lunes, 12 de junio de 2017

Érase una vez la cofradía de los santos patronos

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Tomás González Blázquez

Celebración en honor a la Virgen de la Vega en la Catedral Nueva de Salamanca

- ¿Recuerdas cuando se propuso la fundación de una nueva hermandad dedicada a la Virgen de la Vega y San Juan de Sahagún? Por lo que relatan los viejos del lugar, algunos pensaban que no venía a cuento mientras otros se entusiasmaron con la idea…

- No caigo ahora en la fecha exacta. Imagino que en algún momento alguien ya lo habría pensado, pero lo cierto es que entonces cuajó y, haciendo balance, algo ha aportado esta cofradía a la ardua tarea de crear conciencia e identidad diocesanas.

- Yo he leído que, por 2018, cuando el cuarto centenario del voto inmaculista, por fin se coronó a la patrona, y hasta el Cabildo se animó a encargar una buena talla del patrono para que luciera en la Catedral que acoge su sepulcro.

- Es verdad, aquel año debió haber movimiento, con aquello de las normas diocesanas que sirvieron de acicate para la pastoral de cofradías… o eso nos han contado…

Vega y Juan atajaron la conversación, apuraron sus tempraneros cafés de aquel 12 de junio en un popular establecimiento de la calle Toro y se apresuraron hacia la parroquia desde donde partiría, madrugadora, la procesión del santo fraile agustino. Su meta, la iglesia mayor, escenario de la misa pontifical al mediodía. Culminada la concurrida novena en el templo puesto bajo su título, el patrono regresaba a la Catedral. Los jóvenes cofrades se pusieron su medalla de cinta carmesí y ocuparon su sitio en el extenso cortejo que precedía al paso de San Juan de Sahagún y cerraba el obispo.

El transitar por la plaza de Los Bandos a Vega le evocaba la firme apuesta por la concordia y el diálogo que intentaban llevar a hechos concretos desde la cofradía. Mediar, tender puentes, emplearse a fondo en la resolución de conflictos. Era un carisma peculiar y, casi siempre, de complicada puesta en práctica, pero para esto se formaban y eso imploraban en su oración, con fray Juan como privilegiado intercesor. Le había costado algún disgusto, pero le proporcionaba tanta paz… Las pobrezas de la desunión, del enfrentamiento, de los rencores enquistados y las dañinas envidias, de las peleas de gallos y gallitos (a menudo, de meros polluelos), minaban tantas fuerzas y creaban tantos problemas que sufrir un poco más para luchar contra ellas era precio pagado con gusto. Hasta en el proceloso océano de las cofradías soplaban serenas las brisas desde que aquellos voluntarios "facundinos" habían tomado, a su manera, el timón y reconducido errados rumbos.

Por su parte Juan, al enfilar la Rúa, ya ansiaba escaparse unos minutos, al concluir la eucaristía, y dar gracias por todo el curso a su querida María de la Vega. Lo inauguró en septiembre, acudiendo a su novenario, tan especial aquel año porque presentó a la Virgen a su ahijado, bautizado meses antes. Luego, cada sábado que pudo, participó en las celebraciones marianas. También en la memoria del Nombre de Jesús, dedicada el 3 de enero al Niño que sostiene la Vega en su trono de Madre, en el vía crucis con el Cristo de las Batallas durante la Cuaresma, o en la fiesta de la Dedicación de la Catedral el 13 de mayo, o en el Corpus al que no faltaba nadie en la diócesis. Aquel templo tan inmenso, tan monumental, que le parecía en su momento inabarcable e inaccesible, se había convertido en un refugio íntimo y orante, de puertas abiertas, de espiritualidad ardiente. Ensimismado en sus gratitudes, se descubrió en Anaya cuando la Banda Municipal interpretaba una marcha, ya popular, titulada Santos Patronos de Salamanca.


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