viernes, 25 de octubre de 2019

H. S. Tomé

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Andrés Alén

Fotografía de H. S. Tomé, publicada en el nº 26 de Pasión en Salamanca, que muestra al Cristo de la Fraternidad Franciscana

25 de octubre de 2019

Descendió por el camino de silencio hacia esa niebla otoñal y precoz, siempre tan fotográfica, y nos quedamos para siempre sin esa mirada suya que era su forma de sentir, que contagiaba serenidad, delicadeza y maestría mientras con la voz de su palabra se iniciaba una conversación que siempre, siempre, nos hacía mejores.

Hay personas que incitan al paseo gozoso de la reflexión, como otras soliviantan al ímpetu del alboroto. Debe ser la eterna dicotomía entre lo clásico y lo barroco. H. S. Tomé era un clásico, en obra y vida, que es como decir que una y otra están hechas para perdurar en nuestra memoria. Además, su clasicismo buscaba siempre la depuración de lo superfluo, un ferviente militante del "menos es más", que suele ser un arduo proceso contrario al "todo vale", que requiere de sabiduría, oficio y olfato para evitar quedarse en la nadería y sí llegar, como él, a la esencia y su perfume.

Me llamaba la atención que hoy, entre el numeroso batallón de fotógrafos, casi uno de cada uno, acribillando a disparos a todo lo que se mueve o permanece quieto, hubiera uno que disparara tan poco, pensando antes, como para evitar daños colaterales. Parecía que su fotografía se iba apartando de la instantánea, del documentalismo, como buscando otra calma, otra comunicación. Debo decir que H. S. Tomé fue un profundo estudioso y conocedor de la fotografía, de su historia y de su actualidad, de los pocos que se desplazaba a visitar cualquier exposición de interés, que además valoraba calidades por muy distantes que estuvieran de su canon, y gozaba de ellas. No es muy frecuente. Así que hablar de fotografía, en general de arte, con él, era siempre enriquecedor y un deleite.

Miro alguna de sus fotos y no puedo evitar pasarme desde mi ignorancia al análisis del crítico (caigo en que "crítico" e "ignorancia" se acompañan muy bien). Las fotografías de H. S.Tomé parecen contener la quietud del tiempo cuando no el tiempo mismo, lo que en él permanece. Debe de estar relacionado con la frecuencia y la velocidad de obturación; me recuerdan a los daguerrotipos que al requerir una larga exposición captaban una imagen libre de accidentes y de anécdotas, de moscas que se posan en la cara, y captaban lo que los poetas y yo solemos percibir como cierta eternidad.

La otra cualidad que sobresale en su obra es el equilibrio, nunca nada se descompensa, nada confunde, tono se aúna hacia una misma luz de continuidad que no distorsiona el claroscuro, sino que subraya texturas, limpia colores y busca la pureza de esos blancos tan característicos.

Equilibrio de obra y equilibrio de vida. Todo era sensible en su mirada. Y seguiría escribiendo sobre Tomé con mi admiración y mi torpeza, pero la archivo en mi recuerdo.

Lo que me toca en esta virtual revista de Pasión es relacionarlo con nuestra Semana Santa. Más allá de sus fotos, no era un fotosemanasantero a pie de paso, ni militó en esa legión; formó parte de del jurado anual del cartel de la Junta de Cofradías, y creo que sobre todo a él le debemos que estos años nuestra Semana Santa se haya anunciado con unos carteles peculiares, muy discutidos como todo arte no trillado por convencional, de gran calidad fotográfica, exentos de efectos añadidos, claros, que se desmarcan de una frondosa muestra de carteles semanasanteros, salvo raras excepciones, indistinguibles.

Cuando nuestra Semana Santa amenaza apuntar a un rebrote de barroquismo que a veces deriva en algarabía; cuando lo superfluo empieza a desalojar a lo esencial, como la trompetería al silencio, y el disfraz al hábito, la teatralidad a la religiosidad. Prescindir de sensibilidades y miradas como la de H. S. Tomé supone tal pérdida, que si no la queremos hacer irreparable, deberíamos tomarla como ejemplo. Una Semana Santa con estilo y verdad, equilibrada, remitiendo impurezas, ordenada, eso con lo que soñaban sus ojos antes de disparar a todo lo que se mueve o permanece quieto.


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