miércoles, 10 de enero de 2018

Del alma, las monjas y el misterio

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Andrés Alén



10 de enero de 2018

Hay una teoría, o quizás sea un invento de algún yo que me antecedió, de esos que se diluyen en el tiempo, que proclama que cuando la última monja de clausura desaparezca, el cosmos se volatilizará, que es como decir: se irá por donde ha venido y no podremos ni cerrar la puerta ni poner el letrero de vuelvo en cinco minutos, porque todo habrá concluido.

No es como para considerarla muy científica, pero si fuera dogma, estaríamos allí en la frontera entre el misterio y lo irracional, parafraseando al apologeta Tertuliano (del siglo II, ahora hay otros tertulianos, apologetas o getas sin prefijo mitológico-divino, que son otra cosa…o no) cuando fundamenta su fe: "prorsus est credibile, quia ineptum est", se cree precisamente porque es absurdo.

En fin, que volviendo a la dulce teoría o el invento de las monjas que en su claustro sostienen el universo, me parece suficientemente respetable como para acabar con materialistas o socializadoras teorías modernas que dudan de la utilidad de la contemplativa vida rezadora y adoratriz de estas mujeres preciosas.

Y prologado el tema, quiero ahora hablar de una gran pérdida para el patrimonio inmaterial de esta ciudad universal, la joya de su guía espiritual. Desde 1952, cubren toda mi vida, las Reverendas Madres Esclavas del Santísimo y de la Inmaculada, postradas ante ellos en el cofre-capilla de la Vera Cruz, que adorando al Corpus Christi, pan nuestro de cada día, ha sido su blanco y cotidiano sol, convertido en el imprescindible alimento de sus vidas.

Para mí, en medio del ajetreo del día, su velocidad, su ruido, cruzar la puerta de la Vera Cruz, siempre fue como atravesar una puerta del tiempo que ineludiblemente me trasportaba a otro lugar, siempre anterior como el claustro primero, siempre silencioso y quieto, y siempre era Él y eran ellas, toda esa quietud que emanaba su inmaculada blancura, el aire sereno de su oficio Y cuando el zumbido del silencio en mis oídos se confundía con mis pobres rezos, aparecía la música callada, la soledad sonora del Cántico, como el sencillo y místico milagro del anhelo, allí, a mi alcance.

Es fácil ver a esa monja quieta como al alma contemplando al Amado, la sonrisa y el gozo, y recrease en la cadencia sigilosa que arrastra el verso de San Juan, otra Vera-Cruz y la verdad del poema. No encontraré lugar más idóneo donde se pare el tiempo, donde se limpie el aire, donde encontrar sentido al sentimiento. Temo que con esta gran pérdida de hermosura, la ciudad seguirá la pendiente del patrimonio material y turisteo, que traspasaré, me da miedo ese vacío, la puerta de esa ermita como quien penetra en un joyero sin la joya principal de su tesoro, que cambiaré el profundo pozo de agua viva, (que hace revivir), por un bello y recargado museo, repleto me meritorias obras que la gubia arrancó al ciprés, al peral, al pino, y recubrió con sofisticadas policromías, estofados, pan de oro, con filigranas imposibles de platería, camafeos, marfiles, carey, bordados al realce, y me refugiaré en los vidrios retinas que asemejan miradas de la dolorosa, de la inmaculada por tratar de compensar otro modo de contemplación inabarcable. Temo que algún día el fuego torne en cenizas todo ese exceso, cuando ya no hay fuego, que el tiempo deteriore todas esas superficies del arte y aún sus cicatrices, cuando desaparezcan esos instantes de eternidad que allí vivimos. Que el silencio se haga ruido, bullicio de desfiles, chirrido de artefactos, que todo al fin sea la imagen imperfecta de lo que fue latido, horas pulsadas de blanco escalofrío, cuando por alguna rendija de esa puerta se nos escape el alma.


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