viernes, 16 de junio de 2017

Venid a Tierra Santa

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J. M. Ferreira Cunquero

Cartel en la ciudad de Belén | Foto: JMFC

Tierra Santa acoge la historia que sobre su piel nos espera para rozarnos el alma con la voz del interior que crece en sus surcos. La vivencia allí fortalece el fruto del interior que sostiene en lo más dentro del espíritu cristiano lo que somos.

Pero aquella bendita tierra expande con sus labios sagrados, más allá de las huellas santas, el grito desolador de los hermanos que comparten con nosotros el ADN de la salvación que bautiza al hombre, bajo la sombra de la cruz, con la bendita sangre de Cristo.

No escuchar ese sobresalto que taladra el mundo pidiendo auxilio es obviar lo que ocurre en estos momentos en la Tierra de Jesús el Nazareno. Quedarse solo con la experiencia interior, que allí nutre con suma facilidad cualquier expectativa, es no entender el grito desgarrador que brota reivindicando nuestra ayuda.

El experto mensaje franciscano, con diáfana claridad, nos ha hecho ver que debemos mirar con los ojos del corazón hacia aquellos lugares que custodian, en la tierra del Señor, con tanto celo desde hace siglos. Porque allí el pueblo de Cristo está a punto de desaparecer del paisaje santo, mientras nosotros no caemos en la cuenta de que somos desorientados cómplices de tan demencial desastre.

¿Podemos permitirnos el lujo de este desamparo que deja en soledad a quienes allí viven dando testimonio de nuestra fe?

En estos momentos las cifras de la población cristiana se sitúan en torno a un paupérrimo 1,8%, cuando no hace tanto tiempo superaban el 20%. Este porcentaje desolador nos lo facilitaba fray Artemio, un fraile palentino que lleva toda la vida vinculado a la misión de Tierra Santa. No hay trampa, ni es una mera anécdota la durísima afirmación de que los cristianos pueden desaparecer de Tierra Santa no tardando mucho.

Solo el desconocimiento de lo que allí ocurre posibilita este desencuentro con la obligación que tenemos de mantener nuestra heredad en aquella tierra, con algo más que esos sentimientos que nos tocan con desbordante emoción las alcobas del alma. Hacen falta medios económicos que solo pueden salir de la caridad cristiana de otras partes del mundo.

En nuestro corazón cofrade y franciscano siguen resonando las palabras del Custodio de Tierra Santa, fray Francesco Patton, cuando ratificaba sus muestras de cariño hacia nosotros, pidiéndonos que sigamos firmes en nuestro empeño de cercanía con los cristianos de Tierra Santa, a través de la Hermandad Franciscana, que nació en Salamanca para llevar a cabo tan importante fin. El padre Francesco, conmovido, nos habló de la catástrofe que sufre Siria, donde la Custodia Franciscana sigue, de forma ejemplar, dando cuanto tiene por medio de sus misioneros.

Fray Romualdo volvía a aparecer en el recuerdo con sus inolvidables palabras: "Los franciscanos nunca abandonaremos Siria, porque Siria es nuestra tierra".

En este contacto tan próximo con los franciscanos, hemos podido dar con una de las claves que puede paliar el abandono masivo de los cristianos de aquella zona tan conflictiva del mundo. Es imprescindible peregrinar a Tierra Santa, para que la presencia continua sobre aquellas históricas poblaciones regenere, por medio de nuestra aportación económica, la esperanza en los hermanos de fe que allí nos esperan con los brazos abiertos.

No debemos olvidar que la artesanía cristiana sostiene a muchas familias. Sin ese medio de subsistencia nuestra gente puede quedar atrapada en los cercos ignominiosos de los muros que como una cuerda ahogan cualquier proyecto ilusionante de vida.

Pero mientras preparamos esa peregrinación que puede cambiarnos la vida en el terreno personal, suscribámonos a la revista Tierra Santa. Una revista que, en manos de expertos colaboradores,  se configura como una de las publicaciones religiosas más importantes que se distribuyen por todo el mundo. El donativo como esencia de caridad cristiana, que sea por otro lado el abrazo de proximidad que nos introduzca en las frecuencias del amor, al que estamos comprometidos, simplemente por ser cristianos.

***

La barcaza en el medio del Mar de Galilea recibía los chasquidos del agua como susurros, que dentro del corazón nos hacían presumir que Jesús el Nazareno nos decía: "Deja cuanto tienes y ven"...


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