miércoles, 22 de noviembre de 2017

Algo falla

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Xuasús González

Niños de la Hermandad de Jesús Despojado, en su procesión vespertina del Domingo de Ramos | Foto: Pablo de la Peña

A mediados del pasado mes de mayo dábamos cuenta en este mismo rincón cofrade virtual del malestar que se palpaba entre los cofrades de esta comunidad autónoma tras la aprobación del, entonces, borrador del calendario escolar para el curso 2017/2018. La cuestión es que en él se establecía que Lunes, Martes y Miércoles Santo serían días lectivos, y que el periodo vacacional tendría lugar en la semana de Pascua.

Apenas unos días más tarde era aprobado definitivamente el calendario manteniendo las previsiones iniciales, desoyendo las voces en contra –quizá tampoco demasiado vehementes, dicho sea de paso– de las juntas de Semana Santa de Castilla y León. Y, mal que bien, del mundo cofrade en general, al menos en las barras de los bares…

Y, ahora, en pleno curso, seguimos enredando con el mismo asunto…Y es que, a pesar de la decisión de la Junta de Castilla y León, se dejaba abierta la posibilidad para que los centros escolares que así lo decidieran pudieran cambiar el periodo vacacional y hacerlo coincidir con la Semana Santa.

Tan solo nueve –¡nueve!– centros de toda Castilla y León –siete de Zamora y dos de León– solicitaron el cambio de fechas, aunque a dos de ellos les fuera denegado por compartir servicios con otros que no pidieron modificar sus vacaciones.

En esta comunidad se cuentan ocho Semanas Santas declaradas de Interés Turístico Internacional (Zamora, Valladolid, León, Salamanca, Palencia, Ávila, Medina de Rioseco y Medina del Campo), tres de Interés Turístico Nacional (Burgos, Astorga y Ponferrada) y ocho de Interés Turístico Regional (Segovia, Soria, Sahagún, Aranda de Duero, Ágreda, El Burgo de Osma, Peñafiel y Tordesillas). Es decir, diecinueve localidades de Castilla y León tienen algún tipo de distinción turística para su Semana Santa; y eso, si no se nos ha quedado alguna en el tintero, que la concesión de este tipo de declaraciones se ha desmadrado en los últimos años y ya pierde uno hasta la cuenta…

Pero, más allá del número, lo que es innegable es la importancia que, en general, tiene la celebración pasional –con declaración o sin ella– en la comunidad autónoma. Y no solo a nivel turístico, sino también religioso, cultural, económico, social…; que resulta evidente no por un título, sino por la implicación de los ciudadanos –cofrades, y no cofrades– y de las instituciones.

También es evidente que, si se quiere potenciar la Semana Santa, los estudiantes han de poder "vivirla" plenamente, sin preocuparse por sus obligaciones del día a día. Pues, aunque las procesiones no coincidan con las clases, sí que pueden solaparse con actividades extraescolares; e, incluso, aunque no fuera así, la "vida cofrade" se vería sin duda mermada.

Y si eso no lo ha querido ver la Junta de Castilla y León –o, cuando menos, no le ha parecido lo suficientemente importante para conjugarlo con los criterios educativos, cosa que no parece tan difícil–, sí que parecía lógico que lo hubieran considerado las comunidades educativas. Al fin y al cabo, de ellas forman parte a través de sus diferentes estamentos –padres, profesores, alumnos…– personas de lo más heterogéneo. Y ha quedado claro que tampoco ha sido el caso.

Por tanto, se mire como se mire, algo falla… El arraigo de la Semana Santa y la amenaza de no poder vivirla al cien por cien, que tanto parecía preocupar, ha quedado en un más que discreto segundo plano.

Y eso que, para muchos, sigue siendo prioritario para la buena marcha de la Semana Santa –compatibilizar el calendario escolar con el cofrade– es lo que tenemos que hacer ver a la sociedad. Cueste lo que cueste. Y, en eso, tenemos mucho trabajo por delante...


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