viernes, 2 de junio de 2017

Poderoso Señor de las Batallas

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F. Javier Blázquez

Cristo de las Batallas

Así le invocaba el que fuera insigne catedrático de Historia del Arte en la época más gloriosa de nuestra Facultad de Filosofía y Letras. Rafael Laínez Alcalá, poeta en sus ratos libres, dejó una de sus inolvidables composiciones al Cristo de las Batallas, Imperio de la Cruz para el dictado / que el mundo en lucha su verdad reparte, / un torrente de Historia deslumbrado.

Y es que este crucificado de la segunda mitad del siglo XI, por su significado, es uno de los baluartes sobre los que se asienta el devenir de nuestra diócesis. Su valor va bastante más allá del mérito artístico que pueda atesorar que, sin desdeñarlo, no es ni por asomo el crucificado románico de referencia por estas tierras de la charrería. Cabrera, La Zarza o el de Los Carboneros, aunque quepa siempre la justificación de su posterioridad temporal, son imágenes con una mayor prestancia.

La experiencia de lo simbólico es inherente al desarrollo evolutivo del ser humano, puesto que la cultura, las relaciones sociales y las creencias siempre acaban remitiéndose a los símbolos. En torno a ellos se cohesionan los grupos y se emprenden las empresas colectivas. Y en este contexto hemos de entender cuánto significa para nuestra diócesis la mencionada imagen. Hasta tal punto es así que, en el reducido espacio de acceso libre que han dispuesto en la catedral para la oración, aparece, junto a la patrona de Salamanca, una réplica del Cristo de las Batallas. La diócesis se restablece en 1102 tomando esta referencia iconográfica como uno de sus fundamentos simbólicos. Jerónimo, el obispo trasladado a Salamanca, acude a la ciudad con la imagen que acompañó en las campañas militares al Cid Campeador. Podríamos casi decir que al levantar la catedral, en ella se muestra por primera vez al crucificado a través de esta imagen. Tan venerada era por todos que al construir la nueva catedral se reservó para ella la capilla principal de la cabecera. Allí, presidiendo su retablo barroco, junto a las cenizas del primer obispo de la diócesis restablecida, estuvo la imagen hasta la controvertida restauración de 2009, cuando la redujeron a pieza arqueológica, despojándola de su historia y primera finalidad, que es el culto. Privada de esta función, en la hornacina se colocó la copia que actualmente se puede contemplar.

En la Catedral Vieja, su emplazamiento primitivo, quedaron las pinturas y leyendas que demuestran hasta qué punto fue objeto de veneración en Salamanca por los milagros portentosos que realizó. Desde el principio, el Cristo de las Batallas había estado muy presente en las devociones populares. Con el tiempo compusieron motetes en su honor, le dedicaron poesías, como la referida de Laínez, y hasta tuvo su propia cofradía de penitencia, la de los excombatientes. Oh, Cristo en Majestad, glorificado / en la cumbre de hispánico baluarte, / recio blasón de alígero estandarte / con fiebre de romance reforzado.

Los símbolos son fundamentales, necesarios siempre en la forja de las ideas e ideales. De ahí que hayamos de considerar un acierto la elección de este símbolo, el del Cristo de las Batallas, por parte de la Hermandad Franciscana para abrir su desfile procesional a partir del año próximo. Una copia, naturalmente, no tiene cabida cuando se aspira a aportar una obra de nuestro tiempo al patrimonio cofrade de Salamanca. Por eso su autor, el escultor Ricardo Flecha, ha recibido el encargo con total libertad para interprertarlo. Será un Cristo de las Batallas desde la concepción artística de Flecha, con los rasgos que le definen como escultor. Sumar esta firma implica revalorizar la Semana Santa de la ciudad; incluir esta imagen enraizará el desfile al sustrato religioso y cultural sobre el que se asienta; acudir a esta advocación, supone vincular la tradición a la idiosincrasia de la hermandad. Ayer eran el Cid y sus mesnadas quienes defendían a la cristiandad cuando los almorávides sembraban el terror por el centro y sur del territorio peninsular. Hoy, los hermanos de la Franciscana nos recuerdan el sufrimiento de los cristianos en las tierras que hollaron los pies de Cristo. En uno y otro contexto aparece la misma advocación, la de este Cristo Martillo tan nuestro, que decía Unamuno en 1922, la del Poderoso Señor de las Batallas, / que al soberbio confundes y avasallas / en púrpura encendido de rigores, según Laínez.


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