miércoles, 21 de noviembre de 2018

No da lo mismo

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F. Javier Blázquez

Nuestra Señora de la Soledad, titular de la hermandad homónima de Salamanca | Fotografía: Roberto Haro

21 de noviembre de 2018

La reflexión surgió, el pasado 27 de octubre, a partir de las palabras de Rafael Ruibérriz de Torres en el marco del encuentro de hermandades y cofradías de Nuestra Señora de la Soledad, que este año tuvo lugar en Salamanca. Ruibérriz es ahora el presidente de la Fraternidad Nacional de Hermandades de la Soledad; años atrás dirigió, como hermano mayor, la Soledad de San Lorenzo de Sevilla.

Lo de menos fue qué dijo; ante todo llamó la atención el bagaje implícito al trasfondo de esta intervención, breve y directa, sustanciosa en todos los aspectos. Ateniéndose escrupulosamente a lo establecido para un mero saludo protocolario y poco más, quedó claro el sentido de pertenencia a la Iglesia, la finalidad que justifica la existencia de las hermandades de Semana Santa y qué se espera, en el mundo actual, de los cofrades. El aplomo y la autoridad con los que se expresó pusieron el resto. ¡Chapeau!

Intervenciones análogas hemos tenido la oportunidad de escucharlas, gracias a Dios, en más ocasiones, casi siempre en boca de dirigentes de las hermandades sevillanas y, en menor medida, en casos aislados de otras ciudades. La respuesta al porqué de esta coincidencia no es complicada: en Sevilla, en una hermandad no llega cualquiera a ocupar el cargo de máxima responsabilidad. Luego, la persona elegida podrá salir buena o mala, gestionar mejor o peor, pero en principio posee las cualidades que el común de los hermanos cofrades entiende como mínimamente exigibles: clase, categoría, formación… Porque el dirigente, además de gestionar, también representa, y para representar se requiere prestancia. Y esto no es elitismo, Dios nos libre siquiera de insinuarlo, que las cualidades mencionadas nada tienen que ver con el dinero o los títulos universitarios.

No da lo mismo, no. No todos valen. Y por estas tierras nuestras qué poco se cuida este aspecto. A veces hasta tiene uno la sensación de que vamos a peor. Y no solo en Salamanca, que basta echar un vistazo a la mítica y vecina Semana Santa zamorana para descubrir también que la degradación del dirigente cofrade cotiza al alza. Naturalmente hay excepciones, cómo no, pero la realidad es que el dirigente tipo de las hermandades, por estos y otros pagos, deja mucho que desear en los aspectos referidos. Y no podemos olvidar que el presidente, hermano mayor, abad o como quiera denominarse al preboste de una cofradía, no solo representa a su corporación, es también imagen de la Iglesia. Y esto es lo más importante, porque el cargo le habilita para actuar en su nombre. 

Cuando se actúa en nombre de la Iglesia, representando a una hermandad, se requieren unas cualidades mínimas. No es pedir mucho. Y si no las hay, que mayoritariamente no las hay, necesariamente hay que promoverlas, porque si para todo en la vida hace falta preparación, faltaría más que para dirigir una cofradía se pasara por alto este aspecto. No nos dejemos arrastrar por la demagógica universalización a la baja de los derechos que, en sectores como el de la política, está trayendo consecuencias perniciosas para la sociedad. Si queremos mejorar nuestras cofradías este aspecto es prioritario.


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