jueves, 29 de noviembre de 2018

En favor de don Carlos, mi obispo

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Félix Torres

El obispo Carlos López abraza a uno de sus colaboradores al frente de la diócesis de Salamanca | Foto: Óscar García

30 de noviembre de 2018

Si bien es cierto que no siempre fue así (no hay más que acercarse a los clásicos y su cultura), en nuestra sociedad, atentar de cualquier manera contra los niños es algo que, aparte de aberrante, se ve penado por cuantas leyes se hayan conformado. Así y todo, cuando salta una noticia relacionada con este tema (de forma similar a cuanto ocurre con la violencia sexual o racista), todos optamos por formarnos una opinión seguros de actuar con el conocimiento que nos otorga el sentido común, aunque frecuentemente sea sesgadamente precipitada y sin recurrir a cuanto fondo pudiera tener el tema concreto.

Maestros, entrenadores deportivos, monitores de tiempo libre, médicos, abogados, mecánicos, oficinistas, dependientes de comercio… aparecen relacionados con redes de abuso, pornografía, pedofilia o pederastia con mayor o menor frecuencia. Y sacerdotes también, por supuesto. Sin embargo, la respuesta social incide sobre los individuos, sobre cada individuo, en todos y cada uno de los casos que se hacen públicos, excepto en el de los religiosos, que casi siempre provocará reacción de rechazo hacia el colectivo, hacia la Iglesia en su conjunto, de forma integral. ¿Por qué no ocurre así si el pederasta pertenece a cualquier profesión, tiene una ideología política o pertenece a una asociación filarmónica? La respuesta es compleja incluso aunque las estadísticas nos confirmen que el porcentaje de pederastia en sacerdotes y religiosos sea menor que el que se da entre los de otras profesiones. Lo que es claro es que siempre se coloca a la Iglesia en pleno en el ojo del huracán. Incluso aunque todos sepamos que, afortunadamente, la actitud actual es de "tolerancia cero" y que el mismo Papa Francisco haya dicho que "nunca será suficiente" lo que se haga para llegar a reparar el daño sufrido por las víctimas de pederastia en la Iglesia.

Si nos fijamos en lo que, por desgracia, nos toca más de cerca –en nuestra provincia o ciudad–, vemos que las actitudes varían poco y que cada uno, desde su púlpito particular, puede hacer sangre gratuitamente. Pero, además, en estos casos cercanos, se puede poner cara y nombre al objeto de nuestras iras. Podemos atacar inmisericordemente al que ocupa la Sede diocesana sabiendo que su nombre es Carlos. No hace falta nada más. No hay por qué contrastar, ni ser objetivo. Solo disparar incluso desde la más absoluta ignorancia. ¡Qué más da!

Llegado a este punto, no quiero ni debo entrar a valorar las noticias que nos hicieron sobresaltar apenas hace un mes, pues ya han sido "juzgadas", y "juzgados" sus protagonistas, con amplia suficiencia y de forma "más o menos" contrastada por los tribunales populares. Yo ahora, lo que sí quiero es seguir confiando en mi obispo (del que sé que se llama Carlos) a pesar de que muchos lo hayan puesto en la picota por el mero hecho de estar al frente de esta diócesis. Lo que sí quiero es saber que mi obispo asume los propósitos de la Iglesia Católica en cuanto hay relacionado con los abusos a menores, y así me lo ha hecho saber en su comunicado, manifestando una clara voluntad de que ningún delito de este tipo cometido por un sacerdote quede oculto. Lo que sé, porque así lo he escuchado, es que mi obispo no ha intentado siquiera sobornar o convencer a nadie sino ofrecer ayuda. Lo que sí sé es que el consejo presbiteral de mi diócesis ha pedido perdón públicamente por los casos de abusos sexuales en esta provincia. Lo que sí veo es que, sin negar en ningún momento la dureza de los hechos y el dolor que han causado, el argumento principal pasa a ser secundario pues lo que interesa es atacar a la Iglesia desde cualquier frente.

Y, en todo esto, finalmente, he echado de menos un paso al frente de nuestras cofradías, Iglesia todas al fin y al cabo, para arropar, al menos en intención, a quien se ha visto en el ojo del huracán por el mero hecho de ser pastor.

Y me duele ver cómo algunos que se dicen cofrades, miembros de esta Iglesia incluso a su pesar, han despotricado públicamente amparados en anónimos alias, significativos en sí mismos, contra mi obispo y la propia Iglesia, en lugar de aceptar que quienes están al frente de la diócesis reciben con dolor no solo una realidad aceptada y combatida, sino también los improperios de quienes, por el hecho de ser cofrades, deberían saberse y comportarse como parte del cuerpo eclesial.

Porque la Iglesia y sus miembros también destacan, aunque sea menos noticiable, por su indiscutible labor educativa y asistencial en todos y cada uno de los estratos sociales en los que haya un necesitado. Enfermos, marginados, ancianos, desahuciados, analfabetos, excluidos,… reciben atención de una Iglesia formada por personas. Personas comprometidas que se dan sin pedir nada a cambio. Por eso no es admisible que unas cuantas ovejas negras o algunas manzanas podridas sean quienes formen el primer plano en la fotografía de la Iglesia tapando cuanto de bueno hay en el retrato, ni que quienes se vanaglorian de su condición cofrade sean quienes arrojen las primeras piedras creyéndose libres de pecado.


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