martes, 12 de noviembre de 2019

La plaza imposible de callar

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Paco Gómez

Un grupo de charros precede a la Esperanza a su paso por la Plaza Mayor el Viernes Santo | Fotografía: Pablo de la Peña

13 de noviembre de 2019

"A la desierta plaza
conduce un laberinto de callejas"
(Antonio Machado) 

Desde que el 29 de abril de 1755 se conseguía al fin cerrar la conflictiva fachada, que aún habría que andar rematándose casi un siglo después, la Plaza Mayor pasó a cumplir perfectamente con su cometido de ser el gran cuarto de estar de los salmantinos. El salón recibidor. La habitación para las visitas. La ventana por la que, a falta de tele y móvil con internet, echar un vistazo al mundo y sus novedades. 

La Plaza Mayor también se iba a incorporar decididamente a la Semana Santa de la ciudad. Pronto los itinerarios fueron convergiendo hacia ella en recorridos que al fin y al cabo garabateaban con su andar la callejas de lo que hoy llamamos centro histórico. Aunque sería a partir de la eclosión de mediados del siglo XX cuando la Plaza Mayor pasó a convertirse en un elemento esencial de la Semana Santa. De hecho, se puede considerar que devino en cierta medida en paso obligatorio. 

Y todavía un poco más, porque también fue acaparando la realización de algunos de los actos litúrgicos asociados a la Semana, como el propio Descendimiento, por no hablar del Encuentro, que aprovechó durante décadas sus condiciones de gran proscenio para celebrar el misterio de la Resurrección.

Eran, en fin, todos aquellos, otros tiempos. Tiempos en los que las celebraciones de Semana Santa se vivían de otra forma y, en gran medida, por otro tipo de público. Fue la Hermandad Universitaria, como es sabido, una de las primeras en tomar la decisión de obviar el paso por la Plaza Mayor, al constatar que la convivencia de otros usos del espacio y el recogimiento propio de sus cofrades era poco menos que imposible.

Se abrió así un interesante debate más o menos explícito en el seno de la Semana Santa. Las procesiones que consideran el ágora barroca ya un recorrido de otras épocas y las que entienden que sigue teniendo su porqué el paso por este bello salón porticado.

La última en decantarse en un sentido u otro ha sido la Seráfica Hermandad de Nazarenos del Cristo de la Agonía que, en pleno proceso de reestructuración tras su mudanza de sede con el nuevo tiempo del convento de las Úrsulas, ha aprobado un cambio de recorrido que por primera vez dejará fuera a la Plaza Mayor.

Otras hermandades, como el Despojado analizan las opciones después de la primera experiencia de tránsito junto al pabellón de los Descubridores en la Semana Santa de 2019. Y es cierto que otras procesiones, al menos hoy, nos parecen impensables sin la Plaza Mayor: Jesús Amigo de los Niños, Nuestra Señora de la Soledad o el Resucitado.

En todo caso, es un debate cada vez más recurrente ante la coexistencia en la ciudad de muchas sensibilidades en torno al patrimonio, el turismo y la propia Semana Santa. Parece lógico que ante las nuevas circunstancias sociales y con unas pocas excepciones, cada vez más hermandades decidan prescindir de una plaza hermosa a más no poder pero también ruidosamente transitada. Una plaza imposible de callar frente a la que se dibujan otras alternativas más recoletas y simbólicas.

Pero al fin y al cabo cada procesión tiene su sentido y su público. Y Salamanca puede presumir tanto de un laberinto de callejas incomparables como de contar con una plaza que, con Semana Santa o sin ella, raramente quedará desierta. 


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