jueves, 2 de mayo de 2019

Quinientos trece años

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Tomás González Blázquez

Cruz de guía y mazas de la Cofradía de la Vera Cruz al inicio de la procesión el Domingo de Pascua | Foto: Pablo de la Peña

03 de mayo de 2019

"Fiesta Fundacional". Creo que no me equivoco al afirmar que la Vera Cruz es la única cofradía de la ciudad que contempla entre sus festividades, como uno de los cultos principales del calendario anual, la memoria de su propio nacimiento en clave de acción de gracias. En el tercer día del quinto mes del año no celebra ya la Cruz de Mayo, suprimida de la liturgia de la Iglesia aunque se conserve todavía ese poso en la piedad popular, pero en torno a esta fecha, siempre en plena Pascua, sí recuerda que un 3 de mayo, el del año de gracia de 1506, la cofradía fue formalmente instituida.

Cayó en jueves aquel año el día de la Cruz, y la predicación de un franciscano, fray Diego de Bobadilla, en el mismo monasterio de San Francisco el Real, convocó a ciento cincuenta salmantinos que se unieron en hermandad bajo el título y patrocinio del signo de la Salvación. Cinco centurias y trece años más tarde no viene mal fijarnos en esa jornada fundacional, que en cierto modo lo es de toda nuestra Semana Santa, para que la fiesta sea provechosa y fiel a su sentido.

La Cruz. ¡Qué misterio! Por muchos siglos que pasen no se agota y cada vida de cada cristiano no deja de ser un camino hacia la comprensión de la Cruz, que se vive de tantas maneras, pero solo entenderemos al llegar al destino, en la presencia de Dios. La Cruz, advocación a la que está dedicada la capilla propiedad de la cofradía, puede ser nuevamente la identidad que el templo necesita. Una iglesia de la Cruz, como tantas deliciosas ermitas que no faltan en nuestros pueblos, llamada a atraer como atrae hacia sí el Crucificado. Si la adoración eucarística ha sido el sello inconfundible de la Vera Cruz en estas últimas décadas, bendito reclamo gracias a las Esclavas del Santísimo, la oración confiada ante la Cruz podría ser la propuesta que enriquezca la actividad litúrgica y pastoral de un templo tan querido, hoy ciertamente muy limitada a los cultos estatutarios de la cofradía.

El franciscanismo. Presente en la historia de la cofradía, en su origen y en su devenir, nunca puede dejar de ser referente y estimulante. Ojalá la cruz de guía del Lunes Santo, noche de silencios elocuentes, vuelva a saludar con su "Paz y Bien", como saluda la cofradía a los de dentro y a los de fuera en sus comunicaciones. Como los escudos de las Cinco Llagas que flanquean la puerta de la Vera Cruz. Como el san Francisco que acompaña al Lignum Crucis en su caminar de la mañana de Pascua. Como esos santos varones, Pedro de Alcántara y Benito de Palermo, que se cuelan en las hornacinas de la capilla dorada y muestran ejemplo de seguimiento de Jesús a la manera pobre y sencilla de los frailes menores.

La predicación. Adaptada al 3 de mayo de 2019. Sermones del siglo XXI que han de ser testimonio creíble y coherente. Como las palabras de cercanía y acompañamiento que comparte el capellán de la cofradía, nuestro imprescindible Don Pedro, salesiano de Don Bosco y de la Vera Cruz con todos los honores azules (y tertulianos). Como las cinco procesiones, cada uno con su matiz y mensaje, que son en la calle un eco de la voz del Evangelio: el cuidado de la riqueza de los símbolos y una mayor participación de los cofrades contribuirán a que esta predicación procesional resulte más atractiva y fructífera, porque las procesiones siguen siendo hoy un medio válido, con poder de convocatoria y capacidad de reflejo de la belleza de Dios. Por último, y lo más importante, el testimonio de los miembros de la cofradía en sus ambientes familiares, profesionales, ciudadanos… Esta pregunta vale para los azules y los de todos los colores, para los que cumplen quinientos trece años y los recién fundados: ¿dicen de nosotros, los cofrades, "mirad cómo se aman"?


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