jueves, 26 de diciembre de 2019

Dalmáticas, tunicelas, tabardos

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P. José Anido Rodríguez, O. de M.

Cuerpo de acólitos de María Santísima de la Caridad y el Consuelo revestidos con dalmáticas | Foto: Hdad. Jesús Despojado

27 de diciembre de 2019

"Partimos de un hecho obvio: la dalmática es la vestimenta litúrgica propia del diácono y en su día del subdiácono, ministerio hoy desaparecido. Por lo tanto, tan solo estos, conforme a derecho, pueden vestir la citada prenda, no valiendo subterfugios como que las órdenes menores del laicado como son el acólito y el lector son equivalentes al anterior subdiácono y, por lo tanto, pueden vestirla".
Pedro Martín, "Estética cofrade (y III)", 26/XII/2016

Seguimos con la reflexión sobre cuestiones disputadas acerca de determinados elementos de nuestras procesiones. En este caso lanzamos una mirada a una vestidura polémica, las dalmáticas utilizadas por el cuerpo de acólitos. No hay duda: la dalmática es propia del diácono (y del obispo por debajo de la casulla, por cierto). Por lo tanto, el uso de esta prenda por los acólitos no ordenados en cofradías y hermandades es un abuso. Ergo, no debería utilizarse. Estas afirmaciones que son evidentes, sin embargo, no solucionan el problema de su uso por parte de tantas corporaciones en tantas diócesis. Como bien dice Pedro Marín, una intervención de la autoridad sería de agradecer. Aunque qué duda cabe que habría de resultar polémica.

Al profundizar, sin embargo, podemos ver que el problema gana capas de complejidad: ¿qué sucedería si lo que estamos utilizando no son dalmáticas, sino tunicelas? Una prenda casi idéntica a las dalmáticas, en teoría, solo en teoría, más sencilla. Esta es la vestidura propia de los subdiáconos (y de los acólitos en determinadas ocasiones solemnes desde la Edad Media). En principio, dado que no tenemos subdiáconos ni acólitos instituidos, estaríamos ante la misma situación, ¿verdad? Yo pienso que no por dos motivos: el primero es que nos encontramos ya fuera del ámbito del sacramento del Orden, con lo que la gravedad de su uso es mucho menor. El segundo es más de fondo: san Pablo VI establece los ministerios laicales en 1972 y abole para la forma ordinaria del rito romano las órdenes menores y el subdiaconado. Este último queda fuera de las órdenes mayores y sus funciones son asumidas por el acólito (incluso llega a decir que este puede ser llamado "subdiácono"). Podríamos, por lo tanto, discutir si estos pueden o no utilizar la tunicela (aunque su vestidura propia es el alba). Sin embargo, la mayor parte de nuestros cuerpos de acólitos lo forman hombres y mujeres que no están instituidos como tales. Aquí reside parte del quid de la cuestión: ¿pueden desempeñar las funciones, pero no vestirse como ellos? ¿Toleramos un abuso por necesidad, y nos parece intolerable el otro? No tengo clara la respuesta (sí tengo, por contra, una idea sobre lo que me parece reservar los ministerios laicales solo a los futuros clérigos).

Hay otro aspecto más a considerar: el uso práctico de las "dalmáticas". Estas son vestidas en las estaciones de penitencia por cruciferarios, ceroferarios, turiferarios y turíferos, etcétera. En general se utilizan para revestir a los acólitos y otorgarles una mayor dignidad aparente. Sin embargo, existe una cierta incoherencia en su utilización: si no se duda en emplearlas en los cultos externos, en los cultos internos, en las eucaristías, están ausentes por completo. Además, hay una tendencia a utilizarlas no pensando en el color litúrgico del día, sino en los colores de la cofradía, de la imagen a la que acompañan, o, incluso, al sentido que se le quiere dar a una determinada procesión. Si bien en su mayor parte son dalmáticas antiguas, esta tendencia apuntada se ve acrecentada en las de nueva confección. Me temo que la práctica ha transformado las dalmáticas no ya en tunicela, sino en tabardos. En esa prenda con sentido heráldico que sirve para identificar una determinada casa noble o corporación y que portan determinados funcionarios, como los maceros de las Cortes. Si esto es así, y deberíamos reflexionar si lo es, quizás la ubicación de estos tabardos no sea la mejor dentro del cuerpo de acólitos. Es probable que debamos situarlos en otra ubicación, con otro sentido.

Entonces, después de estas consideraciones, ¿qué hacemos con las "dalmáticas"? ¿Son tunicelas? ¿Son tabardos? No tengo una respuesta clara a esto. Creo, eso sí, que deberíamos dar dos pasos: el primero, dejar de llamarlas de ese modo. La denominación de tunicela o, llegado el caso, tabardo es más ajustada a su uso y función. Y menos polémica. El segundo, en necesario diálogo con la autoridad eclesiástica, definir su uso y significado. Si son tunicelas para el servicio de los acólitos deberán regirse por las normas litúrgicas y, además, no debería haber excesivo problema para su utilización también en los cultos internos de las hermandades. Si, por el contrario, son tabardos, sería conveniente reflexionar cuál es el lugar más adecuado para los mismos en el cortejo procesional, quizás no como vestidura del cuerpo de acólitos. Una vez más el problema central es la necesidad de evitar el uso de elementos estéticos al margen del discurso que se pretende articular en la procesión. Es preciso que todas las vestiduras empleadas, las insignias, la decoración de los pasos... tengan una función y un sentido. El uso de "dalmáticas" es problemático por todo lo expuesto, pero considero que no es necesario prescindir sin más de esta vestidura, bastaría con una reflexión sobre su función y una racionalización en su utilización.

P.D.: ¡Feliz Navidad! Todo el poder de Dios se concentra en las débiles manos de un recién nacido, toda su sabiduría en su sonrisa. En su pequeñez nos ha salvado. Que con su ayuda nosotros nos hagamos también nosotros pequeños al servicio de nuestros hermanos. Pidámosle al Niño Dios que, con la ayuda de su Santísima Madre, el año 2020 venga cargado de bendición y gracia.


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