viernes, 15 de noviembre de 2019

Debutando bajo la luna

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Álex J. García Montero

Acto central de la procesión de la Hermandad Franciscana en el Patio Chico | Fotografía: Manuel López Martín

15 de noviembre de 2019

Cuando llegan las lunas del frío, donde la escarcha corona la tierra húmeda del otoño, en su tránsito al invierno, suele debutarse de forma anónima bajo la luz del reflejo nocturno del sol.

Recientemente se nos marchó Conrado, el "eterno maletilla" nacido en Puebla de Sanabria, y crecido entre los cercados de las dehesas ibéricas. Igual que la maquinaria (agrícola o de obras) se mide su trabajo en horas, no en kilómetros, si tuviéramos que medir la vida de Conrado, su cuadro de mandos indicaría dos círculos: las lunas y la ilusión. Incluso, también tendríamos alguna tarde de gloria entre las arboladuras de los astados caurienses en el solsticio de san Juan.

Con algunas penitenciales, pasa lo mismo. Debutan durante años, con labor callada, para asomar a las navajas del astado público, en tarde noche de luna llena de primavera.

En los últimos años tenemos diversos maletillas que se han ido consagrando (o no) en el mundo del toro cofrade.

Por un lado, debutó la Hermandad Dominicana con Nuestro Padre Jesús de la Promesa. Aunque la intención podría haber sido la de realizar una estación penitencial el Lunes Santo, al modo venteño, la cosa quedó en el recuerdo de unos humildes pero bien fundamentados cultos que, aun siendo una especie de jornadas taurinas vespertinas, supusieron, piano, piano, la recuperación de la devoción, nunca olvidada, a dicho crucificado de la sacristía de San Esteban. Sé que la anterior junta de gobierno, bueno, para ser exactos, la anterior de la anterior destituida, recibió críticas por no hacer al menos una novillada sin picadores, o una capea; pero es de justicia relatar que mejor unas jornadas taurinas bien llevadas y sin gastos, con buena participación, que capeas o paelladas populares de tres al cuarto.

También debutó el Despojado tras un sinfín de plazas (y plácet) eclesiásticas denegadas. Su debut se sostenía en dos zancos: el costal (ya usado por el Rosario dominicano) y la caridad. La caridad se presentó como Victorino y casi acabó siendo vaca frisona de establo (y de correspondiente anuncio de marca confitera suiza en albi-violeta). El costal ha supuesto una gran puesta en escena, una extraordinaria coreografía que recuerda mucho a los efectistas (más que efectivos) pases del Cordobés en los últimos tramos de faena, cuando el toro está a punto de ser estoqueado. Quizás la morcilla, en la Semana Santa salmantina, sea un sinfín de adornos muy vistosos (ensayados y ordenados) que anticipan, cual sonido de campanillas de mulillas, la muerte del cornúpeta.

Bajo la luna llena de la frialdad y la austeridad, también debutó la Franciscana Hermandad. Quizás la tercera en Salamanca, pues será por intentos franciscanos de vincular hermandades a dicha orden bermeja (Vera Cruz, Seráfica y Franciscana). Su debut fue serio, sin grandes alamares, pues recibió críticas de los que están más acostumbrados a las corralejas caribeñas del costal que a una novillada sin picadores en cualquier pueblo de la Sierra, donde el terror, el amor y el gusto por lo añejo maridan las tardes de sus fiestas. No querían puertas grandes (salvo la de San Martín), y con orden, disciplina, respeto, silencio, seriedad y buen hacer, supieron poner la cordura penitencial a su tarde noche con una imagen, a mi juicio, de mejorables hechuras, de Mayoral, que supone innovar con lo de antaño. Porque la auténtica innovación en el toreo actual es cuando alguien mata corridas duras. La cornada de la verdad siempre anda más cerca de la femoral del clasicismo que del estribo metálico del martillo.

El próximo año, debutarán penitenciales que siempre aspiraron a glorias, con nombres que rememoran a las esquelas de marquesados y títulos varios de hidalgos venidos segundones, y que en su origen estuvieron vinculadas a hermandades moribundas, donde el negro del luto está, cada vez más, ennegreciendo el blanco de la esperanza, sin piedad, con mala muerte y escasa pasión. El zaíno que se ha impuesto sobre una penitencial, con futuro más negro que el escroto de un grillo, podría ser un virus trinitario que se extienda sobre, a falta de una, dos hermandades y cuarto, de faja y costal. Ya veremos si sobra costal y falta cabeza, si falta costal y sobra cabeza o si, como mucho me temo, falta cabeza, costal y solideo y, sobre todo, tonsura.

Mientras, seguiremos firmando contratos y rompiendo con apoderados, con la gran mentira del toreo: "de mutuo acuerdo" o aquello tan manido de "manera amistosa". Porque como decía Aristóteles, "nihil est in intelecto quin prius fuerit in sensu" (nada hay en el entendimiento, que antes no haya pasado por los sentidos). Pues aquí, de entendimiento, cada vez menos; de sentidos, mucho (costal, faja, bandas, agrupaciones, inciensos, antorchas, hábitos…). Finalmente, de fe, nada. Nada hay en las cofradías que antes no haya pasado por la fe. Y si solo queremos corralejas y capeas, pues las tendremos. Porque sin tentaderos, solo habrá mataderos. Y los puntilleros, seremos los propios cofrades. Al tiempo, tiempo. Tranquilos, siempre hay algo peor para el uro salvaje ibérico que el desolladero: el establo. Alguno estará contento con seguir ordeñando ubres.


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