miércoles, 1 de mayo de 2019

La Pasión, de la mano (y los ojos) de Juan

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El apóstol san Juan fue el testigo privilegiado de los principales momentos de la vida de Cristo, como vemos en esta Crucifixión pintada en 1873 por el ruso Evgraf Semenovich Sorokin
01 de mayo de 2019


Diego Ramírez Pagán y su Historia de la sagrada Passion de Nuestro Redemptor (III) 

Hemos señalado con anterioridad que la Historia de la sagrada Pasión que escribió Diego Ramírez Pagán, va de la mano, como ya anuncia su título y casi literalmente, del texto joánico. Al parecer, la duquesa de Segorbe, a quien está dedicada la obra, quiso –según hace constar el propio autor en la epístola que antecede a la obra– que "escriuiesse en estilo humilde y deuoto, la passion de nuestro Redemptor Iesu christo, sacada de la que escriuio sant Ioan como testigo de vista".

Testigo de vista, escribe el autor, y no solo mero testigo, pues pobre del testigo ciego. En esta preciosa expresión tautológica se habla de la ferocidad con la que uno ha vuelto de contemplar un suceso que le marcó de por vida. Y también se sugiere en ella el destino de profecía a la que obliga tal contemplación. Sin duda alguna, Juan es entonces el evangelista del Renacimiento, pues la contemplación –que es el acto de "mirar et pēsar dētro de si", según lo define, con el acierto que marcaría la literatura cristiana de todo un siglo, Alonso de Palencia en su Vocabulario– va a ser una característica esencial de la nueva espiritualidad instalada en la Europa del siglo XV en adelante.

En cualquier caso, la idea de san Juan "como testigo de vista" (idea extraída del propio evangelio, Jn 19,35), se trata de una repetición semántica de una fuerza y rotundidad sorprendente. Potente como un martillo que golpea dos veces: como la genealogía de Jesús que abre el evangelio de Mateo; como la apelación a las Escrituras que se ondea al inicio de Marcos; como la justificación redonda que abre el evangelio de Lucas. En los cuatro casos la autoridad para hablar –para narrar con derecho, en definitiva, lo que va a relatarse– y la identidad, entendida como el compromiso del evangelista, se funden por completo.

Es decir, frente a los cristianos que vinieron después, empezando por los tres que, como él, escribieron un evangelio, Juan creyó porque vio. Él mismo reconocería el valor de quienes creyeron sin ver: "Dichosos los que no han visto y han creído" (Jn 20,29). Pero que conste que él lo vio. "El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis". ¿Cómo no iba él a creer, por tanto, en aquello que había visto?

Siendo consciente Ramírez Pagán de este pilar fundamental del evangelio joánico, un modo concreto de confirmar su testimonio es, por parte del autor, el de incluir al evangelista como personaje en la narración de los hechos que se relatan. De este modo, exonerado de la necesidad de modestia del evangelista, son varias las ocasiones en las que Ramírez Pagán menciona por su nombre al evangelista como personaje de la Pasión: junto a Pedro, primero al ir tras Jesús arrestado y, en un segundo momento, cuando dejan pasar a Juan al atrio del Sumo Sacerdote pero Pedro se queda fuera (Jn 18,15-16).

No obstante Ramírez Pagán, a quien no duelen prendas por echar mano de los otros evangelios, como también ya ha sido señalado, cuando considera que la fuente joánica muestra algún vacío, ofrece al lector, con una delicadeza y sensibilidad extremas, una explicación de alguno de dichos huecos. Esta explicación, sin embargo, habría que decir que delata, al tiempo, una debilidad por el evangelista digna de señalar y, siquiera brevemente, comentar. En un primer momento, en la primera de tres estrofas, ya se extraña inteligentemente el autor por cómo Juan, habiendo recordado tantos detalles hasta entonces, efectivamente elude el camino hasta el Calvario y enmudece hasta llegar al Monte de la Calavera: "Llegaron a Golgotha/ donde fue crucificado,/ el como, quien lo dira,/ pues que lo calla el amado/ que a todo presente esta?".

Mas será en un segundo momento cuando, en las dos estrofas siguientes, hermeneuta pero lírico a la vez, Ramírez Pagán ofrezca al lector de un modo extraordinario su versión de esa ausencia de datos que interrumpe la narración. Décadas más tarde todavía el dolor en la memoria impedirá escribir al evangelista. La agonía del crucificado pasa al evangelista al recordar y, como si con evitarlo narrar a Cristo aliviase el dolor, prefiere ahorrar los detalles: "Dolor de agonía immensa/ vee que los clauos le dan,/ y quando escriuir lo piensa/ de pena enmudesce Ioan,/ y esta la pluma suspensa./ Y por abreuiar razones, dize como lo lleuaron/ los tribunos y sayones,/ y al fin lo crucificaron/ en medio de dos ladrones". Sin duda alguna es un buen ejemplo de la literalidad con que el autor narra la Pasión según Juan, al tiempo que vierte sobre el relato sus reflexiones o las de quienes le comentaran, siendo estudiante en Alcalá, las Escrituras.

En algunas ocasiones, entre esas estrofas en las que el autor alude y con las que resalta o confirma lo dicho por el evangelista, se suman pasajes distintos, ajenos propiamente a lo acontecido (según la narración evangélica) durante la semana de la Pasión, de la mano de excusas que parecen recoger lo que no se ha dicho antes: "Digan vno y otro Ioan/ lo que saben del Señor,/ y a su padre oydo an/ el vno sobre Tabor,/ y el otro encima el Iordan". No debe olvidarse nunca que, más allá de la forma, no es un mero narrador, sino un teólogo, quien habla en este poema.

A través de su atención al personaje de Juan como discípulo amado y, por tanto, protagonista de la Pasión, Ramírez Pagán nos permite atisbar nuevos detalles en un evangelio maravilloso que a cada nueva lectura nos sorprende con alguna certeza nueva. Su evangelio, comentado desde hace dos mil años, sigue siendo un consuelo en tanto no podamos disfrutar de esos diarios (ficticios) que, como Fructuoso, una también querría –por creyente y por amante del verbo– algún día conocer.


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