martes, 8 de mayo de 2018

Magdalena, ¿por qué me has abandonado?

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Paco Gómez

El cartel de la Paloma Pájaro para la TCP junto a dos escenas de la obra teatral La Pasión de Cristo (una cosa pirandelliana) interpretada en la Muestra de Artes Escénicas de la Universidad. A la izquierda, poética forma de explicar lo que separaba a Jesús y Magdalena. A la derecha, momento en el que el autor (personaje) decide cambiar el relato y bajar de la cruz a Jesús

09 de mayo de 2018

"¿Tu vida acaso fue, como la nuestra, sueño?"
(El Cristo de Velázquez, Miguel de Unamuno)

Aunque en los últimos tiempos se ha ido extendiendo la celebración –recuperada en algunos casos y en otros de nueva introducción– de pasiones vivientes a lo largo y ancho de nuestro entorno, lo cierto es que estas escenificaciones, ceñidas al texto evangélico y con el referente iconográfico de algunas versiones cinematográficas, quedan absolutamente reservadas para la Semana Santa. Por eso, encontrarse recientemente con una propuesta teatral basada en la pasión de Jesús en un marco cultural como la Muestra de Artes Escénicas de la Universidad de Salamanca supuso una sorprendente rareza que no me resisto a reflejar abusando, una vez más, de la generosidad de esta tribuna.

Bien pensado, el asunto tiene mucho trasfondo. Encontrar, casi tres semanas después de la Semana Santa, un patio de butacas lleno, en su mayoría de jóvenes universitarios, para asistir a una representación en torno a la muerte de Jesús, no deja de demostrar el carácter cautivador que, fuera de tópicos y prejuicios, sigue teniendo esta figura única para personas de todas las edades y formación.

Pero es que, además, no se trataba de una escenificación sin más de los relatos canónicos de la pasión y muerte, sino una absoluta vuelta de tuerca metafísica y metaliteraria del asunto, conducida con audacia por el profesor Mattia Bianchi, de la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca, al frente del grupo Piccoli Borghesi, integrado mayoritariamente por alumnos de este centro.

La Pasión de Cristo (una cosa pirandelliana) es el título de una obra, escrita por el propio Bianchi, que remueve en varios momentos al espectador de la butaca. Del estupor al (premeditado) escándalo en torno a un asunto efectivamente tan pirandelliano como la relación entre el autor y sus personajes.

Una obra que, sin enjuiciar aspectos técnicos de la puesta en escena, tiene como gran virtud dejar sobrevolando sobre la platea un sinfín de preguntas y reflexiones ante un drama que, pensamos, conocemos de sobra y sobre el que quizá no hayamos reflexionado del todo. O no desde todas sus perspectivas.

El argumento nos cuenta precisamente la relación entre un autor teatral que debe crear una obra sobre la pasión de Cristo para un exigente director que echa por tierra su primer libreto y le da una única noche de plazo para presentar el nuevo. Este autor-personaje se embarca en una frenética creación en la que se van enumerando los episodios ya conocidos del Evangelio, con alguna ruptura interesante, hasta llegar a dos situaciones críticas: la perturbadora presencia del Diablo y la irrupción de María Magdalena.

Vemos a Jesús ser tentado repetidamente por el Diablo y salir indemne, pero lo vemos en cambio zozobrar ante esa figura femenina cuya relación con el Maestro resulta inevitablemente abierta a interpretaciones y fabulaciones sobre las que, entre otras cosas, se ha basado gran parte del best-seller system reciente y que siempre genera controversia. Recuerdo en este sentido los ríos de tinta corridos cuando la Tertulia Cofrade Pasión presentó hace unos años el sensacional cartel de Paloma Pájaro centrado en la figura de María de Magdala.

Aunque no sabemos exactamente qué es "real" en la escena y qué fruto del sueño del atormentado autor-personaje, se nos acumulan preguntas de todo tiempo: ¿tenía realmente Jesús libertad para decir no a su destino escrito de pasión redentora por la humanidad? ¿Dudó? Si era hombre a todos los efectos, ¿sintió de alguna forma todos los sentimientos propios del ser humano? ¿Incluye esa posibilidad el amor romántico? ¿Lo suficiente para sentir en la cruz el humano miedo, la absoluta soledad y derrota y hasta llegar a gritar: Magdalena, por qué me has abandonado?

Aunque Jesús fue "engendrado y no creado", ¿puede considerarse en cierta medida también un personaje de Dios? Y aunque sea "de la misma naturaleza del Padre", ¿nunca sintió compasión, duda, por la feroz forma de expiar los pecados de la humanidad reservada para el Hijo?

Preguntas que pese a que se envuelven en la obra como una "cosa pirandelliana" nos recuerdan ese conmovedor capítulo XXI de Niebla en el que Augusto Pérez va a pedir cuentas a Miguel de Unamuno, quien sentencia: "No hay Dios que valga. ¡Te morirás!". A lo que el pobre personaje responde: "... ahora que usted quiere matarme quiero yo vivir, vivir, vivir...".

En fin, interrogantes con las que el autor-autor (Bianchi) nos apuñala en las tripas abordando la compleja cuestión de la muerte de Dios que ha marcado el pensamiento posmoderno, en este caso para llevar a su autor-personaje a intentar como sea parar el drama inhumano de la muerte en la cruz.

A partir de ahí, las respuestas son de cada uno. Me permito solo llamar la atención con esta reseña sobre el error de arrinconar ciertas reflexiones únicamente para unas fechas marcadas en el calendario y, sobre todo, la conveniencia de vivir haciéndose preguntas para comprender mejor la inmensidad del sacrificio de Jesús que alienta la Semana Santa y el mundo cofrade. Lo otro, quedarse en la madera, el incienso o el esparto es, al fin y al cabo, tanto como quedarse en el latín ignoto de las divinas palabras.


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