lunes, 25 de mayo de 2015

Viernes Santo

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F. J. Blázquez

Autor de la fotografía: Rafael Sanz Lobato. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

La fotografía que ilustra el artículo, posiblemente, tendrá un efecto disuasorio para muchos de los lectores que siguen esta publicación digital, procedentes en su mayoría del sector cofrade. El título de la columna, que se corresponde con el de la foto, aspira a condicionar la primera impresión y a establecer el vínculo inicial con la temática de la Web. Porque no es para menos. La escena, descontextualizada, no tendría que ser de Semana Santa. Y si de una procesión se tratare, como es efectivamente, pocas imágenes podemos encontrar más alejadas de los oropeles y glamour con los que solemos identificar los desfiles de penitencia. Nos encontramos, simplemente, ante un grupo de mujeres que avanzan por los caminos de un minúsculo pueblo, casi perdido, en los aledaños de la Sierra de la Culebra.

En España ya no era habitual, cuando se tomó la fotografía en 1971, que las mujeres vistiesen el luto permanente, realzado con el pañuelo y la mantilla. Solo en los pueblos con tendencia al aislamiento se mantenía este atuendo de manera generalizada. Porque las mujeres vestían así ordinariamente, de manera que en el desfile van uniformadas solo en apariencia, no hay una ninguna pretensión intencionada de hacerlo. La falda clara de la joven que aparece en primera fila cubierta con velo, presuponemos que soltera, y el abrigo de quien le sigue en la otra fila, son anomalías que casi pasan desapercibidas, pero sirven para certificar la anterior afirmación, lo mismo que la diversidad en el calzado o el uso indistinto de calcetines y medias.

No, definitivamente, en este Viernes Santo no se busca la belleza ni la perfección. Pero en esta fotografía hay algo que nos atrapa, que no siempre es sencillo descubrir y menos describir. A primera vista, quizás, el atractivo de la imagen, enorme, se centra en la composición y el dominio de la técnica. Algo asumible sin mayor problema cuando sabemos que el autor es Rafael Sanz Lobato, el premio nacional de fotografía fallecido hace poco más de un mes. Sanz Lobato fue uno de los grandes documentalistas de aquellas tradiciones españolas que, con el inicio del desarrollismo, comenzaron a mirarse con desdén al ser consideradas vestigios de un pasado a superar. Una parte de su obra, entre la que se encuentra la fotografía que nos ocupa, forma parte de los fondos del Centro de Arte Reina Sofía.

La foto es, sencillamente, extraordinaria. Pero hay algo más. Su encanto va bastante más allá de los criterios meramente técnicos o creativos. Su fuerza reside en la autenticidad. Las mujeres forman parte de una cofradía en la que solo los varones visten hábito. Desfilan con sincero duelo, sin otra pretensión que acompañar a Cristo en su entierro, siguiendo exactamente el mismo ritual que aplican a cualquiera de los vecinos fallecidos en el pequeño pueblo alistano. Es la misma estampa que se repite, a lo largo del año, cuando muere uno de los suyos y todos le acompañan en su último viaje hasta el camposanto. Pero entonces nadie conocía esta procesión hoy considerada como BIC. Entonces no había público y el fotógrafo era un elemento inusual, extraño, como indica bien a las claras la mirada sorprendida de la joven que se siente intimidada. ¿A quién podía interesar esta procesión? Tras el descubrimiento de López Heptener para el NODO, con su grabación Viernes Santo en Bercianos de Aliste, de 1942, sólo algunas incursiones de documentalistas gráficos, como Ángel Quintás, el citado Sanz Lobato o Cristina García Rodero, que la fotografía en 1975 para integrarla en su obra magna dedicada a la España oculta, perturbaron la paz de estas gentes, que continuaban celebrando el sepelio con la sencillez y sentimiento que le transmitieron sus ancestros, sin plantearse nada más.

En la Semana Santa, igual que en cualquier otra celebración popular, la autenticidad es el factor primordial. Solo por ello podemos admirar y emocionarnos ante un desfile tan raquítico en ornamentos, tan carente de lujos e innovaciones, tan alejado de los cánones pretendidamente globalizantes. Y esto es lo que sucede en Bercianos, que sigue siendo grande por conservar sus esencias, aunque algún joven olvide dejar en casa las deportivas. Continúa siendo auténtico, igual que lo era en 1971, y en 1942, y antes, cuando nadie había tenido aún pretensiones de perpetuar su recuerdo.


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