miércoles, 14 de junio de 2017

La fe del cofrade hoy en día

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Nacho Pérez de la Sota

Hermanos de la Vera Cruz cargan  con Jesús Resucitado el Domingo de Pascua | Fotografía: ssantasalamanca.com

No vamos a descubrir el fuego ni a inventar la rueda. No vamos a decir nada que no se haya dicho ya –de sobra– por activa o por pasiva. Quizá, lo que convendría sería meditarlo de verdad e interiorizarlo muy, muy en serio, para no tener que volver a repetirlo y, sobre todo, para vivirlo en la cotidianeidad, sin necesidad de sentirnos obligados a recordarlo con frecuencia.

No. No es ninguna maravillosa revelación ni invención, pero afirmémoslo en voz alta una vez más: la devoción del cofrade es un hecho religioso, una verdad de fe, una vivencia espiritual que trasciende la Semana de Pasión, que no se limita a nuestro desfile procesional o marcha penitencial. Y no es que pensemos que debe de ser así: es que es así.

Cierto es que la pertenencia a esta hermandad o a aquella cofradía es un hecho sentimental, una emoción íntima, una "pasión" personal, una vivencia entrañable. Nació, sí, de la devoción a una imagen, de una usanza familiar, de la inclinación a una túnica, de un flechazo inexplicable racionalmente, del seguimiento a unos amigos, del amor a una tradición...

Pero la única justificación verdadera, la simple razón de ser de nuestra "pasión" es…. la Pasión. Sacar las imágenes a la calle es una mera forma de catequesis, un medio de visibilizar el mensaje de Jesucristo, de hacer patente la verdad (aunque solo sea una parte concreta y culminante) del Evangelio: que Dios se hizo hombre con el único fin de sufrir tormento y muerte –horribles– como sacrificio, como ofrenda expiatoria por nuestra salvación, por nuestra redención, por satisfacción de nuestras propias faltas y pecados. No cabe muestra de un amor más grande.

Manifestar gozosos esa verdad no se limita a nuestro lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado o domingo de desfile procesional. La coherencia con esa fe nos invita, nos obliga, a llevar por bandera la verdad del Evangelio los 365 días del año. A testimoniar en nuestra vida diaria el orgullo de ser seguidores y propagadores de ese mensaje, con nuestras palabras y obras. En su totalidad. En la totalidad del mensaje, pero también en la totalidad del tiempo: no solo en Semana Santa, sino en verano, en Navidad, en septiembre o en Resurrección, sin esperar a que llegue el Triduo Pascual para demostrar externamente (¿farisaicamente?) lo devoto que soy de Cristo o de la Virgen.

Esto no es nada reciente, inédito o flamante, y todos lo sabemos. La posible novedad consiste en que, tal vez, deberíamos ir asumiendo que estamos obligados –como cofrades– a dar un ejemplo cada vez más necesario en el mundo que nos toca vivir hoy en día. Un testimonio diario y cotidiano, que no es el de la procesión en la que la Policía (un día al año) nos abre paso y el público nos espera para ver un despliegue visual, estético y espectacular. Eso es fácil.

Profesar a diario (y practicar con coherencia) la verdad de Evangelio y catecismo en un ambiente secularizado, testimoniar en nuestro ámbito de trabajo, pandilla o vecindario la verdad intensa y completa del Evangelio, reconocerse sin complejos devoto y practicante y creyente ante la realidad laicizante y anticatólica, defender a la Iglesia de las calumnias y asechanzas del pensamiento dominante….. ya es algo más difícil y que exige bastante más esfuerzo.

Pero si de verdad nos confesamos sus seguidores, quizá baste con mirarle a Él. Flagelado, cargando su cruz, crucificado. O a Ella, con el sufrimiento y el dolor más lacerantes que puede sufrir una madre. A lo mejor, así, lo nuestro se nos antoja infinitamente más sencillo...


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