martes, 13 de febrero de 2018

Cuaresmario cofradizador de cofradías

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Tomás González Blázquez

Cuaresmera de Andrés Alén para el Museo del Comercio, que la distribuye como obsequio para revivir esta tradición

14 de febrero de 2018 

Miércoles de Ceniza, contigo empezó todo

El día de Reyes se anunció la fecha en la misa, tras el Evangelio, al dar noticia de las fiestas movibles que, brotando del centro pascual, salpican el año litúrgico. Los cofrades ya la habían mirado en cuanto cayó en sus manos, quizá meses atrás, el primer calendario de 2018. O incluso en uno de esos avisadores, un punto obsesivos, en forma de cuenta atrás hacia el Domingo de Ramos: quedan ya… cuarenta días. ¿Conseguiremos que, por fin, en esta Cuaresma, Santa víspera de la Santa Semana, nuestras cofradías se "cofradicen" más y mejor?

Primera semana: el desierto

Si Jesús, antes de lanzarse a la palestra pública, a su misión de dar testimonio del Padre y anunciar el Reino, escogió el desierto, el silencio, la discreción, no podemos decir que las hermandades le imitemos mucho cada Cuaresma. La agenda de actividades es de todo menos desértica; en tal caso, repetitiva y excesiva. No discuto que muchos actos cuentan con el respaldo del público, a la vez que lamento que bastantes de los cultos cuaresmales de nuestras cofradías no aglutinan al número de fieles que desearíamos, pero nos falta desierto. ¿No rompería los esquemas de muchos cofrades que su hermandad les propusiera este año un tiempo de retiro en silencio y oración más cuidada? ¿O que les sugiriera algún tipo de itinerario más personal a seguir durante las cinco semanas? Nos falta desierto y nos sobra ruido, prisa, adrenalina, locura…

Segunda semana: la penitencia

Cofradía penitencial. Marcha penitencial. Acto penitencial. Hábito penitencial. Cruz de penitente. Y más. Pero a la penitencia cofradiera le falta penitencia sacramental. En los programas oficiales de las hermandades no sale (habrá alguna excepción) y en la lista de tareas de cada hermano, junto al pago de la cuota o el planchado de la túnica, tampoco. El sacramento del perdón, a través de celebraciones comunitarias o de la peregrinación particular al confesionario, daría otro aire a la Cuaresma del cofrade. Muchos de ellos hace años que no lo disfrutan, aparcado probablemente  por recelos y desconocimientos. ¿No haría un gran regalo la cofradía a sus hermanos si levanta esos temores, rompe una especie de tabú y despierta el ansia de la reconciliación? Penitencia directa y de primera mano para que la otra, la secundaria, sea verdadero complemento y no suplantación insuficiente.

Tercera semana: el encuentro

Si bien un pequeño grupo sostiene la llamada vida de hermandad durante todo el año, y unos cuantos nazarenos aparecen media hora antes de la salida de la procesión y se esfuman sin que el último paso haya entrado, el cofrade medio se deja ver a lo largo de la Cuaresma, un par de veces quizá, algún ensayo de carga, alguna asamblea, alguna misa suelta… Abrazos de reencuentro. Caras nuevas, que siempre aparecen. Gente a la que se echa de menos, porque dejó de venir. Cofrades volcados de repente a los que casi nadie conoce. Cofrades que estuvieron dedicados a pleno rendimiento y de los que nunca más se supo. Cada Cuaresma, el encuentro y el desencuentro. Las filias y las fobias, las  trayectorias fugaces en una hermandad (a veces duran meses), los personalismos que hacen de las diferencias entre personas un constante peligro para instituciones débiles ante este riesgo. ¿No habría manera de que la Cuaresma, esta Cuaresma, tendiera con más solidez los puentes que una y otra vez se vienen abajo? Capellanes y juntas directivas están llamados a emprender la tarea con firme propósito, pues la caridad hacia fuera será más efectiva y coherente cuando dentro se viva algo parecido a la fraternidad.

Cuarta semana: el camino

Que la Cuaresma es un camino hacia la Pascua, que la procesión es reflejo del camino de la fe, que la vida en sí es un camino, y que Jesús mismo es el Camino, son afirmaciones que, no por reiteradas, dejan de servir. Vivir este camino para que el Camino viva con fuerza en nosotros ya es otro cantar. Pero valdría escoger el camino procesional para ensayar un intento. Sacarlo de la rutina tradicional, del rito anual, de la mera costumbre, para hacer de cada procesión un hito en la vida de fe de la persona que desfila con su cirio, su cruz y su circunstancia que sólo ella conoce. Bien está que los coordinadores, los hermanos de paso, o los músicos, organicen con esmero lo que a ellos compete, pero se echa de menos que al cofrade, sea cual sea su puesto en el cortejo, se le inste a prepararse personalmente para salir a la calle en compañía de todos los demás. ¿No ayudaría una orientación para la oración, una formación básica sobre el sentido de procesionar, en vez de confiarlo todo a una inercia que, más que conservar el anonimato del cofrade, provoca que este no sea llamado por su nombre en su propia cofradía?

Quinta semana: la Pascua

La Cuaresma acaba y, si no nos hemos agotado, hastiado o empachado, afrontaremos la Semana Santa. La procesión, claro, pero… ¿y el Triduo Pascual?, ¿y las celebraciones litúrgicas?, ¿y la noche santa de la Resurrección? En muchos programas de cofradías o no aparecen o no se subrayan, lo que refleja su carácter secundario respecto al desfile. Lo que nos distingue desplaza a lo que nos es propio por naturaleza, y así nos debilitamos. Una Semana Santa no puede terminar el Sábado de Pasión, el Domingo de Ramos, el Lunes, el Martes o el Miércoles. Una procesión de Jueves no puede dejarnos sin Misa de la Cena. Una del Viernes no ha de privarnos de los Oficios de la Pasión y Muerte. Una del Sábado no debe anteponerse a la Vigilia Pascual. Y el Domingo de Resurrección parece evidente que debiera intentarse armonizar el anuncio procesional de la Victoria de Cristo con la celebración eucarística, sin ir más lejos del lugar del Encuentro en la propia Catedral. ¿Acaso es imposible vivir la Pascua acompasando liturgia y procesiones? ¡Solo los cofrades gozamos de esta inmensa gracia! Y cada semana, la Pascua otra vez en el domingo, sin el que no podemos vivir.

Los cofradizadores que las cofradicen, fructuosos cofradizadores serán.


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