lunes, 29 de abril de 2019

Políticos y lluvias

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J. M. Ferreira Cunquero

La sombra de un penitente de la Hermandad del Silencio se proyecta sobre el asfalto | Foto: JMFC

29 de abril de 2019

A mí, esto de que los políticos aparezcan y desaparezcan de la Semana Santa como el Guadiana, me pone de los nervios. Más cuando en plena campaña electoral, surgen los fantasmas del tinglado que cocinan los garbanzos del terruño. Y es que suele ponerme a cocer la mala leche, ese tipo de político postizo, pastoso y plomizo que, sin dejarse ver jamás en un pregón, de repente, porque hay que sacar votamen estira el cuello como una jirafa huyendo del traje.

Que no auspicie san Baltasar de las Bellotas el mal pensamiento que alguien pueda albergar, creyendo que mis letras tratan de poner en la diana al nuevo alcalde. Para nada me metería con el primer edil, que hereda lo que ya es costumbre desde hace años en los alcaldes que visitan templos y suelen saludar cofrades. Apoyos que no vienen mal ante el culebril desmadre anticlerical que sufrimos, y menos cuando estos alcaldes que vamos teniendo sueltan generosamente el pastamen necesario para esa mesa común que ha de disponer para todos la Junta de Semana Santa.

Quien se dé por aludido, pues eso, que se aluda, sabiendo que fue comentario general, antes y después del gran pregón de nuestro Abraham Coco.

Otra cosa es la lluvia que aparece a capricho del soplo natural que la vierte, para tocar a destiempo las narices cofrades.

Dándole la vuelta a esta contrariedad que han sufrido algunas cofradías, podemos argumentar rescatando de los gloriosos tiempos del pasado, el milagreo, para argumentar que las imágenes que no pisaron en hombros la calle hicieron posible que llegase el agua como una bendición celeste. Un agua que, por ser tan necesaria para el campo y la vida, llegó gracias a las figuras de la Pasión, que supieron elegir lo que era mejor para todos.

Pero también es verdad que quienes vuelcan los cántaros celestes podrían ser más certeros y oportunos a la hora de repartir desde el cielo la solana.

El caso es que la lluvia es una de las asignaturas que muchas veces suspendemos, cuando ponemos a la intemperie imágenes de incalculable valor, sin caer en la cuenta que son parte de la heredad que debe permanecer intacta para quienes han de recibirla cuando nosotros andemos desbrozando en otros lugares el silencio.

Mucho más se agrava este problema cuando la imagen que se expone al cincel caprichoso de la lluvia es propiedad de la parroquia que nos cobija. En este tema tan controvertido, la Iglesia debería salvaguardar nuestras tallas de forma radical y sin contemplaciones. Con amenaza de lluvia no debe recaer en los hermanos mayores o juntas directivas tan importante responsabilidad. Creo que los capellanes o los párrocos, deberían ser los que acotasen ese riesgo, que no puede estar en manos de quienes, por presiones o sentimientos cofrades mal entendidos, pueden tomar, fruto de agobiantes ligerezas, nefastas decisiones. Las obras de arte deben ser cuidadas y protegidas por los que son los verdaderos responsables de las mismas, que no pueden ser otros que, quienes representando a la Iglesia, ostentan un poder de decisión que se sitúa por encima del interés de cualquier hermandad cofradiera.

Escuchar esos razonamientos de sacrificios y vivencias personales rociados con extremas valentías, para justificar salidas con riesgo de lluvia a la calle, es una temeridad que no debe ser permitida bajo ningún concepto. Incluso siendo la imagen propiedad de quienes disfrutan permitiéndose estos perniciosos lujos, podríamos argumentar que las obras de arte religiosas dejan de ser pertenencia de las cofradías cuando generan esa atracción popular que, en parte, es uno de los elementos que fortalecen el sentido de nuestras procesiones. Aunque como es lógico, la propiedad permite cualquier licencia que se tome, por mucho que se argumente la contrariedad de la misma.

Y termino aclarando que nada tienen que ver estas reflexiones con el hecho devocional que produce ese colapso emocional profundo, cuando suspendida cualquier procesión aparecen esas lágrimas que brotan de la fuente más interna del sentimiento.


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