lunes, 29 de mayo de 2017

Don Carlos y los rumores

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Félix Torres

El obispo de Salamanca sube por la calle Palominos camino de la Universidad Pontificia | Foto: Pablo de la Peña

Un obispo, en su misión pastoral, debe ser la cabeza visible de su diócesis en todo momento y más, si cabe, cuando surgen dudas, conflictos o desorientaciones entre los feligreses. Así, todos confiamos en su papel como guía y, sobre todo, estímulo que nos marque el camino adecuado, pero también debe ser un enérgico referente cuando la ocasión lo exija, controlando o imponiendo su criterio pastoral a quienes le debemos respeto y obediencia.

A punto casi de cumplir tres lustros ocupando la cátedra de la diócesis salmantina, nuestro obispo Carlos nunca ha destacado, o esa es mi impresión, por su cercanía, posiblemente, y son rumores, por su siempre delicada salud y por centrarse más en el estudio que en entremezclarse con la gente, aunque nunca haya desatendido su labor pastoral.

Ya hace tiempo que se oyen por ahí rumores sobre su, casi siempre inminente, marcha por renuncia personal. Ahora, hace tan solo cuatro días, la prensa local, nuestra Gaceta de siempre, vuelve a retomar el tema, parece que con más argumentos, haciéndose eco de lo comentado por infovaticana.com: "Carlos López podría ser relevado en breve al frente del Obispado de Salamanca". De hecho, según citan, el propio don Carlos estaría sopesando la posibilidad de presentar su renuncia al frente de la diócesis salmantina tras superar algunos serios contratiempos que han afectado aún más a su salud.

Lástima que sean motivos de salud los que impiden que continúe ejerciendo su ministerio, cosa que, por otra parte, no es novedosa para quienes por unas razones u otras han seguido el día a día del ordinario, pues es sabido de su endeblez, aun habiendo intentado que no fuese tema de conversación que circulase por nuestras calles.

No sé qué visos de cercana verosimilitud tiene todo esto, pero me duele porque aprecio y respeto a don Carlos y creo que ha tenido actuaciones dignas de elogio en este tiempo de episcopado. La Asamblea Diocesana en que aún nos vemos inmersos a la espera de su resultado final, como magnífico ejemplo, ha sido un punto de excelente inflexión para cuantos nos sentimos miembros de esta Iglesia y confío en que las conclusiones de la misma sean el mejor de los acicates para esa renovación que tanto necesita Salamanca.

No obstante, por si acaso fuera cierta su marcha, me gustaría hacer algunas sugerencias o peticiones. "Peticioncillas", podría decirse, por las que recordarle no descuidar esas cosillas que se han ido dejando de hoy para mañana, quizá por su escasa relevancia entre los muros del gobierno diocesano, y que se han ido acumulando unas sobre otras sin visos de solución o con aquella solución tan patria del "silencio administrativo". Pedirle que se involucre personalmente en los problemas, grandes o chicos, de su diócesis –de nuestras cofradías por ser el tema que interesa en estas lineas–, dejando constancia de que su preocupación por nosotros los cofrades es permanente. Que no deje nada suelto a su sucesor y ate cuanto haya de atar.

Porque un obispo debe implicarse, dejarse ver y ser pastor cuanto más tiempo mejor, aunque algunos sean momentos desagradables en los que uno deba dar un golpe sobre la mesa. Porque cuando surgen las disputas, cuando el rebaño toma el camino equivocado, es cuando el pastor debe ejercer su magisterio de forma manifiesta (incluso autoritaria) y dejarse ver como guía, líder en quien fijarse, haciendo cumplir las normas, aunque ello suponga alterar la tranquilidad habitual. Debe ejercer e imponer su autoridad, evitando que cofrades o cofradías hagamos sayo de nuestra capa, incluso en lo más nimio.

No me parece normal que, últimamente y en lo que atañe a nuestras cofradías, a nuestro obispo se le conozca casi en exclusiva por algo en lo que no ha participado –el ya famoso acento andaluz en nuestras procesiones–, mientras que asuntos en los que debiera tomar cartas, nos quedemos desamparados en un limbo vacío.

Quisiera que esos rumores de marcha no fueran nada más que eso, rumores, y que don Carlos, nuestro obispo, continuase ejerciendo su labor en nuestra diócesis tanto tiempo como debiera. Pues sé que está pendiente de nosotros, cosa que debiera estimularnos como cofrades y como cristianos. No obstante, si el rumor fuese acertado, quisiera que el relevo viniese con suficiente energía como para superar la elevada cota que deja quien ahora ocupa la sede.



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