domingo, 1 de diciembre de 2019

Del espectáculo a la (super)vivencia

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Roberto Haro

Jesús Resucitado, de la Cofradía de la Vera Cruz | Foto: Roberto Haro

02 de diciembre de 2019

Con la llegada del fin de año natural en el calendario gregoriano se van acabando prácticamente las vacaciones cofradieras de las distintas hermandades, periodo que comenzaron hace ya muchos meses, pasado el lunes de Pascua. Y es que con el comienzo del año se vislumbra, en dos suspiros, la llegada de la cuaresma y Semana Santa, cuando por cualquier iglesia, capilla, auditorio o teatro proliferarán diferentes actos, cultos y, finalmente, procesiones con fines, a veces, más que dudosos desde la fe en el mensaje de Jesús de Nazaret.

Si vuelvo el recuerdo al pasado me vienen a la memoria historias lejanas, leídas en escritos de nuestros antepasados, que nos transmitían sentimientos de una Semana Santa anterior, practicada como auténtica "manifestación de la piedad popular". Y haciendo similitud de aquellos textos con los tiempos de hoy en día, la comparación parece que sale malparada. Cada año que pasa parece que va quedando, simplemente, en una manifestación singular para restregar entre los propios hermanos y cofrades, además de ser fotografiada, retratada y, a veces, sin querer, vilipendiada de forma pública.

Si abrimos la Biblia en el libro del Éxodo, capítulo 20, en el decálogo de los mandamientos con los que Dios habló al pueblo podemos leer: "No te harás escultura ni imagen alguna, ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra... No te postrarás ante ellas ni les darás culto".

Hay que tener en cuenta que las imágenes sagradas –sí, esas que vemos referidas con el grandilocuente adjetivo de "Amantísimas Imágenes" en rimbombantes anuncios y cartas a los hermanos– no son veneradas por ellas mismas, sino por representar a Cristo, la Virgen María y los santos.

Las imágenes son precisamente eso, imágenes. No son necesarias ni siquiera en las procesiones. Son creaciones histórico-culturales como medio de enseñanza o transmisión propia de la religión, pero no son el fin de la cofradía ni el mensaje inicial que nos dejó Jesucristo. Unas imágenes que pudiendo ser elemento vehicular para la enseñanza se convierten en elementos fundamentales de los jóvenes que aspiran a no sé qué dentro en las cofradías.

Me pregunto cuál es el motivo por el que esos jóvenes, y no tan jóvenes, de nuestro entorno tienen como único y exclusivo nexo de conexión con las cofradías y la Iglesia el agruparse alrededor de una imagen. ¿Nos quedamos solo en eso? ¿Qué hay en el fondo de esta expresión cultural o modal tan nuestra?

Debemos tener en cuenta que las hermandades, romerías, peregrinaciones o devociones populares, todo ofrecido y reconocido por la Iglesia, nos invitan a cada uno de nosotros a vivir nuestra fe partiendo del hecho de que Cristo está presente en ellas por sí mismo.

Para evitar caer en superficialidades y entender el verdadero significado de las cofradías y las imágenes hay que tomar en serio la educación y formación cristiana de nuestros jóvenes, evitando las luchas de ego, mirando al otro por encima del hombro por ostentar cualquier cargo, participar y dejar participar en la cofradía a pesar de tener ideas contrapuestas. Esa educación y formación consiste en tomar en serio y reconocer la tradición, la historia, la cultura, el carisma de donde nacemos, vivimos y compartimos nuestra vida cultural y cultual, porque de ella derivará nuestro compromiso con la sociedad con valores cristianos. Con esta formación se tratará de no tener solo veneración particular hacia una imagen y evitar incluso los casos de rozar la idolatría.

Los cofrades participamos en las cofradías dando testimonio de nuestra fe. Son una forma de evangelizar y mostrar al mundo el calvario por el que pasó Nuestro Señor hasta llegar a su resurrección. Cada persona muestra en la procesión su propia forma de realizar la penitencia en la cofradía; el nazareno con su vela o su insignia, el hermano de paso lleva el peso sobre sus hombros, el músico a través de sus notas. Sin embargo se nos está olvidando el fin último de pertenecer a una hermandad durante el resto del año: vivir cerca de las enseñanzas de Jesús, trabajar por ser lo que él querría que fuésemos.

Y eso obliga a los cofrades a no dar la espalda, a estar convenientemente formados para dejar de sobrevivir en las cofradías y sacarlas del espectáculo y farándula públicos, permitiendo a su vez dotar de pleno sentido su pertenencia a la cofradía con su formación y testimonio cristiano.


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