miércoles, 3 de abril de 2019

Tres rostros de madre en la otra orilla

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Tomás González Blázquez

Obra pictórica de Jesús López para la iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Dolores

03 de abril de 2019

Cuando la Cuaresma declina y se dispone a entrar en su recta final parece como si para culminar la subida a Jerusalén hiciese falta tomar el camino de María, surcar su itinerario íntimo y silencioso, en un segundo plano y a distancia. Algunos de los cultos cuaresmales más tardíos de nuestras hermandades, y también de los más asentados históricamente, están dedicados a la Santísima Virgen y a la contemplación de sus dolores. Como cada jueves de la cuarta semana, la Vera Cruz verá comenzar un novenario a la Virgen de los Dolores que desembocará en la procesión popular del viernes de la quinta semana. En esa precisa jornada concluirá el quinario de Nuestra Señora de las Angustias en San Pablo, en las mismas vísperas del besamanos con que en la Catedral se rubrica el triduo en honor de Nuestra Señora de la Soledad.

No por casualidad, desde 2004, recuperando una tradición perdida, en Salamanca abrimos la puerta de la Semana Santa para que salga María: "El ejercicio de piedad del Vía Matris se armoniza bien con algunos temas propios del itinerario cuaresmal. Como el dolor de la Virgen tiene su causa en el rechazo que Cristo ha sufrido por parte de los hombres, el Vía Matris remite constante y necesariamente al misterio de Cristo, siervo sufriente del Señor, rechazado por su propio pueblo. Y remite también al misterio de la Iglesia: las estaciones del Vía Matris son etapas del camino de fe y dolor en el que la Virgen ha precedido a la Iglesia y que esta deberá recorrer hasta el final de los tiempos" (Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, n. 137).

La meditación de los Dolores de María que proponen las hermandades, cada año en la calle y cada día en los altares de sus templos, impacta indudablemente en el sentir de los fieles, y esto ha llegado a reflejarse en el templo de nuestra ciudad puesto bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Impulsada una renovación estética del mismo por sus actuales rectores y comunidad parroquial, la iglesia atendida por los padres reparadores luce desde el pasado 15 de septiembre una nueva efigie de su titular, imagen de vestir realizada por Luis Sergio Torres. Fue entronizada sobre una peana en la que se representa a Cristo Yacente, obra pictórica de Jesús López Martín. Este "séptimo dolor" ha sido completado por los otros seis, del mismo autor, en cuadros que flanquean la escena principal. A un lado, los tres dolores de la Infancia; al otro, los de la Pasión, y en ellos, tres rostros de María inspirados en imágenes procesionales de la Semana Santa.

El cuarto dolor, el encuentro de Jesús y su Madre en la calle de la Amargura, reúne a un Despojado con la cruz a cuestas en abrazo con María de la Caridad y el Consuelo. El quinto, la muerte de Cristo en la Cruz, adelanta la aparición de La Piedad y nos la muestra de pie, recibiendo a Juan como hijo y con él a todos nosotros. El sexto, con el Señor descendido, nos hace fijarnos en la Virgen de los Dolores, que con su mano se aferra a las siete espadas que no vemos porque ya le han atravesado el alma. Ataviadas las tres coherentemente de negro, fuera de su contexto tradicional pero perfectamente encajadas en el relato, y dispuestas en el altar mayor de una modesta iglesia de barrio, Caridad y Consuelo, La Piedad y La Dolorosa invitan a la oración y también convocan a la expresión pública y popular de la fe. Los trazos de Jesús López, presentes ya en insignias y pasos de varias cofradías, han alumbrado esta vez rostros reconocibles que evocan San Sebastián, la Catedral y la Vera Cruz desde esa otra orilla del Tormes. Rostros de dolor necesario para que la Pascua llegue y se explique. Rostros que mueven a devoción sencilla y auténtica. Rostros de madre.


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