jueves, 2 de enero de 2020

De la cruz a la cuna

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F. Javier Blázquez

Representación de la Navidad Franciscana en el iglesia de San Martín junto al Cristo de la Humildad | Foto: Pablo de la Peña

03 de enero de 2020

Podría decirse que con la representación del origen del belén, por parte de Jes Martin’s, la Hermandad Franciscana del Cristo de la Humildad completa su ideario programático. A ver, me explico, que surgirán otras actividades y es posible que la Navidad franciscana no vuelva a escenificarse. Me refiero a algo que va más allá de los calendarios anuales al formar parte de su identidad, de la propia genética, por utilizar el léxico de la biología.

Para una institución que comienza, como es el caso, resulta prioritario dejar bien fundamentada, cuanto antes, la estructura que sostenga su futura actividad. Y a la Hermandad Franciscana le faltaba desarrollar este aspecto. Se estaba trabajando muy bien el vínculo con la Custodia de Tierra Santa a través de las contribuciones anuales, peregrinaciones y difusión de sus objetivos. Sin ir más lejos, hoy mismo presenta en la Purísima el libro Peregrinar a Tierra Santa con Egeria, de fray Enrique Bermejo ofm. Y lo mismo podríamos decir de los ejercicios piadosos vinculados al franciscanismo, bien transmitidos en un desfile procesional marcado por la austeridad extrema y el viacrucis de Jerusalén que se recorre en la cuaresma junto a las franciscas descalzas. Pero el desarrollo del carisma franciscano estaba sin completar. Bien la apuesta por la sencillez, en todos los aspectos, y el mensaje de la paz y la concordia. La Proclama por la paz, que fue la primera actividad de la hermandad, y el Espíritu de Asís, son dos buenos aldabonazos para que al menos se hable de ello en esta sociedad tan adormecida. Faltaba empero, para completar, la puesta en valor del auténtico espíritu navideño.

La celebración de la Navidad cambia a partir de san Francisco, es innegable. Este agitador de conciencias en el medioevo quiso dar verdadero sentido a  una fiesta que, no olvidemos, hasta finales del siglo IV apenas si se había considerado en la Iglesia. San Francisco de Asís encuentra la inspiración ante el crucificado y organiza en Greccio, en 1223, el primer belén de la Historia. Contempló a la inversa el tránsito terrenal de Cristo, de la cruz a la cuna, porque la redención solo fue posible con la encarnación. En los franciscanos está el origen de muchas devociones piadosas: el viacrucis, las procesiones de Semana Santa y la representación de la Navidad. Y todas acaban confluyendo en torno a la cruz de Cristo que indeleblemente signa al cristiano.

De ahí la oportunidad de esta representación, que va mucho más allá del teatro, al modo casi de los antiguos autos de la navidad. Un escenificación ad hoc cuya génesis está en la propia hermandad, fundamentalmente en Isabel Bernardo, escritora de talento que abrió su corazón a san Francisco desde antes incluso de la fundación. A partir de ahí, junto al actor Jes Martin’s, se escribe un guion con las palabras de san Francisco. Y marcando perfectamente los tiempos, con la pausa y el sosiego y el silencio que requiere un momento tan trascendental, se lleva a la escena el origen del belén. Ante el Cristo franciscano de la Humildad, integrado en la representación, como no podía ser de otra manera, Francesco concibe la idea de actualizar el advenimiento del redentor al mundo. Y llama a sus frailes y a los campesinos que personifican a José, María y los pastores que acuden para contemplar y glorificar al niño en el pesebre.

Para algunos habrá sido teatro, que lo es. Para otros quizás oración, que también lo puede ser. En todo caso, Jes Martin’s, que ha ido más allá de vestir el hábito de san Francisco, ha conseguido el objetivo de emocionar a los asistentes. Por ese lado misión cumplida y, aunque ya sabemos que es difícil, porque no solo depende de la hermandad, ojalá que esta iniciativa pueda hacerse tradición y servir todos los años, en la antesala de la Navidad, para remover las conciencias de creyentes y no creyentes. A fin de cuentas, la cruz y la cuna, y esto va en el carisma franciscano, son ya patrimonio de la humanidad. El mensaje de entrega, paz y concordia que ambos símbolos transmiten han sido siempre universales.


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