viernes, 6 de octubre de 2017

Año jubilar: tras los pasos otra vez de Teresa de Jesús

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Francisco Gómez Bueno

Viaje a las fundaciones. Grabado de Antonio Veredas

Medio oculto por otras circunstancias acuciantes de la actualidad y algo apartado de los oropeles propios de las grandes "apuestas" políticas, lo cierto es que la próxima semana da inicio uno de los acontecimientos más importantes de los que se nos presentan en un futuro inmediato. Este 15 de octubre arranca el Año Jubilar Teresiano, según el Decreto de Penitencia Apostólica que ha incluido como templo jubilar el Convento de la Anunciación de Alba de Tormes.

Atrás queda el brillo de las celebraciones del V Centenario de Santa Teresa de Jesús, donde se llevó a cabo un importante trabajo de reivindicación de una figura universal de la espiritualidad y donde se pudo apreciar el enorme impacto de esta mujer única en la creación artística.

Pasadas las multitudes y la efeméride, ahora nos encontramos ante una conmemoración que busca otro tipo de "público". Una peregrinación sin duda más solitaria, si acaso más honda y en definitiva más "descalza" en el sentido teresiano de la palabra.

Así que se nos presenta una nueva oportunidad para la reflexión, la espiritualidad y la búsqueda de sentido a todo esto que nos rodea. Además, también es una magnífica ocasión para resaltar esas huellas teresianas que pasados los programas especiales de promoción –orientadas fundamentalmente a la captación de visitantes– a veces van quedando atrapadas por el olvido o la indiferencia.

Y es que la historia de las fundaciones teresianas nos enseña mucho. "Nunca dejé fundación por miedo del trabajo, aunque de los caminos, en especial largos, sentía gran contradicción", escribe de su puño y letra esa mujer única en una época de hombres, monja de cuerpo débil, atacado por mil enfermedades y dolores, que supo, sin embargo, poner en pie el mayor proyecto de reforma espiritual de su tiempo.

Teresa ha fundado San José de Ávila y tras cinco años de intensa vida según la regla primitiva, obtiene licencia para fundar más conventos según su nuevo estilo de vida. Ha pasado por Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo y Pastrana antes de llegar a Salamanca.

Ha tardado en venir porque alberga muchas dudas sobre la conveniencia de fundar aquí. Hay que tener en cuenta que los monasterios reformados solo viven de las limosnas que reciben y Teresa reconoce que "por ser muy pobre el lugar, me había detenido hacer allí fundación". Fíjense: año 1570. La ciudad en la época dorada de su Universidad; con más de 20.000 habitantes, de los que 7.000 eran estudiantes; con conventos de todas las grandes órdenes, con iglesias y casas blasonadas por doquier y, sin embargo, con una buena parte de los salmantinos pobres de solemnidad. Casi nunca es oro todo lo que reluce.

El caso es que empujada por sus confesores pide licencia y la obtiene del obispo González de Mendoza y se presenta en la ciudad con la compañía de dos frailes y una monja, María del Sacramento. Como cuando llega la casa que había apalabrado para su convento "no se había podido desembarazar" de los estudiantes que la habían alquilado para el curso, se dirige al colegio carmelita de San Andrés.  En sus primeras horas en la ciudad localiza en una de las tiendas de la Ribera dos lienzos algo toscos pero muy devocionales –un Ecce Homo y un Descendimiento– que compra como primer patrimonio del nuevo convento y en los que invierte los 14 reales que traía como único capital a la ciudad (cuadros que se conservan todavía hoy en poder de la comunidad de carmelitas de Cabrerizos).

Cuando ya es de noche, le comunican que la casa de Gonzaliáñez (hoy Casa de los Ovalle) ya está libre y Teresa de Jesús decide ocuparla sin más dilación. Contrata al carpintero Pedro Hernández para que acometa los trabajos prioritarios para dar uso conventual al caserón, lo que empleará al artesano hasta las cuatro de la mañana. A esa hora se marcha de una casa que habían abandonado ya los dos frailes, en busca de las monjas que habrían de formar parte de la primera comunidad. Se acaba octubre, es plena noche de Ánimas y Teresa de Jesús y María del Sacramento se quedan completamente solas en la casa en la madrugada: "Yo os digo, hermanas, que cuando se me acuerda el miedo de mi compañera, que me da gana de reír".

Y es que María del Sacramento teme que los estudiantes, enfadados por haber tenido que salir a toda prisa de la casa, se hayan quedado en alguno de los desvanes y puedan gastar alguna broma. Así que, mientras esperan el día tendidas ambas sobre un poco de paja, pregunta María a Teresa: "Madre, estoy pensando, si ahora me muriese yo aquí, ¿qué haríais vos sola?".

Mientras suenan las campanas de toda la ciudad por los difuntos, Teresa responde: "Hermana, de que eso sea, pensaré lo que he de hacer; ahora déjeme dormir".

No valían supersticiones con esta mujer singular que lamentaba, mientras escribía algunos años después de aquel episodio el capítulo correspondiente en el Libro de las Fundaciones, todavía no haber acabado de "allanar" la casa de Salamanca.

Ciertamente, muchas vueltas darían las madres hasta acabar en su actual comunidad junto al Tormes en Cabrerizos. En una historia que no es sino el reflejo de que en Salamanca, por motivos que quizá se nos escapan, cuesta mucho más lo que en otros lugares es fácil. Ahora aplíquenlo a cualquier faceta de la vida, cofrade o no, y verán que las cosas no han cambiado tanto.

Eso sí, dejó escrito Teresa de Jesús que "importa mucho una muy grande y determinada determinación de no parar hasta llegar al fin, venga lo que viniere, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera se hunda el mundo".

Sí, son tiempos recios. Feliz año jubilar teresiano.


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