lunes, 4 de enero de 2016

Incidente procesional

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José Fernando Santos Barrueco

Penitentes de la Hermandad Universitaria el Martes Santo | Foto: ssantasalamanca.com

Me encontraba en el interior del templo preparándome para la procesión junto al resto de los hermanos. Desperdigados por los bancos de la iglesia, unos y otros nos disponíamos ilusionados a vestir el hábito y demás elementos que componen la indumentaria. En un momento se me acercó el hermano mayor y me indicó si no me importaba portar uno de los dos faroles guía, un antiguo farol de hierro forjado, encajado en un largo varal de madera. El primer impacto fue ilusionante, no había tenido ocasión de llevar un elemento procesional significativo, más allá de la cruz o velón que en las distintas cofradías portan los hermanos de fila.

Me entregaron el farol junto con el arnés y el arcabuz en el que se encaja el varal. Nunca había manejado semejante artilugio, hice un par de ensayos en la iglesia y, como era de esperar, no planteaba ninguna dificultad. No obstante, pensé que estas cosas deberían tener una cierta organización. Es cierto que hay aspectos que por su simpleza y normalidad no requieren grandes planificaciones ni necesitan ensayos para hacerlas correctamente; son tan simples como el caminar. Pero sí me hizo pensar que ciertas posiciones de la procesión deben estar establecidas y conocidas, al margen de la necesaria improvisación ante situaciones inesperadas.

Saqué del bolsillo un rosario de dedo, me puse el capillo y me dirigí con el farol a la cabeza del cortejo que ya se organizaba en el interior de la iglesia. Al salir sentí una gran emoción al ver, desde mi privilegiada posición, cómo se abría el espacio de la calle entre la gente que esperaba la salida y cómo se iba imponiendo el silencio a medida que avanzábamos. Nunca había sentido esa sensación de ir en cabeza, detrás de la Policía que abre paso, sintiendo la emotividad que en la gente supone la llegada de la procesión y escuchando el siseo que invita al silencio.

En éstas estaba cuando me percaté de que el rosario podría traerme problemas en el manejo del farol. Probé en qué dedo molestaría menos y comprobé un fallo de los hábitos (no sé si de todos), al no tener una abertura a la altura de los bolsillos para solucionar determinadas situaciones que puedan presentarse en la procesión. Pasadas las primeras paradas comprobé que no suponía ninguna dificultad sacar del arcabuz el varal del farol y colocarlo al reiniciarse la marcha (habíamos convenido que se apoyara en el suelo durante las mismas).

Pero tras coger confianza, llegó una parada en la que los hechos se sucedieron de una forma que calificaría de tragicómica. Mandaron parar, detuve la marcha y me encontré concentrado en el rezo del rosario y con las manos sujetando el varal a la altura del arcabuz. En décimas de segundo intenté sacar el varal y controlar el rosario, lo que me impidió darme cuenta de la posición de las manos. Tiré hacia arriba y me encontré con el farol en el aire, sujeto por la parte de abajo y tratando de controlar las cuentas del rosario con el pulgar de la mano derecha. Sucedió lo que tenía que suceder: no soy legionario y el peso del farol en la parte superior hizo efecto palanca, sin más apoyo que las escasas fuerzas de mis manos en la parte inferior, lo que hizo que el farol se balanceara hacia mí (el lado más débil por la dedicación del pulgar al rosario). El resultado fue un auténtico golpe del varal sobre mi frente, que frenó la caída del farol. La comicidad del hecho se manifestó de inmediato por las risas de los que presenciaban la procesión y se encontraban junto a mí.

Todo se precipitó en décimas de segundo: el intenso dolor que sentí y la sensación de ridículo, amparada en el anonimato proporcionado por el capillo. En un esfuerzo por recomponer la situación, sujeté adecuadamente el farol y lo apoyé en el suelo. Me pasé revista y comprobé que estaba consciente y en condiciones de seguir. De repente, empecé a notar un frescor que me resbalaba por la frente y me temí lo peor: sangre. Introduje la mano por el capillo hasta tocar la herida y al sacarla, pude comprobar que efectivamente se trataba de flujo sanguíneo. Dada la pobre calidad de la tela del hábito, la sangre apareció enseguida al exterior y me di cuenta de la buena intención de la gente. Las risas se convirtieron en signos de preocupación y alguien pidió un kleenex a una chica. Le pedí que apretara con fuerza sobre la frente, esperando que la tela del capillo hiciera de gasa, cosa que sucedió. Solamente el policía que me precedía fue consciente de la situación y se acercó por si necesitaba dejar la procesión y llamar a una ambulancia. Le dije que estuviera tranquilo y que le avisaría si lo necesitaba. En aquél momento me encontraba bien y no estaba para nada dispuesto a salir de mi anonimato.

Cuando se reanudó la marcha coloqué sin problemas el farol en el arcabuz y me sentí aliviado. Me olvidé del rosario y me centré en hacer una auténtica estación de penitencia. El efecto gasa del capillo fue eficiente y la sangre dejó pronto de salir. La situación me sirvió para reflexionar sobre los golpes, insultos y suplicios que sufrió Nuestro Señor en su Pasión, a cara descubierta, sabiendo que le conducía a la crucifixión en la cruz que arrastraba exhausto, y a la horrible muerte sobre la misma para redimirnos. Yo estaba procesionando para rememorar aquel sacrificio, y a mí me esperaba un cómodo descanso. He de reconocer que fue la mejor procesión que nunca hubiera imaginado.

Al llegar al templo me di cuenta de que el capillo estaba totalmente pegado a la herida, por lo que a pesar del cuidado que puse al quitármelo, no pude evitar una salida de sangre, cortada por otro kleenex que pude conseguir. La cara parecía un ecce homo, en el uso coloquial de la expresión que en la Vulgata latina se dio al Evangelio de Juan (19:5), tras el castigo sufrido por Cristo en su Pasión antes de iniciar el camino del Gólgota, acontecimientos que pude interiorizar en mi pequeña estación de penitencia gracias a aquella situación que acabó en susto y con un buen punto de sutura.

Sirva de reflexión final la necesidad de una atención constante que los cofrades debemos mantener en la procesión, cada uno en su función y puesto, conscientes de lo que su "puesta en escena" representa y lo que supone como acto público organizado.


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