viernes, 26 de mayo de 2017

'Pasear al Hijo de Dios'

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José Fernando Santos Barrueco

El Cristo de los Doctrinos, junto al convento de los Padres Capuchinos en la noche del Lunes Santo | Foto: Daniel de Arriba

Como lector y colaborador de esta revista de opinión, no quisiera dejar en el olvido la expresión que recientemente apareció de manera literal en un artículo publicado en este mismo medio y que he tomado como título. Opino con la misma libertad de expresión con la que se escribió el citado artículo, libertad que la revista ofrece a quienes colaboran en ella, como señal de enriquecimiento y debate, sin que por ello se tenga que compartir la opinión de sus editores.

El "misterio" del asunto me obliga a escribir con cautela y consideración. El artículo al que me refiero también pide, aunque por otras razones, cautela y consideración a la hora de opinar. Atendiendo a estas últimas prefiero no identificar a quién lo escribe. Y lo hago por respeto a las ideas y no, como allí se dice, "porque alguna vez puedo estar en el otro lugar". Ignoro a qué lugar se refiere y me niego a querer entender esa frase que me suena a posibles enfrentamientos muy lejos de mis ideales e intenciones.

Eso de "pasear al Hijo de Dios" debiera de pensarse un poco antes de escribirlo. Es posible que al leerlo, se entienda lo que se quiere decir, pero no por ello deja de ser una expresión que chirría y habría que evitar si entendemos adecuadamente las cosas. Las procesiones son manifestaciones públicas de fe de unos fieles, en las que, además de un ejercicio de penitencia, se pretende a través de unas imágenes (que es lo que "paseamos") incitar a la devoción de quienes las contemplan hacia los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, que conmemoramos en la Semana Santa.

Tras la Pascua de la Resurrección, el Hijo de Dios, que es Dios, abandona su naturaleza humana y adquiere una nueva vida, gloriosa. En Pentecostés nos envía su Espíritu y deja de estar localizable de manera física y concreta en el tiempo y en el espacio. Dios no está en ningún sitio como algo estático. Dios es en todo momento y en todo lugar, en toda su creación y en todas y cada una de sus criaturas. No es alguien privativo de las cofradías, a quien cada una pueda tener en sus templos y en la Semana Santa permitirse el lujo de "pasear" a su antojo. En lunes, martes, etc., por la tarde, por la mañana o la noche, aquí en nuestra Salamanca o en otras localidades.

Las distintas imágenes son objetos materiales. Por lo que representan tienen la consideración de sagradas y se les rinde veneración (no adoración) y culto, debiendo ser tratadas con suma reverencia y respeto. Pero como objetos físicos no son lo que representan. Sí están en los templos y pueden sacarse en las procesiones con fines muy nobles y elevados, como pedir una intercesión o estimular la devoción al sugerir la presencia de quien representan, que puede hacerse patente en sentimientos que observamos en muchos de los que las contemplan (miradas, leves movimientos de labios que balbucean oraciones o santiguarse a su paso).

Alguien podrá opinar que quiero "rizar el rizo" y que "ya lo sabemos", pero me parece muy importante no confundir los términos. No tenerlo claro nos puede llevar al absurdo (la naturaleza frágil y destruible de una imagen nada tiene que ver con lo que representa), al fanatismo ("mi Cristo es el más milagrero") y en el extremo, hasta la idolatría, aunque suene muy duro decirlo. Para evitarlo, llamemos a las cosas por su nombre. Y si "ya lo sabemos", con más razón.


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