jueves, 29 de octubre de 2015

Con nombres propios

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Antonio Santos

La Caída, uno de los pasos con más tradición y menos valorados en la Semana Santa salmantina  | Foto: Heliodoro Ordás

Me gusta participar en una Semana Santa con nombres propios: ese puñado de expresiones, palabras y sobrenombres que reflejan de forma cristalina quiénes somos y como sentimos. Nuestra pasión cuenta con un léxico y jerga propias, sobre todo en el seno de sus cofradías, hermandades y congregaciones;  es variado, tiene enjundia, y también es dispar, como nuestras procesiones.

Cualquier Semana Santa que se precie de tener una celebración de altura cuenta con su propia terminología que la diferencia y distingue de todas las demás. A los amantes y estudiosos de esta tradición suele gustarnos reconocer esas palabras. Así, por ejemplo, los que integran las cofradías pueden llamarse hermanos, cofrades, nazarenos, congregantes, papones y hasta esclavos; Para aquellos que realizan funciones específicas como portar las andas, tenemos las palabras de cargador, porteador, hombre de trono, andero, costalero, estante... definiendo no solo la técnica empleada para mover las imágenes sino también, y muy frecuentemente, su zona geográfica. Los que mandan las andas son conocidos como mayordomo de trono, capataz, responsable, cadena, o jefe de paso. Lo mismo pasa con aquellos que ostentan los cargos de máxima responsabilidad: hermano mayor, abad, presidente…

¿Y en Salamanca? Salamanca ha atesorado con el paso del tiempo un interesante glosario de términos, nombres y expresiones propias. Esta vertiente lingüística es una más de todas las que conforman el acervo cultural de la Pasión salmantina. Para bien y para mal la iluminan y oscurecen las mismas luces y sombras generales y consustanciales a nuestra celebración pasionista. Además, por ser de uso cotidiano a veces pasa desapercibida y infravalorada. Y encima son blanco fácil de ese supuesto grupo de entendidos cuya misión en el mundo cofrade parece que es reeducar al charro, cambiándole los nombres y enseñándole a hablar de semana santa como en Sevilla (capital, que la provincia es otra cosa) y olvide lo propio por está "mal dicho" (sic.) No seré yo quien menosprecie la magnífica y espléndida Pasión sevillana, pero me niego a reírle la gracia a los que tratan de imponer lo ajeno como propio, con enorme daño a la tradición local. Y hablo solo de las palabras.

No todas las hermandades charras tienen los mismos nombres para las mismas funciones. En otras localidades se aprecia una homogeneidad en este terreno, fruto de una mayor unión, una menor disputa histórica entre cofradías y ningún complejo o intención por asemejarse superficialmente a todo lo hispalense. Salamanca disfruta de una importante amalgama en su glosario semanasantero. Aun así tenemos un puñado de palabras de uso muy generalizado que quiero señalar: El "hermano mayor de paso", como responsable de marcha de las andas, el de "hermano de paso", que carga, el de "hermano diputado", que sale de cruz, cirio o vara, los "maestros de ceremonias" y el "presidente", máxima autoridad de la corporación, bien religiosa, bien ejecutiva, y diferente del oficio o cargo de capellán. Popularmente en Salamanca salen en las filas de "hermanos", "congregantes" o "capuchones", palabra que además designa al cubrerostro puntiagudo o capirote.

Donde pocas localidades nos ganan es en la habilidad para poner motes a pasos, gentes y lugares. Sin caer en la irreverencia de algunos motes personales, hay que mencionar los tradicionales "Culocolorao", "Bocarratonera", la "Ramona", y por qué no, a nuestro "Cristo Torero", como renombrara con acierto don José Vaquero al Flagelado.

Hay también expresiones que dominan bien los maestros de ceremonias y hermanos mayores de paso al poner en marcha las procesiones. Para evitar cortes en la procesión aquí se hace "el muelle" con los hermanos y con los pasos. Si hay que ralentizar la marcha de las andas porque han avanzado demasiado entre las filas de cofrades, entonces se hace "el serrucho", dos pasos adelante, uno atrás. A mayores, si hay energías y la música lo permite, algunos turnos de carga saben "picar el paso" que viene a ser hacer el "serrucho" con más brío. Estos dos modos de "bailar" el paso, en contra de la creencia popular, no son importados, o al menos yo no los he visto en otros lugares y desde luego nunca con ese nombre. Y también sabemos que bailar bien el paso sirve para contrarrestar los efectos de cuando las andas van muy "aplomadas" y así se alivia un poco "a las cargas".

Algunas expresiones han ido cayendo en desuso o han desaparecido, unas lamentablemente, y otras, acertadamente. Y es que la lengua evoluciona. Ya no se escucha apenas ya llamar "cabeza" a la delantera del paso y "cola" a la trasera: pero así se les llamó siempre, como a los aviones de Matacán y a los trenes de la Renfe. Anteponer el adjetivo sustantivado al adverbio es propio del dialecto andaluz, como hacen algunos, y cuya consecuencia más inmediata si el ensayo de andas es escaso, suele ser más de un bandazo desafortunado ha provocado por la imprecisión terminológica. Hay mucho cofrade manda-andas diletante que tiene muchas horas de procesión en soporte digital y no tantas de misa dominical y cofradía mamada desde la infancia. Y es que para nuestro modo de hablar no es lo mismo "izquierda atrás" que "los de atrás a la izquierda". Si hablamos de recorridos, no puedo dejar de recordar la miticérrima "chicane", ya desaparecida por reforma urbanística. Se situaba delante del Gran Hotel y se la llamaba así porque los pasos que iban en carrozas con ruedas tenían una difícil maniobra rodeando el espolón de taxis de la plaza del Poeta Iglesias, cuesta abajo, poniendo a prueba la pericia de conductores que con escasa dirección en sus volantes procesionales y sin más freno que un ladrillo y las espaldas de los que empujaban, trataban de enderezar el paso para que entrara lo mejor posible en la Plaza Mayor tras una endiablada y estrecha doble curva. Era otro siglo. Ya no hay chicanes, ni volantes, ni conductores. Solo quedan tres pasos a ruedas y llevan lanza-guía.

No puedo por menos que dedicar unas líneas a la Vera Cruz, que es la mía, y que como buena decana en esto de sacar pasos, tiene jerga propia para dar y regalar. Hay varios refranes azules como "los jóvenes a los Azotes y los viejos al Sepulcro" referidos a las edades de los que cargan los pasos y también a los doctores que antiguamente acompañaban los pasos por la Universidad. El Jueves Santo, cuando se suele arrugar el clima primaveral amenazando de agua y viento el Triduo Pascual se dice que "se revuelven los judíos" en clara referencia a que en la Vera Cruz se estaban "armando los pasos". Debe ser que al mover al "Jesuita" o  al "Catalán" y atornillarlos en la carroza, estos, enfadados y siendo malos personajes, llamaban al agua en vísperas de la procesión. Para organizar tanto montaje y desmontaje, es inevitable "zagar" las carrozas de ruedas, esto es, arrastrarlas de costado y desde atrás, donde el eje que no tiene dirección, para salvar cualquier espacio allí donde el volante ya no da más de sí, ya que nuestra capilla y nuestra "cochera", como todo el mundo llama a nuestro guardapasos, tienen unas dimensiones reducidas.

Parémonos a pensar por un momento y revitalicemos nuestro léxico, por ejemplo a la hora de reformar estatutos y también cuando informamos a los medios desde las propias cofradías. Hay que preservar y potenciar nuestro acervo lingüístico, cada vez más cercado por palabras que poco tienen que ver con lo que hemos venido haciendo y diciendo en los últimos siglos. Para ello solo hay que hablar. Hablemos, usemos estas palabras y seamos conscientes de su riqueza. Y hablando de decir, y de cómo se dice, nos sobran esos trajes verbales de capillita hechos a medida que incorporan un acento sureño de imitación de domingo de ramos a viernes santo. Produce sonrojo y hasta risa en el propio y el visitante escuchar a salmantinos corrientes poniendo acento de donde no toca, solo porque se va mandando en una procesión. Se ve el plumero y el complejo de inferioridad, tan mesetario este. No sé que es peor, sinceramente. Afortunadamente tenemos una semana santa con nombres propios. Llamemos a las cosas por su nombre.


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