domingo, 18 de octubre de 2015

Clichés llenos de fervor y emocion

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A. Coco

El Cristo de la Agonía Redentora, en el descenso de la calle Tostado | Foto: Pablo de la Peña

Plàcid García-Planas, periodista de La Vanguardia, suele afirmar que "las crónicas de guerra parece pasos de Semana Santa". Y eso le disgusta porque supone describir "desde el patetismo de raíz romántica". Lo explica con recurrencia al hablar en charlas y entrevistas de reporterismo en conflictos bélicos. De su reflexión me interesa cuanto esta idea dice acerca de la Semana Santa y de las crónicas de las procesiones.

Cuando nueve o diez días antes del inicio de estos festejos llegaba a la redacción de El Adelanto en la Gran Vía, más de uno a punto estaba de irse "al cielo con" él (o sea conmigo) para celebrar aliviado que otro año (de 2008 a 2011) se quitaba de encima el muerto de las procesiones. Porque aquello que a mí me parecía un regalo era un marrón, y de los buenos, para muchos. El muerto era el guirigay –en el que terminaba por ser inevitable equivocarse– de escultores, hábitos y demás familia que las cofradías preparaban con su obstinación de echarse a las calles a lo largo de muchas, muchísimas jornadas que venían antecedidas de una larga, larguísima Cuaresma. Uno se hace periodista sin saber de qué le tocará escribir y, a poder que se pueda, intenta hacerlo de lo que quiere, pero el periodismo de provincias (alabado sea) obliga a despachar actualidad a diario al igual que el frutero granadas en invierno, fresas en primavera o paraguayas en verano. Tengo un magnífico recuerdo de esos días, cuando tecleaba a contrarreloj por la querencia al anochecer de nuestros desfiles. A pesar de ello, me resistía a dejar escrita mi página antes de que la cruz de guía iniciara su recorrido.

García-Planas, que sabe hablarle a los novatos de la profesión, aconseja buscar una voz, un punto de vista, un estilo desde el que narrar. Uno sabe que no se levanta cada mañana para parir el mejor periodismo, aunque deba aspirar a ello. Como escribe la redactora de La Voz de Galicia Tamara Montero al despedir a Nacho Mirás, se intenta hacer lo mejor que se puede… y nos dejan. Ese tono personal no sólo están llamados a buscarlo los corresponsales en África o las firmas encumbradas de los periódicos. Una celebración tan popular como la Semana Santa es también un campo para cultivarlo. Donde algunos sólo ven vírgenes llorosas y cristos sangrantes, hay un terreno fabuloso para el periodismo, para contar historias en una celebración que dista de ser un fósil.

Sirvan como ejemplo los textos de Manuel Chaves Nogales sobre la Semana Santa de Sevilla en los años 20 y 30 del siglo XX recopilados por Almuzara en una reciente antología. Sus artículos suponen una guerra al cliché más enquistado. Mi amigo Jaime G. Mora expuso aquí cómo escribir sin ellos "y no fracasar en el intento". Bien podría crearse una lista semejante de los lugares comunes periodístico-procesionales salmantinos. A la Borriquila va asociado el "sol de justicia"; al Doctrinos, "la sobriedad y el silencio" (incluso desde antes de su reformulación estética); la Universitaria "renueva su promesa"; el Flagelado "emociona a su paso"; el Yacente "desafía al frío entre versos"; la Soledad "abarrota de luto"; la lluvia "respeta/condena a Pizarrales" o el Encuentro "pone un brillante colofón".

Las cosas, "un año más", suelen ser "elegantes", "austeras", "solemnes", "emotivas" o "recogidas" incluso aunque sean todo lo contrario. La tradición manda, oiga. Las alusiones a las condiciones climatológicas o las referencias "multitudinarias" suelen ser provechosas. Como hablamos de procesiones y no de manifestaciones sindicales, no habrá guerra de cifras entre organizadores y Policía, así que hubo "cientos de fieles", aunque fueran ateos los que se apiñaban en las aceras con curiosidad descreída como motivación. Y si no se sabe de que estaba llena la calle, siempre se puede escribir que de "devoción", "fervor" o "emoción". Combinan con todo.


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