miércoles, 6 de diciembre de 2017

La Navidad civil y la popular, puntos de partida

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Tomás González Blázquez

Primer domingo de Adviento en la Catedral Vieja de Salamanca | Fotografía: Óscar García

Conversaba con cierto acaloramiento, hace más de un año, durante la comida de clausura de la Asamblea Diocesana. Mi interlocutora no comprendía por qué la Misa de la Virgen de la Vega aparecía en el programa de fiestas de la ciudad ni por qué el alcalde hacía la ofrenda a la patrona. Ni comprendía ni lo aceptaba. Por el contrario, yo lamentaba el escaso espacio destinado a la eucaristía catedralicia en el folleto, consignada como un acto festivo más, y el poco aprovechamiento pastoral de las oportunidades que brindan las fiestas patronales, las de la ciudad y las de cada pueblo. No nos pusimos de acuerdo. En muchos cristianos pesa como una losa el prejuicio ideológico, y su recelo incluye cualquier vínculo con lo institucional o lo político… siempre que esté relacionado con algo que les suene a anticuado, como puede ser la devoción por una imagen, el patrocinio de una población o de una corporación profesional, un culto solemne en la Catedral con incienso y casullas bordadas, un alcalde sentado en el primer banco de la iglesia, o una banda militar interpretando el himno nacional a la salida de una procesión. Las cofradías, durante años, han ido en el lote, y en muchos casos siguen yendo.

Lo institucional y lo político, lo civil para entendernos, ha querido ser separado de lo social. Es como su versión oficialista y apegada al poder temporal, del que la Iglesia, sostienen, debe huir como de un nublado. Lo popular y lo tradicional, tan social también, tan imperfecto pero tan auténtico, tan temporal y a la vez tan espiritual, no se ha librado de un aspecto de nubarrón amenazante a los ojos de muchos hermanos y de no pocos sacerdotes y obispos. Deseos como el de "purificarlo", aspiraciones como la de "encauzarlo", propósitos como el de "controlarlo" y estrategias para "desterrarlo" no han faltado. Quizá hoy ya imperan perspectivas más pastorales: la acogida, la integración, la formación, la profundización. Ante esto, no se olvide que lo popular y lo tradicional se ha ido entrelazando en la vida social y ha abarcado a las instituciones temporales. ¿Se ha mundanizado? Seguro que algo sí. Pero también ha inculturado el Evangelio, ha logrado que la fe fluyera y siga fluyendo por las venas de los asuntos cotidianos y algo los habrá irrigado y los sigue impregnando. Con todas las contradicciones y debilidades que no se pueden ignorar.

Un caso concreto se vive cada diciembre. “Felices fiestas”, cumplimentan algunos por la vía laica. “Feliz y Santa Navidad”, especifican los más confesionales. Del Niño Jesús en el balcón, si las rojigualdas le hacen hueco este año, a los escaparates nórdicos a base de renos y trineos. De la bendición de la mesa a la discusión familiar. De la Misa del Gallo y para casa a las copas en todas las discotecas. Y del “resuenen con alegría los cánticos de mi tierra” a una balada en inglés que comprometa mucho menos con el hecho transformador y ya prácticamente contracultural sucedido en Belén de Judá. ¿Acaso podría salir algo bueno de allí? Las navidades conviven en la Navidad y la navidad cristiana no puede permitirse abandonar las otras navidades a su suerte. ¿Por qué no partir de ellas para acompañarlas en el camino del reencuentro consigo mismas? ¿O acaso es deseable perpetuar la contraculturalidad del Evangelio? No puede ser nunca nuestro objetivo. Será contracultural en la medida en que vivirlo con la mayor fidelidad lo sea, pero no a causa de aparcar “el esfuerzo por llenar de espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que uno vive”, y sin olvidar que esta tarea “hasta tal punto es deber de los seglares que nunca la pueden ejercer convenientemente otros” (cf. Apostolicam actuositatem n. 13).

Partamos pues de la Navidad civil y de la popular. De los nacimientos admirables, que aún resisten a la laicidad estacional de los copos de nieve, para poner rostro al misterio que todavía asombra. Y de los villancicos capaces de poner a Dios en los labios de los que nunca pronuncian su Nombre. Y de la cabalgata de Reyes a la que le falta una carroza con el Niño Jesús, y ya estamos tardando en remediar esa insólita ausencia. Partamos del formalismo de la postal para lanzar el mensaje. De la inclinación a ser dizque "solidarios" para hablar directamente de la denostada Caridad, Amor de Dios, y obrar en consecuencia, aunque a menudo nos parezca que no estemos siendo más que un Plácido conduciendo un motocarro con su estrella a cuestas camino de otro calvario. Seamos capaces de saltar de los telemaratones que duran una tarde a las carreras de fondo que se alargan toda la vida. Vayamos de esta Navidad puntual, instantánea y pasajera, repetitiva pero fugaz, a la Navidad perdurable, siempre novedosa y nunca suficiente. El camino que lleva a Belén baja hasta el valle que la nieve cubrió con tantas navidades superpuestas. Sepamos ver en ellas el punto de partida también en este Adviento de 2017, cuando la Humildad de Jesús nos señala la ruta hacia su pesebre-cruz-altar.


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