martes, 21 de enero de 2020

La penitencia: una realidad compleja (y II)

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Daniel Cuesta SJ

Un penitente realizada un descanso en la procesión del Cristo del Perdón | Fotografía: Javier Barco

22 de enero de 2020

La Biblia está llena de ejemplos que ilustran como el Pueblo de Israel necesitó de la penitencia para entender quién era su Dios y cómo debía ser su vida. No hay más que pensar en los cuarenta años que los israelitas pasaron en el desierto, puesto que habían pecado al no fiarse de que Dios les llevaría a la Tierra Prometida. En esos cuarenta años, aunque sea un número simbólico, el pueblo aprendió a dejar de lado sus fuerzas e ideales y ponerlas sólo en Dios. El famoso Rey David, después de haber cometido su pecado con Betsabé, se acostó en el suelo y ayunó durante siete días, hasta que experimentó que Dios había perdonado su culpa. Después de ello, David compuso el Salmo 50, el famoso Miserere, que se reza en muchos de los cultos y procesiones de nuestras cofradías. También en la Iglesia primitiva la penitencia tenía su papel, precisamente en el proceso en el que los cristianos iban poco a poco despojándose de su hombre viejo, para irse configurando con el hombre nuevo que es Cristo resucitado. Benedicto XVI así lo escribía en estas bellas palabras sacadas de su libro Luz del Mundo:

El concepto de penitencia, que es uno de los elementos fundamentales del mensaje del Antiguo Testamento, se nos ha perdido cada vez más. Sólo se quería decir cosas positivas. Pero lo negativo existe, es un hecho. El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar y dejarse cambiar es un don positivo, un regalo. La Iglesia antigua lo veía también de ese modo. Ahora hay que comenzar realmente de nuevo en espíritu de penitencia, y al mismo tiempo no perder la alegría (1).  
Estas palabras del Papa emérito pueden ayudarnos a entender mejor qué es la penitencia, cómo realizarla y por qué es compatible con nuestra alegría cristiana. Puesto que, nuestro principal problema a la hora de acercarnos a ella es que somos herederos de una tradición que quizá abusó demasiado de la penitencia y, en algunos casos, deformó un poco su esencia. Esto ha hecho que algunos la rechacen frontalmente, cuando lo que deberíamos hacer es volver a su significado original y hacer desde él nuestra propia síntesis adaptada a la realidad en la que vivimos. Porque la visión deformada de la penitencia a la que me refiero, entendía el dolor físico, el castigo de la carne y toda ocasión de sufrimiento como una manera de pagar por los pecados cometidos, haciendo que algunos llegaran a pensar que si pecaban mucho, pero sufrían mucho, las cuentas quedaban equilibradas. Sin embargo, desde el primer momento los cristianos fueron conscientes de que Jesucristo con su Pasión había vencido al pecado y nos había abierto el camino hacia el Padre. Por tanto, el sufrimiento que nosotros experimentamos no puede pagar el precio de nuestros pecados pero puede integrarse dentro de los dolores que él pasó en su pasión y muerte, y así unirnos a él. Como dice san Pablo en la Carta a los Romanos:

En consecuencia, ¿qué hay que decir? ¿Que sigamos en el pecado para que abunde la gracia? ¡Ni pensarlo! Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a seguir viviendo en él? ¿No sabéis que cuantos nos bautizamos consagrándonos al Mesías Jesús, nos sumergimos en su muerte? Por el bautismo nos sepultamos con él en la muerte, para vivir una vida nueva, lo mismo que el Mesías resucitó de la muerte por la acción gloriosa del Padre. Pues, si nos han injertado por una muerte como la suya, lo mismo sucederá por su resurrección. Sabemos que nuestra vieja condición humana ha sido crucificada con él, para que se anule la condición pecadora y no sigamos siendo esclavos del pecado. Pues el que ha muerto ya no es deudor del pecado. Si hemos muerto con el Mesías, creemos que también viviremos con él (2). 
En este mismo sentido, hay una imagen de la penitencia que siempre me ha parecido muy potente: la del palo o tutor que se pone a un árbol o planta para lograr que crezca de manera recta. Como se puede imaginar, en esta metáfora el sol sería Dios, la planta nosotros y el palo o tutor simbolizaría la penitencia. Los cristianos deseamos vivir unidos a Cristo y sabemos que ésta es la vida verdadera, igual que las plantas necesitan el sol para poder vivir y no marchitarse. Sin embargo, tanto nosotros como las plantas estamos afectados por multitud de influencias que hacen que nos desviemos de nuestro camino hacia Cristo o hacia el sol. Por eso, en ocasiones necesitamos colocar a nuestro lado un palo, que es la penitencia, para que nos ayude a ir hacia el sol que es Jesucristo. Ese palo y la cuerda que nos ata a él pueden dolernos, pero lo importante no es recrearse en ese dolor, ni buscarlo como un bien en sí mismo, sino saber integrarlo como parte del proceso que nos lleva hacia la luz y nos identifica con Jesucristo que también sufrió, pero sin olvidar que también gozó. Por ello, es importante que la penitencia no nos encierre en nosotros mismos, ni nos haga pensar que con nuestras fuerzas podemos vencer o pagar el precio de nuestros pecados, ni mucho menos nos quite la alegría cristiana. Sino que más bien, la penitencia debe llevarnos hacia Cristo e identificarnos con su Pasión, hacernos más humildes al recordarnos que no siempre hacemos bien las cosas y que necesitamos ayuda, ya que no podemos salvarnos a nosotros mismos, así como ayudarnos a integrar los dolores y contrariedades de nuestra vida.

Si entendemos la penitencia desde estas claves, tendrá sentido el seguir cargando con cruces detrás de nuestros pasos, caminar descalzos, extender nuestros brazos o arrastrar cadenas. Si no, se convertirá en un esfuerzo narcisista que, lejos de abrirnos a Dios, nos encerrará en nosotros mismos y nos dejará igual que estábamos cuando termine la procesión.

Por último, hay dos claves de la penitencia que me gustaría remarcar explícitamente. Porque, aunque las he apuntado a lo largo de estas líneas, creo que tienen tanta importancia que no deberíamos perderlas. La primera es que la penitencia no tiene sentido si no está acompañada de la oración. Es decir, si cargo una cruz sobre mis hombros y no pienso más que en mí mismo, en mis pecados, en lo malo que soy y en el esfuerzo que estoy haciendo, me sirve más bien de poco. Pero si al cargar con la cruz, voy meditando en el momento en el que Cristo cargó con la suya camino del Calvario, en el amor que él me tiene y en el perdón que me ofrece aunque yo no lo merezca, la cosa cambia. La segunda es que la penitencia explícita que hacemos en Cuaresma y Semana Santa debe ser sólo la punta del iceberg de la penitencia implícita que realizamos a lo largo del año. Es decir, que la vida está llena de acontecimientos en los que sentimos dolor, pena o contrariedad y que son ya de por sí una penitencia con la que uno puede llegar a unirse a Dios si la acepta con corazón sincero. Y también, que tenemos muchas oportunidades que nos invitan a hacer cosas que de primeras no nos apetecen o no cuadran en nuestro horario, pero que ayudan a los demás. Pienso en las visitas a los ancianos de nuestra familia, a los enfermos, el voluntariado para ayudar a gente necesitada. Pequeñas acciones que, aunque en ocasiones nos llenen, pueden ser una penitencia con la que unirnos a Dios y también contribuir a que venga su Reino sobre este mundo.

(1) Benedicto XVI, Luz del Mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos. Una conversación con Peter Seewald. Barcelona, Herder, pág. 48.
(2) Romanos 6,1-8.


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