viernes, 15 de enero de 2021

Pasos chocones

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 Álex J. García Montero

Domingo de Ramos | Foto: Javier Barco

15-12-2021

Desde luego que, si hay alguna terapia marcadamente española para situaciones adversas, esa sin duda alguna es el humor. El humor en los distintos países ibéricos se manifiesta de diferente manera: la socarronería cantábrica, la retranca atlántica, la corrosión leonesa extensible a la Vía de la Plata, la adustez irónica castellana del Duero, la chanza levantina y mediterránea… incluso la seriedad de Andalucía y Cataluña, pasando por la ingenuidad superdotada de las tierras del Ebro. Evidentemente, siempre hay una mezcla de todo un poco en nuestra nación, predominando alguna característica de las mencionadas. No en vano somos una herencia de cristianos, moros y judíos (Américo Castro dixit), junto con una eficaz, cruel y recta base romana, y un cimiento tribal indómito y caótico.

Por ello, leer en Salamanca 24 horas.com, la inocentada del día homónimo sobre un futuro parque temático dedicado al toro, con los «toros chocones» (vocablo casi exclusivamente charro), me abrió la sonrisa de un alma fatigada por mor de los actuales acontecimientos. Es de agradecer la finura sin atacar a nadie. Poco después, me sirvió de reflexión para mi aportación mensual a nuestra revista.

Así, me vino a la cabeza que, cuando hay poco apoyo (apoyo real, no virtual) a algún tema que alguna vez tuvo su importancia y actualidad, hablamos de musealizar. En principio, los museos son algo bipolar. Por una parte, contribuyen notablemente a la cultura, y a que el humano contemporáneo y posmoderno pueda palpar sus elementos en un corto espacio físico-temporal. Pero, hay que decirlo, suponen un fracaso porque emancipan los hechos culturales de su contexto originario.

En la actualidad, al no haber piezas y primar lo virtual, se ha implantado el concepto de «parque temático» para recrear, primando la ficción, situaciones del pasado y convertirlas en algo lúdico. Es como la escuela de hogaño. El niño tiene que divertirse (vulgo «sentirse motivado»), si no eres mal docente. O como cuando no hay gente para una manifestación, se propone una concentración que no llega ni a la disolución de un bálsamo de fierabrás homeopático.

Igual que en los toros se quería, a modo de chanza y befa, realizar un parque temático en la finca taurina de la Diputación (gracias a Dios quedó en una ocurrencia malévola propia del veintiocho de diciembre), en la Semana Santa, hace tiempo que asistimos no solo a una musealización de la misma, sino a ensalzar lo lúdico y lo dionisiaco, tal como señalaba Nietzsche.

Así, toros y Semana Santa, Semana Santa y toros, tienen en común que si no los vives en primera persona (bien como cofrade o respetable, bien como espectador activo penitente de acera, en todo caso como creyente o al menos curioso trascendente), no significan racionalmente nada. Incluso, tal como he señalado en artículos anteriores, son contra-racionales (no van activamente contra la razón, pero sí pasivamente). Por ello, aunque los musealicemos o hagamos centros de interpretación (cuando no hay presupuesto para edificar un museo, se hacen «centros de interpretación» que son museos virtuales sin apenas piezas ni mantenimiento), siempre necesitaremos de algo de metafísica para llegar a su esencia. Como ponía antaño una pintada en la calle Compañía, tomada de El Principito, «lo esencial es invisible a los ojos».

Sin embargo, en el mundo de la Semana Santa, se ha puesto de moda, de hace una década para acá (más o menos), la exaltación folclórica (lo turístico lleva casi tres décadas de decadencia) de la vida cofrade con las famosas casas de hermandad (paellas, bailes, coros y danzas, barras de alcohol, confraternización etílica, cera de jergón…). Y, sin embargo, todo esto que se forjó con buenas intenciones (supongo), ha quedado en una pátina que patina entre escombros de sueños fallidos de costal, de pesadillas de morcilla, de sustos de zapatilla y de negro traje de capataz más zaíno que los interventores de Bruselas.

Hemos pasado de soñar con un museo en una Iglesia como el Arrabal, a musealizar iglesias de raigambre pasional como la Vera-Cruz. Y de ahí a convertir la Casa de la Iglesia en un albañal dionisiaco. Cuanto más se ha ensalzado lo lúdico, más se ha echado a perder la esencia de la Pasión: sufrimiento, cruz y esperanza. Pasa como en la escuela: se ha apostado tanto por lo lúdico (perdón, la motivación) que se ha llegado a un nivel de Fosas Marianas. Y Celaá prorrogará esta gamificación de la enseñanza. Y Uribes en los toros, y mitrados, prestes, políticos y cofrades varios en la Semana Santa. Porque lo importante era divertirse. Así hemos olvidado que las devociones surgieron para dar respuesta a una inquietud pastoral fundamentalmente laica (religiosa y social, por igual parte). Que en los toros existe la muerte como gran esencia del ritual, y que por mucho bocadillo y pasteles que haya en los tendidos, siempre habrá arrastre de mulilla o de ambulancia. Todos tenemos, por aquello de que nos gusta la fiesta (con minúsculas), algo de Celaá, de Uribes y de mitrados y prestes maliciosamente buenistas.

La Semana Santa lleva décadas de arrastre con el tiro de mulillas de mitrados, políticos y cofrades, sin valorar los puyazos de la seriedad, las banderillas de la verdad y el estoque de la devoción sincera. El desolladero de vara y soberbia está tan cerca que se nos quedó atrás, con tanto vino trasegado por camisas y sostenes, la posible vuelta al ruedo o incluso el indulto para regresar a nuestros orígenes de sacrificio, penitencia, dolor, caridad y comunión con los fallecidos.

Si queremos «pasos chocones» de lúdica virtualidad, tendremos un desguace de tronos e imágenes, que no habrá nave en Los Montalvos o en Los Villares que pueda almacenar tanta iniquidad generada, consentida y sobreactuada. Sobran feriantes en las cofradías.

 

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