lunes, 21 de septiembre de 2015

El ritmo periodístico de la procesión

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A. Coco

El punto álgido del indulto no termina de ubicarse en el relato de la procesión del Perdón | Foto: Pablo de la Peña

No concibo un periodismo que no aspire a la excelencia ortográfica y creativa. Aparte de otros muchos aspectos, tiene que agarrarte por la entradilla –como bien recopiló mi amigo Jaime G. Mora, quien me edita sin compasión, pero con cariño las Siluetas de memoria que vengo publicando en Christus– y besarte en el último párrafo, en esa frase con la que el lector se va del reportaje, una obsesión que cultiva Plàcid García-Planas, maestro siempre a seguir en las páginas de Internacional de La Vanguardia.

Pensé que, en cierto modo, el ritmo de una buena crónica y el de una procesión son parejos. Que hay procesiones en Salamanca que te enganchan con una certera primera línea, breve, directa y sin alharacas. Otras se enredan en un párrafo inicial largo que casi te deja sin aliento para poder continuar. Algunas no acaban de atraparte al comienzo, pero después encadenan palabras con fluidez y te llevan de la mano hasta el desenlace.

En esto, sentimientos y devociones al margen, tiene mucho que ver el gusto (un mal adjetivo te puede arruinar un texto), las ganas, el tiempo que se invierte y otras tantas cualidades que manejan con tino quienes saben montar una procesión para el deleite de quien la contempla. ¿Las procesiones son para quien las escribe o para quien las lee?

Pocas entradillas generan tanta expectación como la Borriquilla, por la novedad de ser la primera. Extra, extra. Algunas se publican en un papel de tanta calidad como el retablo pétreo de San Esteban o con una pluma con tantos seguidores como la Soledad o el Rescatado. En el Perdón, el reportaje es de tipo noticioso, con el indulto vespertino como punto álgido cuya ubicación temporal no termina por determinarse: no se sabe si colocarlo al principio, hacia el medio o al final como fórmula para persuadir al lector.

Hay desfiles donde un párrafo memorable compensa lo demás y otros que los equilibran con garbo. Me viene a la mente, por ejemplo, Amor y Paz: una esforzada entradilla; a continuación, cruza los tres o cuatro siguientes párrafos por el Puente Romano; vuelve a tirarte de la pechera al empinar Tentenecio y así te lleva, te trae y, si te dejas, no te suelta. No es la única. El mayor riesgo de la marcha penitencial del Jueves Santo, y el de varias de sus compañeras de publicación, llega con su pausa en el atrio catedralicio. Le ocurre también a los reportajes, que en momentos centrales a veces atraviesan desiertos. Las cada vez más recurrentes pausas para realizar un acto insertado en la procesión pueden ser útiles recursos estilísticos o narrativos, pero corren el riesgo de interrumpir el compás del desfile (al menos de condicionarlo) y echar por tierra el trabajo previo. La virtud es saber convertirlos en un oasis que empuje el texto hasta su término, otro de los instantes críticos donde las demoras pueden arruinar todo el relato.

La procesión, como el reportaje, necesita estilo, pero excederse con el maquillaje puede propiciar que el artificio devore lo importante. Claro que esto va por gustos y por algo existen variedad de firmas y de medios de comunicación, aunque por lo mismo los hay de Pulitzer y condenados al ostracismo. Uno de los peores defectos son las subordinadas laberínticas después, por supuesto, de una puntuación incorrecta que genera confusión o de una falta ortográfica, el ornamento que lo desvirtúa y que la hemeroteca archiva inmisericorde, el corte que desespera a quien había estado disfrutando.

Bill Lyon, sabio que me desasnó, reunió sus conocimientos de edición en La escritura transparente, un librito (el diminutivo es por el tamaño, no por el contenido) con consejos para escribir desde un breve hasta una carta. En él, opina: "Uno de los males de la profesión en España tiene que ver con la dejadez y la soberbia. […] Los que mejor aceptan la edición suelen ser los redactores más brillantes". Sus consejos para una prosa bien pueden ser aplicados también al ámbito procesional: mejor palabras cortas que largas; no escribir más de las necesarias; no recargar en exceso los párrafos; evitar el desorden sintáctico u omitir tópicos. De estos, escribiremos en otra ocasión este curso.


1 comentarios:

  1. Extraordinario artículo, con un ritmo medido y trepidante, una percepción inteligente y certera, este Coco resulta cada vez más brillante.

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