierta, aguardando la visita del que pasa junto al Campo de San Francisco. Quizá permanecerá unos minutos ante la custodia. O irá directo a la capilla de los Dolores. O apenas musitará una jaculatoria a los pies del Doctrinos. Pero entrará, y saldrá renovado. Dentro, en clausura, "las madres", las hijas de Jerusalén; las nuestras, las que cuidan de la casa que las acogió hace sesenta y cinco años, las que han unido el azul del testimonio procesional en las calles a su blanco hábito de adoración íntima en el templo, las que un jueves al mes, cuando es momento de recogernos en la Oración Cofrade, entonan el himno de completas:

Tú nos darás mañana nuevamente
la antorcha de la luz y la alegría,
y, por las horas que te traigo muertas,
Tú me darás una mañana viva. Amén.


1 comentarios:

  1. Ahora que rozo con ilusión y cercanía la clausura Franciscana, reconozco en tu artículo la belleza emocional, que desprenden las hermanas que entregan su vida a la oración.Un gran artículo, por la parte histórica, la vivencia expuesta y sobre todo por recordar con tanto cariño a quienes cerca, muy cerca del Señor piden por nosotros. Gracias y a seguir...

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