lunes, 12 de febrero de 2018

Entorno de la Vera Cruz – En torno a la Vera Cruz

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José Fernando Santos Barrueco

Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada en la capilla de la Vera Cruz | Fotografía: J. F. Santos Barrueco

12 de febrero de 2018

Me resulta difícil escribir sobre este asunto después de los artículos de opinión ya aparecidos en distintos medios, especialmente los de don Fructuoso Mangas (Salamanca RTV al Día, 20.01.18) y en este mismo medio de Andrés Alén, el 10.01.18, en los que se hacen eco, el primero, de unas reflexiones sobre las situaciones que hayan podido desembocar en la marcha de las religiosas, y el segundo, de la pérdida espiritual que la misma supone para la ciudad.

Don Fructuoso aduce razones reales derivadas de las crisis económica y de vocaciones, que han ocasionado la pérdida de la actividad que daba sustento económico a las religiosas y la falta de savia nueva, que impide a la orden mantener abiertos todos los conventos. En el caso del de la Vera Cruz habría que añadir sus difíciles condiciones de habitabilidad, que se hacen más duras con la edad y el escaso número de religiosas. Apunta también las tensiones que se derivan de la utilización de la capilla. Resulta obvio que la cofradía, propietaria de la misma, necesita espacios y requiere de la utilización de la capilla en Semana Santa, para proceder al montaje, disposición y salida de "los pasos", como viene haciendo desde la construcción de la ermita, algo más de 300 años. Ello choca con la clausura y normas de la orden y el reducido espacio de la capilla no da para satisfacer todas las necesidades. Seguro que esto ha venido ocurriendo desde que las religiosas recalaron en el convento hace unos 66 años. Pero en las condiciones más difíciles es cuando más falta hace la mano izquierda y la tolerancia, para interpretar unos acuerdos en los que tengan cabida los derechos de propiedad y los de uso.

A título personal, me duele la pérdida de la capilla de la Vera Cruz "con sus monjas". Vine al mundo poco antes de su llegada y estudié en el desaparecido colegio Ateneo Salmantino en la calle Sorias, unido a un pequeño inmueble adosado a la ermita. La única acera, frente al paredón del convento de las Úrsulas, que ha cambiado en ese espacio urbano desde la misma ermita a la plaza de la Cruz Verdadera, que ha recuperado el nombre después de varios años llamándose de la Cruz Verde por aquello de borrar de la toponimia urbana todo lo religioso y/o políticamente incorrecto. En ese remanso de quietud formado por la calles Úrsulas, Sorias y Juan Domínguez Berrueta (qué entrañable su Guía Sentimental de la ciudad), con el campo de San Francisco, la pequeña capilla de la Vera Cruz suponía un oasis de paz en el transcurrir de la vida cotidiana. Cruzar sus puertas, abiertas todos los días en un amplísimo horario, te adentraba en un reducido espacio de silencio, en el que uno podía sentir que el tiempo se detiene para escuchar al alma y adentrarse en el Misterio. Todo invitaba al sosiego: la decoración churrigueresca, las imágenes de la cofradía y el espacio delimitado por una celosía y una gran verja y reservado a la clausura, en el que estaba expuesto el Santísimo. Ese espacio tenía algo de místico con las religiosas adorando al Amado, cubiertas con un blanco inmaculado (amplio velo, hábito y zapatillas), que inspiró a Antonio Colinas el poema La dama blanca ("Una mujer arrodillada alza / sus ojos allá arriba, donde está / en la custodia el círculo del círculo, / el infinito centro de lo blanco.  Ella, la dama blanca, prueba, / envuelta en manso fuego no visible, / a cerrar las heridas del mundo sin mover / los labios, en quietud").

Cuántas veces entré en la capilla en el ir y venir del colegio a casa; y cuántas veces vi a mi madre entrar "a hacer una visita" al Santísimo y a la Dolorosa cuando tenía que realizar la compra en los pequeños comercios del entorno de la plaza de la Fuente, o llevar a remendar los zapatos al taller de los inolvidables hermanos Curto en la calle de Arriba. Para mí, ya no puede ser lo mismo.

Pero dicho esto, me apena que se haya extendido el mensaje de que la cofradía ha echado a las religiosas, como le oí a una amiga el otro día. Dicho así me parece un poco duro y hasta injusto. Hay que aceptar que el paso del tiempo y las crisis económica y de vocaciones han provocado la concatenación de unos hechos que llevaron a la difícil situación de las religiosas, sin que nadie sea culpable. Hasta podría asumirse que su presencia en la ermita tendría los días contados y estaba llamada a desaparecer, más pronto que tarde, como ocurrió con las MM. Adoratrices situadas en ese mismo entorno, enfrente de la Vera Cruz, o con muchos de los ambientes que inspiraron a Domínguez Berrueta la citada Guía sentimental, y como segura y lamentablemente sucederá con otras comunidades religiosas. Y hasta también podría entenderse que en esta situación "de vacas flacas", la falta de entendimiento se haga más patente y sea más difícil encontrar encaje a las razones que las partes puedan argumentar en defensa de sus legítimos derechos. Es fácil que puedan surgir "envites", que aunque no lleguen a "órdagos", sean las gotas que pueden colmar un vaso a punto de desbordar. Otra cosa muy distinta sería la forma en la que esta situación debiera haberse abordado y gestionado y es aquí donde pueden haberse dado los hechos (más personales que colectivos) que lleven a aquella impresión. Las monjas se han ido por la puerta de atrás, sin un homenaje más que merecido, anunciado, digno y ceremonioso. El desenlace final induce a pensar en un desacuerdo en el que se han visto abocadas a marcharse, para que la cofradía hiciera uso de su propiedad de una manera más acorde con sus necesidades, más materiales que espirituales.

No tiene sentido hacer conjeturas sobre la ¿posible? solución a los desacuerdos y haber esperado hasta que su marcha hubiera sido más natural. Ni siquiera sabremos si hubiera sido lo mejor para cada una de las partes. Habrá para todos los gustos. Como apunta don Fructuoso, "que Dios las bendiga allá donde cada una vaya", y que la cofradía acierte en el uso del inmueble y en la utilización de la capilla, aunque para algunos ya nada será igual en ese recoleto entorno urbano.


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