viernes, 7 de junio de 2019

¿Dónde están los jóvenes?

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P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Jóvenes mujeres de la Vera Cruz cargan la imagen de Nuestra Señora de la Alegría | Fotografía: Pablo de la Peña

07 de junio de 2019

En cofradías y hermandades. Los actos o grupos eclesiales a los que acuden más jóvenes de modo voluntario son los que organizan nuestras corporaciones. Esto es un hecho. Basta comparar la asistencia a las distintas y bienintencionadas convocatorias que se realizan desde los más variopintos sectores eclesiales con la presencia juvenil en los convocados por las cofradías para dar culto, en la calle o en la iglesia, a nuestros titulares. El poder de convocatoria de la religiosidad popular es el más alto. Ante esta realidad, siempre están los que sacan el manido argumento de que es preferible calidad a cantidad, o el de que gran parte de los que acuden tienen una fe escasa o con una formación deficiente. Los que alguna vez me hayan leído saben de sobra lo que me molesta ese paternalismo: ya podremos ponernos todo lo exquisito que queramos que la presencia de jóvenes a los pies de la imágenes de nuestros titulares seguirá siendo un signo de los tiempos querido por Dios y un desafío pastoral al que hay que buscar respuesta. Esto último es difícil. Hay toda una serie de agentes para quienes la mera pervivencia de nuestras cofradías es un desafío a su forma fallida de (des)hacer Iglesia; para quienes, además, que las hermandades sean el mayor ámbito de socialización religiosa de nuestros jóvenes supone una burla cruel después de que, revestidos de una juventud impostada, pretendieron hace décadas vendernos una falsa "renovación" que suponía el fin de nuestras corporaciones. Como es natural, todos estos seguirán sin ver a los jóvenes reales, seguirán contemplando el espejismo de un joven de hace más de cincuenta años que ya no existe más.

Por lo tanto, dejando a un lado esas visiones caducas, el primer y complicado paso es salir al encuentro del joven que existe en nuestras cofradías. Es necesario gastar tiempo y vida con ellos, compartir sus alegrías y sus penas. Solo caminando juntos a lo largo del año se pueden establecer relaciones de confianza. Lo que no es de recibo es pretender aparecer en determinados momentos o celebraciones puntuales y que nuestras palabras resulten significativas. Estar presente en un ensayo, acompañando a hermanos de carga, portadores y costaleros, participar de una comida o tomar algo en la casa de hermandad, pueden parecer actos carentes de sentido pastoral, incluso frívolos, sin embargo es ahí donde, en un plano humano, vamos construyendo comunidad y amistad.

El segundo paso es escucharlos. Podría ser terrible la actitud de aquel que, sabiendo que un viernes en la tarde noche los jóvenes están en la casa de hermandad, allá que se va con su libro debajo del brazo a intentar soltar un discurso aprendido de memoria. Debemos tener los oídos y el corazón abiertos dispuestos a acoger sus inquietudes y preocupaciones, sus esperanzas y anhelos en la vida, qué sienten durante la estación de penitencia, por qué siguen viniendo si su fe duda o, en ocasiones, está ausente por completo, en definitiva, dispuestos a abrazar su realidad.

Entonces, en tercer lugar, si los estamos acompañando y acogemos sus palabras, podremos presentarles la Palabra de Dios, y la acción de su gracia de un modo significativo para ellos. Es decir, ayudarles a crecer en el conocimiento y relación con Nuestro Señor. Como dice el Papa Francisco, Jesucristo es el siempre joven que tiene la capacidad de renovar y transformar nuestra vida. Nuestra tarea es conseguir que todos, también los jóvenes de nuestras cofradías, descubran esta maravilla. Pero no podremos hacerlo si pretendemos acercarnos a ellos con plantillas fijas creadas por nuestros prejuicios. Debemos conocerlos en su singularidad, en el camino concreto que cada uno está llamado por Dios a recorrer. Por esto debemos dejar que hablen, que nos abran sus corazones, que nos muestren de qué modo el Señor les interpela por medio de la belleza y la liturgia, por medio de los acontecimientos de sus vidas. Me encanta que los jóvenes nos sorprendan a todos con su intuición sobre la acción de Dios en medio de nosotros.

Creo que el hecho de que el Señor haya llamado a tantos jóvenes a formar parte de nuestras cofradías y hermandades es un signo para que nos pongamos manos a la obra, dejemos a un lado nuestros prejuicios y nos pongamos a caminar con ellos sin más dilación.


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