viernes, 12 de enero de 2018

El laberinto 'noventayochista'

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Antonio Santos

José Gutiérrez Solana

12 de enero de 2018

Salamanca asistirá en la Semana Santa de 2018, Deo volente, a la primera salida penitencial de dos nuevas imágenes procesionales: el Cristo de la Humildad, obra de Fernando Mayoral, y María Santísima de la Caridad y el Consuelo, de Francisco Romero Zafra. Resulta llamativa la feliz coincidencia en el calendario, pues podremos ver en el intervalo de unas pocas horas las dos formas de representar la Pasión que levantan debates tan acalorados como estériles en nuestra ciudad porque contrastan en lo plástico. El irresoluble falso dilema de lo castellano y lo andaluz.

Paradójicamente, estas dos estéticas procesionales se originan a la vez durante el periodo conocido como la Restauración (1874-1931). Las seis décadas del periodo fueron testigos de movimientos intelectuales y artísticos modestos tales como el historicismo y el regionalismo nacionalista, pero, sin duda alguna, el movimiento intelectual clave de la época fue la obra de la Generación del 98. En su meritorio afán por redefinir y renovar España para superar aquella crisis, acuñaron varios tópicos, unos certeros, otros no tanto, que han pervivido y se han desarrollado al compás del último siglo y cuarto. Es entonces cuando se asienta la idea tópica de que lo castellano es austero aunque las obras de arte del plateresco y barroco lo nieguen tozudamente y también que todo lo andaluz es folclórico, alegre y hasta frívolo cuando durante siglos se ha mantenido viva la llama de la fe a través de la penitencia.

Durante la Restauración, la inmensa mayoría de las cofradías y hermandades en España estaban buscando salir de su propia crisis, una crisis sufrida a lo largo del siglo XIX y que las había reducido a la mínima expresión tras el fin del Antiguo Régimen, la imposición de medidas liberales como las exclaustraciones, desamortizaciones, el abandono de los gremios y el nacimiento de la sociedad industrial. Como todos sabemos, muchas de ellas ya no desfilaban, y si lo hacían, era sin hábito y en traje de calle y de sus pasos antiguos sacaban solo las efigies principales. La Vera Cruz de Salamanca o Valladolid vivieron esta situación. Muchas otras desaparecieron y otras intentaron sobrevivir mediante fusiones con cofradías más potentes y con las entonces pujantes cofradías sacramentales. Entonces no había discusiones estéticas sobre las cofradías. Se seguía lo que marcaba la Iglesia, con reverencia, y con formas similares, dentro de las posibilidades de cada lugar, en todo el país.

De aquella crisis se salió gracias al turismo. Un turismo que viajaba en los entonces nuevos ferrocarriles de vapor y que permitía unas novedosas peregrinaciones de los pueblos a las ciudades y de las ciudades pequeñas a las ciudades grandes a ver las procesiones. Así fueron fotografiados en Zamora por Quintas o Gullón. Esta afluencia de público que revigorizó las procesiones españolas, movió a las autoridades civiles a tomar cartas en el asunto. Se crearon entonces las primeras juntas de Semana Santa, se financiaron nuevos pasos, se incorporaron túnicas con capirote y capa, trompeteros y caballos enjaezados, sonaron las primeras saetas (el flamenco también se crea en este periodo), se contrataron bandas de música que hasta entonces nunca habían participado, se decoran los pasos con flores… y renació la fiesta con los elementos hoy reconocibles por todos. Aquí es donde empieza el laberinto noventayochista, del que aún no hemos salido. Con el mencionado concurso de las autoridades políticas, se politiza la Semana Santa a través no de la filiación partidista, sino de la exaltación del localismo y del regionalismo historicista: una suerte de recuperación del pasado, vistosa y atractiva, con tintes locales que buscan diferenciarse del vecino, pero de escasa veracidad histórica.

La periferia del país, más poblada, urbana e industrializada miró a los modelos urbanos barrocos tanto de Levante como de Andalucía, fueran autóctonos o no, perpetuando el merecidísimo esplendor de la Semana Santa hispalense y generando semana santas de un lujo desconocido en Tarragona, Murcia, Cartagena, Málaga o Bilbao. Mientras, en el centro, las dos Castillas, Aragón, norte de Extremadura y Madrid las cofradías prefirieron beber del renovador espíritu austero que promovían precisamente los pensadores y escritores noventayochistas (casi todos de la periferia), que redescubrían y se enamoraban de una Castilla rural y empobrecida, pero que había sido durante el periodo renacentista y barroco tanto o más rica y urbana que el resto de la Península. Si en Málaga o Cartagena se reinventa un barroco que dormía olvidado y se llega a tener los tronos más grandes que existen, en Valladolid, Palencia o Medina del Campo se impuso una Semana Santa ruralizante contradiciendo abiertamente el esplendor apoteósico de sus grandes grupos escultóricos urbanos y sus barrocas iglesias penitenciales.

Salamanca siempre fue tibia en esta dualidad y sus cofradías, congregaciones y hermandades no miran en un primer momento a la invitación ruralizante. Si observamos la Semana Santa fotografiada por los Gombau desde 1898, vemos unas procesiones, si bien modestas, totalmente urbanas, con imágenes de mucha devoción portadas en andas doradas y plateadas de inspiración barroca o plateresca, alumbradas por cofrades vistiendo vistosas túnicas de terciopelo y mujeres con velo y con mantilla. Todo muy acorde a la ciudad culta y orgullosa de su historia que era Salamanca.

Durante el auge del periodo del Nacionalcatolicismo (1939-1975) se ahonda en estos principios cultivados desde la Restauración y se potencian con toda la energía del estado. El Concilio Vaticano II y sus recomendaciones tienen especial eco en las hermandades del centro, y se producen fundaciones de estética no solo rural, sino medieval, prescindiendo del sustrato barroco. Es entonces cuando la dualidad entre lo castellano y lo andaluz se acentúa a ojos de cofrades y espectadores, y al mismo tiempo, toma la delantera la cultura de lo andaluz como estandarte de lo español. Valga como muestra la devoción a la Virgen de la Esperanza, extendida por todo el país. De este modo las formas del neobarroco de inspiración sevillana alcanzaron poco a poco a la práctica totalidad de las hermandades, de un modo más o menos intenso. Un ejemplo perfecto es Zamora: en 1950 bendice la imagen de la Virgen de la Esperanza, con sus elementos urbanos y sureños, mientras que en 1955 sale por primera vez la procesión de las Capas Pardas, canon de la Semana Santa austera.

En un largo devenir en el siglo XX, cuya explicación excede con mucho el propósito de estas líneas, se fue resquebrajando el modelo acuñado durante la Restauración. Aún no hemos superado este modelo, que sigue aferrado al turismo. Actualmente estamos ante una celebración supuestamente definida por unas líneas estéticas locales e identitarias, pero que en realidad contiene siempre y en todo lugar elementos que identificamos como ajenos: una paradoja apasionante.

Vuelvo mis ojos al Cristo de Mayoral y a la Virgen de Zafra. Casi diría que no podrían ser más distintos. Y en realidad son las imágenes que mejor nos muestran la evolución de las formas de nuestra fe popular, la de la calle. Reconforta saber que aunque todos estamos dentro del mismo laberinto, no hay buenos ni malos, acertados ni errados. Estas imágenes van a mover a la devoción de los cofrades de sus jovencísimas hermandades y, ojalá, a quienes las puedan contemplar. Y eso es lo que verdaderamente importa.


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