miércoles, 5 de febrero de 2020

Olor a incienso

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F. Javier Blázquez



05 de febrero de 2020

Porque somos dueños del silencio y esclavos de nuestras palabras, prefiero quemar incienso en el pebetero de la columna febrerina. Así que en esta ocasión paso de los diretes y escribo sobre algo tan tópico y prosaico como el incienso, que salvo a los alérgicos no molestará a nadie.

Huele ya a incienso en nuestra diócesis. Será por lo poquito que falta para la cuaresma. Huele mucho a incienso y eso que todavía no se ha organizado una cata para juntas de gobierno y cuerpos de acólitos, aunque todo se andará, que en esto del friquismo cofrade la realidad supera a la imaginación. Lo mismo se tunean los costales que se invita a una copa a los participantes en eventos para diferenciar el aroma turífero. Lo de la copa queda muy bien, sobre todo porque da un toque mucho más refinado que la antigua bota de vino de los cargadores. Antaño era algo socializado y nadie le daba mayor importancia, hasta que los mandas que comenzaron a quitarse la sotana lo consideraron irrespetuoso. No sé si lo era, sinceramente. Lo castizo a veces resulta ordinario, pero si el aquinate para referirse a la gracia decía que "lo que se recibe se hace en la medida de quien lo recibe", con el respeto bien podría pasar algo parecido, que se falta en la medida del que quiere faltar. Todo depende del punto de vista. Por eso lo de la copa y la cata está bien como ensayo cuaresmero, que luego mola mucho discutir desde la acera, gintonic en mano, sobre las propiedades del Asunción de Cantillana o el Alma de Trinidad, que aunque a muchos se la refanfinfle y parezca lo contrario, no es lo mismo, palabra de Sanz.

Huele a incienso y no a azufre, pese a que las malas lenguas digan por ahí. Porque aunque un poquito sí que haya, se carga la cucharilla con palabras melifluas y un poco de Catedral (tipo de incienso, eh, que nadie saque punta donde la hay, que es verídico y se vende a 3,60 la bolsita de 40 gr) y el ambiente queda perfumado al paso del Señor, tapando efluvios insanos que una ciudad como la nuestra, tan culta y clerical y hasta pontificia, no se puede permitir. Los cabroncillos del incensario lo queman todo, bueno y malo. Algunos, como el monaguillo del Accidente de Benlliure, se chamuscan los dedos, o la mano que metieron donde no debían. O por quien no debían, que esto de manejar el incensario no es tan fácil como a primera vista parece. Sobre todo ahora, que con las catas de incienso hay tantas posibilidades para la naveta que uno acaba haciéndose la tonsura un lío.

El incienso lo tapa todo, bien sabían los peregrinos que arribaban a la tumba del apóstol. Ahora solo vemos en el botafumeiro un espectáculo, o una vaharada súper digna de arzobispo, o al menos de vicario, pero en sus orígenes tenía una función cuasi sanitaria, disimular el hedor del aire contaminado por el esfuerzo del camino. Los tiraboleiros, cada diócesis tiene los suyos, le dan un paquipallá y aquí no ha pasado nada. A respirar el aire bienoliente por el incienso, aunque nos traguemos las miasmas. Mientras no huela a podrido, como en Dinamarca, qué más da.

Por eso, como el estagirita, es mejor callar. El silencio resulta más elocuente que las palabras. Para qué hablar o escribir cuando no sirve ya de nada. Lo importante es que huela a incienso y tengamos catas para distinguir su extensa tipología. Mayormente por la copa con la que obsequian a los catadores, que ahí todos coincidimos.


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