miércoles, 10 de octubre de 2018

La corona de espinas de Willy Toledo

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Paco Gómez

A la izquierda, cartel "Pasión en Salamanca 2011" de Ángel Luis Iglesias. A la derecha, montaje del Cristo Despojado de Jaén que conllevó para su autor una multa por un delito contra los sentimientos religiosos en febrero de este año

10 de octubre de 2018

"No podrá decirles a todos ellos 
que los ama en silencio"
(Juan Carlos Olivas, Romería)

Acaba de publicarse El año de la necesidad, el poemario con el que el costarricense Juan Carlos Olivas ha ganado el Premio Internacional Pilar Fernández Labrador. Versos escritos con el alma desgarrada en un contexto difícil y seguramente distinto al nuestro en lo material, quizá no tanto en lo nuclear, y que hoy me sirven de puente con el mundo cofrade para empezar el curso.

Dice Olivas en ese poema, Romería, que "para un hombre que lleva su casa a cuestas/es difícil caminar". Les propongo un ejercicio de imaginación: cambiar la "casa" de ese verso por "odio". Y a partir de ahí, supongan. Cómo de difícil debe ser caminar para un hombre que va siempre con su odio a cuestas.

Sin ir más allá, ese hombre, o mujer, podría ser quien le acaba de hacer correr gratuitamente al no respetar un paso de cebra; quien se las ingenia para no compartir con usted el viaje del ascensor. Quien parece que lleva una nube sobre la cabeza, siempre dispuesto a amargarnos el día. Ese hombre. Podría llamarse Paco, Juan, Pepe… o Guillermo.

Supongamos que se llama Guillermo, aunque sus amigos lo llamen Willy. Supongamos que le guste diseminar sus "verdades" sin parar en barras. Supongamos que no respete ni lo más sagrado. Lo más sagrado para usted, claro.

Ahí está un poco el lío de todo esto. Vivir en sociedad es aspirar a la concordia y al respeto mutuo como ideal de civilización pero también, cómo no, asumir que haya quien no piense igual.

Aunque nuestra legislación recoge la figura del delito contra los sentimientos religiosos, considero que esta prevención debe usarse con  mucho cuidado. Básicamente, reservada de manera muy restrictiva, para acciones. Ataques de hechos.

Es verdad que la palabra es poderosa y en ocasiones hiriente como un puñetazo, pero la palabra tiene que ser, por definición, libre. Y eso implica, en primer lugar, aceptar a quien no está de acuerdo con nosotros. Es un pilar básico de la democracia al que además, desde la perspectiva evangélica, habría que añadir no solo la aceptación, sino la misericordia.

En los últimos tiempos, bien los sabemos, hay una cierta moda de ridiculizar lo religioso. Menospreciarlo. Denostarlo. Y no hay más remedio que aprender a convivir con ello. Ni siquiera hablaría de resignación. Simplemente son cosas que pasan y que no deben ir más allá, porque al fin y al cabo es bastante sencillo discernir una crítica más o menos hiriente pero que pueda tener un poso de cierta reflexión, de aquellos otros dichos, actos, gracias, expresiones que buscan simplemente escandalizar mediante un camino al alcance, por lo demás, de cualquier mediocre.

No seré yo quien a estas alturas venga a cuestionar tal o cual decisión judicial, solo muestro mi reserva sobre las acciones legales que se emprenden desde colectivos que remarcan su condición de cristianos contra estos episodios que a mi juicio no deberían suscitar más que la indiferencia.

La judicialización del caso de Daniel Serrano por su mofa del Cristo Despojado de Jaén no hizo otra cosa que multiplicar el daño (el famoso efecto Barbra Streisand) y generar una distorsión del mundo cofrade en muchas tribunas mediáticas. Lo mismo podemos decir del conflicto judicial por las bravuconadas de nuestro amigo Guillermo.

No alcanzo a ver beneficios y sí cuantifico muchos daños al intentar poner puertas a un campo donde para mí, obviamente, como periodista, la libertad de expresión debe ser respetada de manera escrupulosa y primordial.

Lo contrario es, por otra parte, hacer un universo cada vez más estrecho, en el que incluso aportaciones valiosas podrían quedarse fuera. Pienso, por ejemplo, en el cartel de Ángel Luis Iglesias para la Tertulia Cofrade Pasión en la Semana Santa de 2011. En él el propio autor se presenta como un ecce homo de mirada franca. A pesar de sus valores formales y simbólicos, también alguien podría haberse sentido ofendido desde la más recia ortodoxia…

Hubiera sido una pena perder ese cartel. Como son una pena esas vidas que eligen libremente el odio. Pero si incluso a esas personas también Él las ama en silencio, ¿no deberíamos hacer lo mismo?


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