lunes, 19 de junio de 2017

Aprender a orar con el Cristo de San Damián

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Tomás Gil Rodrigo



Por medio de la imagen del Cristo de San Damián, Francisco dialogaba con Jesús, es decir, hacía oración. Sus primeros biógrafos nos cuentan que desde esta imagen escuchó del Señor esas palabras, que le cambiaron la vida: "Francisco, ¿no ves que mi casa se derrumba? Anda, pues, y repárala" (TC 13c; cf, 2 Cel 10ª; LM2, 1ª; Lm 1, 5). También a nosotros nos va a ayudar a orar, vamos a aprender a orar con esta imagen, y sin teorías, de una manera práctica y sencilla, porque a orar se aprende orando. Estad atentos a sus figuras, gestos, formas y colores. El pintor de este icono, un artista influenciado por monjes sirios que huyeron hasta Italia, perseguidos por los árabes y los emperadores iconoclastas de Bizancio, quiso que contempláramos mucho más que una obra de arte. Esta obra pertenece a un artista de la zona de umbría, de mediados siglo XII, fue encargada para que pudiéramos hablar con Dios (oración). Hay otras imágenes parecidas como el de la Catedral de Espoleto de Alberto Sozio, de 1187, o el de Sarzana, pintado por Gulielmo en 1138.

1º Aprender a mirar con el Cristo de San Damián. "Nos ha iluminado en el rostro del Hijo" (2 Cor. 4, 6)
  • La grandeza de la figura luminosa de Jesús, que destaca sobre los demás personajes, hace que que nos fijemos en Él, es la figura principal y el centro. Jesús invita a ponernos bajo sus brazos extendidos, nos sentimos recogidos: "Y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré (recogeré) a todos hacia mí" (Jn, 12, 32). Para estar recogidos por Jesús debemos hacer silencio exterior e interior. No se puede orar si estamos pendientes de nuestros ruidos y prisas. Para orar nos tiene que gustar el silencio y la soledad. En un corazón lleno de ruidos (rencor, enfado, venganza, envidia, odio...) difícilmente puede haber silencio. Para escuchar y ver a Dios necesitamos estar limpios de corazón (cf. Mt. 5, 8).
  • Después le miramos a Él, buscamos su rostro, que refleja vida (ojos abiertos), ternura (serenidad en sus facciones) y alegría (ligera sonrisa). Su rostro está vuelto hacia nosotros para darnos su luz: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 8, 12). El mirar en la oración es, más bien, admirar, porque descubrimos que Él nos miraba antes. La imagen sagrada cumple su tarea de verdad si llegamos a admirarnos, es decir, si reconocemos que el Señor Jesús está presente y nos mira por medio de su representación (momento de fe). 


  • Contrasta el cuerpo luminoso del Cristo de San Damián con la sangre roja, que brota abundantemente de sus manos, su costado y su pies. Ahora pasamos de la admiración al asombro de amor. Tenemos que limpiar la oscuridad de nuestros ojos para ver, venimos del camino y la vida, sentimos que su sangre derramada, su entrega por amor, nos limpia y perdona, así que para entrar en la oración hay que estar dispuestos a la conversión, el siguiente paso es arrepentimos de nuestros pecados y pedirle perdón.
  • Finalmente suplicamos la ayuda del Espíritu Santo para poder dialogar como se debe con Dios. Ese Espíritu está representado en el Cristo de San Damián de muchas maneras: en la mano derecha del Padre que nos bendice desde arriba; en la frente de Jesús, cuyas arrugas nos recuerdan la paloma del Espíritu; en su boca pequeña, con la forma que toma al soplar; y en cuello y el pecho ensanchado, porque toma aire para darnos su último aliento. 

2º Aprender a contar con el Cristo de San Damián. "Al ver a la muchedumbre, se compadecía de ellas, porque estaban despojadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor" (Mt. 9, 36)
  • Ahora nos toca contarle lo que llevamos en el corazón y lo que nos pasa en el camino. ¿Cómo lo hacemos? Vemos el rostro y la mirada de Cristo perdidos hacia lo alto, abandonado al Padre, pero nos damos cuenta que está también vuelto a nosotros. Cuanto más mira al Padre, más pisa el oscuro estrado de la cruz, más extiende sus brazos y la corona de la cabeza se inclina hacia nosotros. Jesús no busca aislarse y estar en paz consigo mismo, sino que su oración consiste en contar al Padre los nombres y los rostros del camino, aquellos hombres y mujeres que se encontraba, a los que amaba profundamente y por los que le dolían las entrañas.
  • Los que están bajo su brazo izquierdo son los que le han seguido desde Galilea, los pobres que han acogido su Evangelio. Dos mujeres marginadas cuyos nombres aparecen inscritos a sus pies, María la Magdalena y María la de Cleofás (cf. Lc. 8, 1-3).

  • Bajo el brazo derecho están María, su madre, y el discípulo amado, Juan. Le señalan con sus manos, ya que ha sido Él el que les ha unido para que comiencen a ser su Iglesia (cf. Jn. 19, 25ss.). Están junto a su costado traspasado, del que mana agua y sangre, símbolo del Bautismo y la Eucaristía, sacramentos por medio de los cuales su Iglesia nace y se alimenta. Bajo sus pies aparecen unas imágenes de santos, de los cuales solo se conservan solo dos.

  • También bajo sus brazos abiertos hay más personajes. En las esquinas, de menor tamaño, aparece Longinos, el soldado que le traspasó el costado, y, al otro lado, otro personaje, vestido con una túnica azul, puede que sostuviera la esponja empapada de vinagre, la cual se ha debido borrar por el deterioro del tiempo. Y junto a las mujeres, bajo el brazo izquierdo, está el centurión romano de Cafarnaum (cf. Jn. 4, 46-54), según aparece escrito a lo pies, detrás de él aparecen unas cabezas que representan a la humanidad de todos los lugares y tiempos.




Estos personajes que rodean al Cristo de San Damián representan a los pobres, a los hermanos y a la humanidad, y nos llevan al segundo paso de la oración que es "contar".

3º Aprender a escuchar con el Cristo de San Damián

Estamos ante el momento más importante de la oración. Los demás pasos son tan solo una preparación. Vamos a escuchar a Jesús, vamos a escuchar su Palabra de amor, que es la que inspira al Cristo de San Damián. Detrás de esta imagen del Crucificado está el Evangelio según San Juan, desde aquí vamos a escuchar y contemplar lo que está representado. Desde su influencia siria hereda la riqueza del cuarto evangelista.

La figura central: Cristo

Su cuerpo destaca por dos cosas: sus grandes dimensiones, superior a los demás personajes, y su luminosidad, destacando sobre un fondo negro con franjas rojas. El negro es símbolo del pecado, la muerte y el sepulcro; y el rojo es símbolo de su entrega y del amor divino. Las palabras del Evangelio que inspiran esta imagen tan llena de luz pueden ser: "Yo soy la luz del mundo" (Jn 9, 5); "La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre… y la luz brilla en las tinieblas" (Jn. 1, 9. 5); quienes reciben esa luz, "le dio poder de ser hijos de Dios" (Jn. 1, 12). Francisco cuando oraba decía así: "Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón". Y tras su gran tamaño están estas otras palabras: "Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy" (Jn. 8, 28). Jesús resplandece en la cruz en la grandeza de todo su ser, verdadero Dios y verdadero hombre.


La cabeza de Cristo, en un tono más oscuro que el cuerpo blanquecino, la ausencia de sangre y, sobre todo, sus grandes ojos abiertos muestran a alguien que está vivo, a pesar de su llaga del costado que significa la muerte. Sus ojos serenos son unos ojos contemplativos, que miran con confianza al más allá, donde está el Padre, aquel que le ha resucitado por el Espíritu: "Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo" (Jn. 17, 1). Del mismo modo su cabeza se inclina hacia nosotros para conducirnos al Padre: "Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn. 14, 9). Estamos ante Cristo resucitado, lleno de gloria, abandonado al Padre y vuelto a la humanidad.

La parte superior de la cruz: la Ascensión de Cristo

De abajo a arriba, en primer lugar, hay una inscripción sobre dos líneas en color rojo y negro, con las palabras tomadas literalmente del evangelio de Juan: "Jesús Nazareno, el Rey de los judíos" (Jn. 19, 19). El rótulo puesto por Pilato resume muy bien todo el Evangelio de Juan, en el que contrasta el origen pobre y humilde de Jesús con su exaltación como rey en la cruz.

Sobre el rótulo hay un círculo dentro del cual está Cristo ascendiendo al cielo. Notamos como se impulsa, parece subir una escalera. Abandona el sepulcro y va hacia el lugar donde vive su Padre, el cielo, ¿con que intención?: "En la casa de mi Padre hay muchas moradas;… me voy a prepararos un lugar" (Jn. 14, 2). Porta en la mano izquierda la cruz dorada como si fuera su estandarte, el signo de su victoria sobre el pecado y la muerte. Alarga la mano derecha hacia su Padre, le ofrece el mundo salvado. Arriba del todo se ve otro círculo del que sólo se ve la parte inferior, la otra es invisible. Simboliza al Padre, al que Cristo ha revelado, pero sigue siendo misterio, de ahí que sólo veamos un semicírculo, la otra parte queda oculta. En el semicírculo vemos la mano extendida del Padre que envía al Hijo al mundo y, a la vez, lo recibe en la gloria, una vez terminada su misión salvadora.



Diez ángeles rodean a Cristo en su ascensión. Le dan la bienvenida alegres. Se cumplen las palabras que Jesús dijo a Natanael: "En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre" (Jn. 1, 51).

Los personajes reunidos por el amor del Crucificado

A la derecha de Cristo están María y Juan, inseparables como en todos los crucifijos de tipo sirio, plasmando el texto del evangelio de Juan: "Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre" (Jn. 19, 26-27). Juan está al lado del pecho de Cristo como en la Última Cena, él fue testigo y vio atravesar su costado y salir sangre y agua al pie de la cruz (Jn. 19, 35). María no expresa dolor sino que refleja la serenidad de la creyente que espera confiada en la resurrección. Es verdad que acerca su mano a la cara, en un gesto que significa dolor, asombro y reflexión. Tanto Juan como María señalan a Cristo, el vencedor del pecado y la muerte, glorificado por el Padre.

En el lado izquierdo de Cristo hay otros tres personajes: dos mujeres, María Magdalena y María, mujer de Cleofás, y un hombre, el Centurión, sus nombres aparecen escritos bajo sus pies. Las dos mujeres son descritas en el cuarto evangelio al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), y son las dos mujeres que llegaron primero al sepulcro en la mañana de Pascua. Con la mano derecha en el mentón, María Magdalena manifiesta su dolor por la pérdida d Cristo, pero la otra María le señala con la mano a Jesús glorificado, invitándola a salir de su sufrimiento. Junto a las mujeres hay un hombre, el centurión romano que, al ver morir a Cristo de esa manera, dijo: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc. 14, 39). Es el modelo para todo los creyentes, con su mano derecha y sus tres dedos levantados, proclama su fe en Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por encima del hombro izquierdo del centurión asoma una cabeza pequeña y otras por detrás. Se trata de una muchedumbre simbólica que se asocia a la fe del centurión, en Jesús vencedor convergen todas las miradas de la humanidad: "Mirarán al que traspasaron" (Jn. 19, 27).

Bajo cada mano y antebrazo de Cristo hay dos ángeles que señalan hacia dónde cae la sangre y cuál es su gran valor. En los extremos de los brazos de la cruz otros dos ángeles señalan del sepulcro vacío.

A la altura de las rodillas de Cristo, a su derecha, está Longinos sosteniendo la lanza con la que traspasó el costado, como indica la inscripción, y a su izquierda, el soldado con la esponja de vinagre, que según la tradición se llamaba Esteban. Aunque sean más pequeños que los demás personajes, es una manera de decirnos que ellos, a pesar de ajusticiar a Cristo, también participan de su obra salvadora. Cristo ha muerto y ha sido glorificado para salvar a toda la humanidad.

En la parte inferior de la cruz, no tan conservada como el resto, se aprecia, al lado de la pierna de Jesús, el gallo que cantó después de la negaciones de Pedro, suceso que está recogido por los cuatro evangelistas, pero Juan le da más importancia, porque lo relaciona con la aparición del Resucitado en el lago de Galilea, ya que Pedro tiene que responder tres veces que ama a Jesús frente a sus tres negaciones (cf. Jn. 21, 15ss.). Igualmente el gallo es símbolo del amanecer. Su canto saluda los primeros rayos de la luz, en este caso no ya del sol sino de la que no tiene ocaso, invitando a todos a salir del sueño entrar en la luz de Cristo resucitado.

4º Aprender a darse con el Cristo de San Damián

Volvemos al camino renovados por nuestro encuentro con el Crucificado. Estas preguntas nos pueden ayudar para que cada uno adquiera un compromiso derivado de su oración.

Este Cristo luminoso y glorificado, ¿no nos recuerda que todas nuestras oscuridades y sufrimientos, fruto del pecado de la injusticia, la mentira y la opresión, pueden ser transformados en gloria?

Cristo aparece entregándose al Padre y a nosotros, ¿no nos invita a seguir sus huellas y a entregarnos también nosotros como El, dando la propia vida?

Jesús nos sopla su Espíritu, ¿cómo nos dejamos guiar por el Espíritu para entrar en el misterio de Dios?

Los brazos extendidos, bajo los que se derrama la sangre, nos invitan a la fraternidad y al servicio a los más pobres.

Cristo está en medio de su pueblo, simbolizado en los personajes que lo rodean y atestiguan su resurrección. Hoy sigue vivo en su Iglesia y en la humanidad. ¿Oímos su llamada de ser sus testigos en el mundo?


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