jueves, 28 de septiembre de 2017

Ombligos del mundo... o derecho de minorías

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Félix Torres

Hermanos de carga del Cristo de los Doctrinos, de la Cofradía de la Vera Cruz | Fotografía: Daniel de Arriba

Comienza el curso, estrenamos otoño y todos recordamos, como si fuera ahora, esos días de septiembre en los que la televisión nos bombardeaba con multitud de diversos, casi inimaginables, coleccionables de los que muchos se quedaban en el primer fascículo y la mayoría, una vez relajada la fiebre del coleccionismo, no pasaban de los tres o cuatro primeros. Ahora, no sé si se han dado cuenta, los anunciantes han sustituido el sutil estímulo para llenar nuestras estanterías por otro quizá mucho más saludable por el que no dejan de anunciarnos gafas y más gafas. Cientos de gafas de cuantas marcas y modelos posibles haya en el mercado.

Pues entonces, con gafas relucientes y propósitos por estrenar, comencemos el nuevo curso con la ilusión de escolares con la cartera repleta de cuadernos y lapiceros a los que dar un primer uso y pongámonos manos a la obra para retomar aquello que el calor veraniego dejó arrumbado a la fresca sombra vacacional.

Podría comenzar por escribir sobre las normas diocesanas para las cofradías, aún en formato borrador, recién presentadas a los cofrades. Pero hay voces mucho más autorizadas que la mía para hablar de ellas, por lo que abandono la opción, no sin agradecer a esos cofrades comprometidos en su redacción la inversión de tiempo que han realizado en bien del resto.

También hubiera podido dedicar estas líneas, dado que está próximo el acto de entrega, a esa Medalla de Oro de la Ciudad a nuestra Junta de Semana Santa y a lo que debiera representar de cara al futuro. Pero, aparte de mi felicitación a cuantos cofrades se sienten –nos sentimos– parte de esa Junta, sé que también hay quienes loarían mucho mejor que yo el acto y su parafernalia, por lo que mejor lo dejo en sus manos.

Así que, seguramente dictado por mi subconsciente en el regreso a la mesa del despacho y la tiza en el encerado, retomo el otrora candente tema de las vacaciones escolares primaverales (que ha dejado de ser correcto denominarlas de Semana Santa), para dejar mi opinión por si fuera de utilidad en el momento de volver a tratar el tema, si así se hiciera, en las instancias correspondientes.

Y tengo la sensación de que, a veces, más de las que quisiera, nosotros, los cofrades, nos vemos como centro de casi todo, ombligos del mundo que nos rodea, sin darnos cuenta o sin querer darnos cuenta de que desgraciadamente somos minoría se mire por donde se mire. Cada vez más minoría.

Que si las vacaciones deben ir según nuestras normas, que si cortamos las calles por procesiones y todos deben aceptarlo, que si los hermanos de carga somos el soporte de nuestra Semana Santa, que si los nazarenos somos lo único salvable de esta pasión, que si…

En definitiva (y seguro que como en cualquier círculo dedicado a las temáticas más diversas), no vemos la viga en ojo propio ni el bosque que nos rodea. Estamos tan inmersos en lo nuestro, tan seguros de que nos gusta/apasiona esta devoción, que somos inconscientemente incapaces de dar opciones a quienes no opinan como nosotros.

Pienso en vacaciones (aunque podría ser igual para cualquiera de los muchos temas que nos ocupan frecuentemente) y me pongo en el lugar de quienes no ven la Semana Santa como eje vertebrador de su segundo trimestre. Para ellos, lo de menos es cuándo celebrarlas sino que permitan una conciliación familiar, en caso de ser necesaria, o que se alarguen en el tiempo lo más posible para que el descanso sea efectivo, que en esto todos quisiéramos ser funcionarios de la educación. No se plantean ni el momento ni el lugar salvo para programar una visita a aquella ciudad con procesiones tan populares. Para eso sí recuerdan que es Semana Santa, si acaso. No se preocupan de si sus hijos deben ser educados en esta fe-cultura-tradición si ellos jamás pisaron una calle sujetando un cirio y bajo un hábito nazareno.

Así, en este caso, los cofrades, más que sentirnos protagonistas imprescindibles, tendríamos que sabernos minoría y aprovechar la coyuntura. Ser respetados como minoría y exigir nuestro derecho a celebrar, cual si de Ramadán, WorldPride o independentismo provinciano se tratase. Así, no habría alarma si nuestros reposteros cuelgan de las balconadas municipales, si nosotros cofrades, manifestamos nuestra fe abiertamente cortando las calles para ello o si exigimos unos derechos "excesivos" de los que, como minoría, nos sabríamos acreedores.

Sintámonos y seamos orgullosa minoría, porque ello nos abrirá puertas hasta ahora cerradas a cal y canto. Basta de complejos, ni de superioridad ni de inferioridad, que por ser grupo minoritario (y casi en peligro de exclusión) hemos de sobrenadar como espuma de cerveza.

Lástima que además de minoritarios seamos también cristianos. Eso ya no está visto con la corrección política (de la politesse francesa) con que se mira a otros grupos menores y hace que mis propuestas no queden sino en mera ilusión. Pero por intentarlo…


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