jueves, 22 de junio de 2017

Plegaria íntima y fervorosa

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Asunción Escribano

Isabel Bernardo, ante el Cristo de la Agonía Redentora, en el Poeta ante la Cruz 2017 | Fotografía: Roberto García Luis

Como diálogo silencioso, con intimidad de creyente con su Cristo, el poemario Donde se quiebra la luz de Isabel Bernardo, leído este año en el precioso acto del Poeta ante la Cruz ante el Cristo de la Agonía Redentora, plasma la fe de una escritora que llega cargada de paisajes vertidos sobre sus heridas y sus palabras. La luz puede mostrarse quebrada y así la nombra rota la poeta, con el fresco de la naturaleza como fondo (tardes y ríos, pastores y caballos, cárabos y encinas…), cuando el Cristo busca a la poeta y engarza Su noche con la de ella, tras asistir a la Crucifixión del sol.

Retirada en el campo y en el frío, el Cristo al que canta Isabel Bernardo la rescata de su soledad, pero también le habla en los paisajes que la rodean. Y la poeta le devuelve el escalofrío sobre el folio, con insistencia de fe, en su modalidad oracional retóricamente  anafórica, al inicio de los versos, a la manera de devoción suplicante: "fue en esas horas, fue en esas horas…", repite, como en una plegaria de insistencia, enlazando con el pasado. También con este recurso lírico plasma sus dudas: "Acaso… Acaso…".

Isabel Bernardo rechaza el encuentro con el Cristo muerto, y acude a los objetos cercanos, a la llama, al sol o a la vela para que le alumbren en la noche física o espiritual que, a pesar de la certeza de la Vida, le rodea en ciertos momentos: "mientras van cayendo lentas las sombras, lentas,/ sobre este silencio de velas/ que arde/ bajo tus pies desnudos". La poeta busca también la voz del hijo de Dios vivo en su entorno, mientras los paisajes van apagándose a su alrededor y se hacen uno con la creyente, que traslada fuera lo que lleva dentro.

Ese es el gran logro de este poemario de Isabel Bernardo, la conjunción del espacio íntimo y el horizonte externo. De aquí que toda la obra esté cargada de simbología: "traigo agua, pan y aire de los campos que habito;/ una flor y una paloma; enseñas blancas para pisar sin miedo/ la pena/ sagrada del destierro", porque en ella, nada se limita a nombrarse a sí mismo, sino que apunta más alto y habla de otra verdad más profunda, y todo es señal de lo que lo constituye dentro, con una luz que supera los límites de su propia forma.

Esa unidad de experiencia y paisaje sacral se vuelve conciencia y alimenta, así, la palabra. Ante la muerte de Cristo, la historia y sus habitantes siguen combatiendo contra esa cesación, en cada mirada sobre ellos de la poeta: "Cuánta naturaleza, Padre/ sin dolor/ para salir a buscarte". Porque en la naturaleza la sucesión de vida y muerte se integra en paz, sin más dolor que el de quien la contempla: "Cuánta hermosura de luz, cuanta tierra/ de rodillas/ ante la soledad sagrada de tu paso". Y, por ello, la poeta persigue en el signo la compasión que le alienta a escribir: "Libres cual gacelas anhelan ir mis palabras/ tras esta muerte", por todo lo que muere, por todo lo que vive, por el anhelo, por "la esclavitud de la sed", como la llama Isabel Bernardo.

Junto al Cristo y al paisaje que lo invoca, también conviven en esa realidad presente la familia y la infancia. Esos espacios de siembra firme de la fe. El abuelo que enlaza tiempos, afectos, vivencias, y señales de certidumbre: "Desde entonces todas las noches viene a guardar/ la Cruz de mi cama/ y mi sueño", escribe la poeta, consciente del lazo religioso que la memoria usa para atar relámpagos de vida intensa.

Con la intimidad que todo cristiano tiene con su Cristo, Isabel Bernardo le habla en un poema/silencio que nos permite dar cuenta tanto de la fe, como de la belleza evocadora del momento, y de su intimidad orante y lírica: "Hacía frío aquella tarde"…, nos sitúa en un tiempo físico o emocional de ensueño: "Aquella tarde yo estaba sola Tú también/ estabas solo", y rememora el encuentro que finaliza en la pregunta: "Y tú, ¿quién dices que soy yo?", como siempre se ha hecho en cada encuentro de fe personal… Y, después, la respuesta que se clava en los ojos y en la vida: "porque yo diré de ti que eres el Redentor, el Cristo/ que espera/ al otro lado de la noche".

Eso es todo. Eso es el poema, la fe, el canto, el asombro o el duelo, a partir de los que uno vuelve renovado al mundo, sin olvidar nunca más la misión de la palabra creyente: "Nada estará perdido/ si aun soy capaz de abrir un solo surco con Su nombre/ en este hermoso valle de luz y lágrimas".


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